A pesar de que como bien señala Kristian Herbolzheimer, este es un concepto relativamente reciente y sin definición única y universalmente asentida, en general se la asume como parte de una estrategia dirigida a resolver problemas; particularmente a mitigar relaciones y/o situaciones difíciles. Entiendo la diplomacia ciudadana como aquel tipo de diplomacia en el que grupos no gubernamentales desarmados tienen un rol complementario al del Estado, asumen una labor de interlocución legítima con distintas contrapartes en el exterior y despliegan alianzas novedosas con las sociedades civiles de otras naciones en ámbitos bilaterales y multilaterales. En esencia, se trata de un proceso de entrelazamiento social trasnacional que no sustituye los contactos y acuerdos entre Estados y de los Estados en foros internacionales.
La diplomacia ciudadana se ha ido expandiendo desde la década de los ochenta, pero cobró intensidad en los noventa. Las dinámicas de democratización, globalización e integración la facilitaron. Sus principales esfuerzos se dirigen a incidir sobre gobiernos y organizaciones inter-gubernamentales recurriendo al cabildeo y la negociación. Esta diplomacia exige conocer a profundidad la agenda pública (interna e internacional), prepararse para actuar por fuera de las fronteras nacionales, contar con la habilidad para movilizar recursos, gozar de cierta autonomía y disponer de la credibilidad indispensable para la interlocución con distintas contrapartes.
La diplomacia ciudadana comprueba que la noción monolítica y ambigua del interés nacional es errada: diversos intereses se expresan hacia adentro y hacia fuera de los países y se pueden robustecer o fragilizar. En ese sentido, es fundamental entender la configuración y el alcance de la economía política vigente en cada país. También confirma que las relaciones asimétricas de poder entre naciones se pueden compensar, de algún modo, con ciudadanos movilizados y activos que complementan la diplomacia tradicional y elevan a capacidad de maniobra del más débil.
Una diplomacia ciudadana exitosa es aquella que establece redes y coaliciones transfronterizas, crea interdependencias sociales fuertes en el exterior, influye sobre la opinión publica dentro y fuera del país, amplía los lazos de cooperación con sus contrapartes en otras naciones y contribuye a reconstruir y/o a mejorar los vínculos entre los Estados.
La Argentina necesita hoy quizás más que nunca que se despliegue una renovada diplomacia ciudadana hacia Brasil. Políticos, empresarios, trabajadores, científicos, ONGs, jóvenes, mujeres, universidades, comunicadores podrían organizarse más domésticamente y proyectarse mejor bilateralmente para aportar a un re-encausamiento de los vínculos binacionales. Es prioritario comprender la envergadura de lo que está en juego en el presente y futuro de las relaciones entre la Argentina y Brasil. Y en esa dirección, el gobierno argentino debería comprometerse a respaldar significativamente los intentos para actualizar e incrementar la diplomacia ciudadana. La diplomacia convencional sola ya no alcanza para regenerar una cultura de la amistad entre brasileños y argentinos.
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