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El Güegüense: estrategias para la erupción en Nicaragua

Concluimos el repaso de este importante año electoral en Nicaragua examinando la estrategia de la principal coalición opositora. ¿Qué posibilidades tiene de insuflar vida a una conciencia democrática adormecida? English

Robert Magowan
25 May 2016
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Un manifestante contrario al gobierno del presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, en 2015 en Managua, Nicaragua . AP Photo / Esteban Felix.

En 1989, diez años después de la revolución sandinista, una destartalada coalición de catorce partidos distintos se lanzó a aprovechar la oportunidad que ofrecía la celebración de las segundas elecciones libres en Nicaragua. Se improvisó para oponerse al entonces revolucionario presidente Daniel Ortega, debilitado por una década de guerra ideada en los pasillos de Washington. Era una coalición débil y dividida y se enfrentaba a toda la fuerza de la maquinaria electoral del gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), así como a varios otros grupos de "oposición" que figuraban en las papeletas. Pero se unió en torno a la simbólica figura de Violeta Chamorro, viuda del editor de La Prensa Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, cuyo asesinato en 1978 había encendido la mecha de la revolución que acabó con la dictadura de Anastasio Somoza. Se forzó a una población cansada de la guerra a escoger bando, e incluso los más acérrimos sandinistas votaron, en masa, para poner fin a los años ochenta. También en 2011, con un Partido Liberal Constitucionalista (PLC) prácticamente en ruinas, desmoronándose junto a la reputación de El Gordo, las elecciones de aquel año se convirtieron en una carrera de sólo dos caballos. Los que se apartaron de Ortega tuvieron una alternativa clara y respetada en don Fabio Gadea, una institución radiofónica. En ambas ocasiones, la polarización pasó por delante de la unidad. La prioridad era clarificar las opciones y forzar una decisión, convirtiendo las elecciones en un referéndum.

Este año, la principal coalición opositora, liderada por el Partido Liberal Independiente (PLI), cree que sólo el fraude absoluto le negó la victoria en 2011. Apuesta a que en 2016 no se repetirá lo acontecido en 2011 y que la misma estrategia de polarización tiene ahora otra oportunidad. Sin embargo, dos acontecimientos recientes ponen en entredicho el posible éxito de este plan.

El público no es del PLI

Existe la tendencia a descartar las encuestas recientes en Nicaragua por considerar que son piezas del engranaje de la maquinaria sandinista. Es obvio que hay trabajadores del sector público, a los que hace tiempo que se les mete en autobuses para acudir a las manifestaciones y celebraciones del FSLN (lo quieran o no), que responden a los encuestadores aquello que piensan que quiere oír su empleador. Sin embargo, dos encuestas realizadas en lo que llevamos de año arrojan resultados similares: si bien el titular principal es que más del 50% de la población apoya al FSLN (cifra que debe tomarse con algo más que una pizca de sal), lo que le sigue debería ser motivo de preocupación, ya que entre un 35 y un 37% de la población se define como independiente. Mientras tanto, toda la gama de partidos de la oposición reúne a sólo el 6%. Lo que motiva la siguiente pregunta: ¿cómo espera la coalición conseguir el apoyo de las masas llevando la bandera de un partido político casi tan popular como el olor a huevo podrido?

El público ve al PLI con desprecio, y el desprecio es mútuo - de hecho, muchos perciben a los liberales como altaneros y distantes, como la codiciosa élite original de Nicaragua. Cualquier intento de presentar a Eduardo Montealegre, el líder del PLI y cabeza visible de su «protesta de los miércoles", como figura no contaminada en medio del oscuro mundo de los políticos de dudosa reputación, está condenado al fracaso. A este ex banquero, que se marchó del poderoso PLC en el punto álgido de la supremacía Ortega-Alemán presuntamente por una cuestión de principios, le duró poco su reputación al estallar un escándalo relacionado con un rescate bancario en 2001, cuando Montealegre era Ministro de Hacienda, que Ortega calificó de "robo del siglo". Aunque se trata, sin duda, de una exageración interesada, lo cierto es que se creó una imagen nefasta de la que Eduardo Montealegre no ha podido deshacerse jamás.

El público, por consiguiente, hace pocas distinciones entre la coalición y sus cohortes de la oposición, y se preocupa todavía menos por sus luchas internas. Sólo si encabezara sus listas un candidato conocido y, sobre todo, respetado, podrían el PLI, el Movimiento Renovador Sandinista (MRS) y sus aliados empezar a destacar del resto.

Don Fabio dijo que no

El 7 de abril, ese candidato, don Fabio Gadea, declinó la oferta. Dirigiéndose a los oyentes de su programa de radio "Cartas de amor a Nicaragua", se refirió a su experiencia con el fraude de 2011 y al hecho que no se ha logrado "ni un solo cambio favorable en el Consejo Superior Electoral (CSE)". La capacidad de Gadea para mantener un rumbo firme, de principios tradicionales, a lo largo de décadas de turbulencias, le permitió trascender las tendencias oportunistas y parroquiales de la política de su país. El alcance de su figura se extendió a las regiones rurales más profundas y, en particular, a dos demografías vitales para los liberales: los independientes y los católicos. Que se ofreciera la candidatura a un hombre que iba a celebrar su 90 cumpleaños durante su primer mandato demuestra lo muy singular que es su figura. Pero también indica la desesperación que subyace a la estrategia de polarización y la falta de alternativas creíbles. De hecho, una de las mayores preocupaciones en el período previo a la decisión de Gadea era si le alcanzaría a llegar a noviembre. Aún más preocupante para la coalición fueron sus razones. ¿Cómo puede la coalición convencer a los cínicos con razón y a los comprensiblemente desesperanzados de que mantengan algún retazo de fe en su democracia, cuando parece que ni su propio candidato a presidir el país la tiene?

El fenómeno de El Güegüense, el héroe enmascarado (o sinvergüenza, según la interpretación) de la comedia folclórica colonial de Nicaragua, que con astucia engaña al ocupante español para evitar el pago de impuestos, se ha utilizado para explicar las sorpresas rebeldes que suele dar este país. En 1979, por ejemplo, cuando sólo unos meses después de que miles de personas llenaran las calles de Managua para expresarle a Somoza su lealtad, el dictador se encontró en el exilio. Y también en 1990, cuando, después de meses vaticinando una victoria sandinista segura, Ortega fue derrotado en las urnas de manera contundente. En 2011, muchos se esperaban algo similar, una rebelión tranquila - esperaban que El Güegüense se revelase una vez más. Pero aunque es imposible saberlo con precisión debido a un censo electoral prácticamente obsoleto, se estimó que la participación fue menor que en años anteriores. La percepción de que las elecciones están predeterminadas – que son, por consiguiente, un ejercicio sin sentido - es un poderoso elemento de disuasión. Don Fabio Gadea, a pesar de instar a sus oyentes a votar, puede haber reforzado inadvertidamente esta sombría perspectiva. Su decisión, y su justificación, dejan a la coalición más débil y dividida.

 “Una dictadura total”

Tan sólo un mes después del ataque que sufrió, el activista Carlos Bonilla, coordinador del Movimiento Democrático Nicaragüense (MDN),  está de vuelta en las calles repartiendo folletos, pegando obstinadamente caricaturas del magistrado electoral Roberto Rivas caracterizado de Jabba el Hutt y exigiendo su dimisión. En una región donde es imposible ignorar la realidad de la violencia política (la medioambientalista, feminista y activista de los derechos indígenas hondureña Berta Cáceres fue asesinada aquella misma semana), la ingenuidad es un rasgo poco común y Carlos no se hace ilusiones sobre la naturaleza del ataque del que fue objeto. "Mi intento de asesinato fue totalmente político", escribe desde la seguridad de su casa familiar en Managua. "Estamos viviendo en una dictadura total". A pesar de que dos de sus supuestos agresores fueron detenidos por los vecinos y entregados a la policía (uno de ellos, según se dice, fue identificado como empleado del ayuntamiento de Managua), las autoridades no han abierto la boca desde entonces. "En mi país, la policía nacional divide a los ciudadanos en dos categorías: los que están a favor del gobierno y los que no", sostiene Carlos. "Estos últimos no tienen derecho a protección."

La justicia, con toda probabilidad, seguirá quedando fuera del control de Carlos, como tantas otras cosas en el mundo de los activistas opositores nicaragüenses. Es difícil saber si la imprudencia con la que Ortega ha empezado 2016 señala que está muy seguro de sí mismo o si tiene terror a perder el poder. Las elecciones quedaron oficialmente convocadas hace tan sólo dos semanas (el 6 de mayo), seis meses más tarde de lo habitual. No se mencionó si habrá observadores nacionales o internacionales, a pesar de que la delegación de la Unión Europea en Nicaragua ha fijado finales de mayo como plazo para que puedan ser invitados. Abundan los rumores de conflicto interno en el FSLN y algunas bombas de relojería, como la ambición de la poderosa primera dama, Rosario Murillo (se dice que siempre ha deseado la presidencia), y la salud de Daniel Ortega (padece del corazón y llegó a rumorearse que había fallecido en 2014, pero apareció en el aeropuerto de Managua), podrían darle por completo la vuelta a la situación. El aumento de los precios de la energía y una grave sequía han intensificado el descontento en los últimos meses, sobre todo entre la población rural pobre, y podrían inclinar la balanza si las cosas empeoran.

“Una conciencia democrática”

En medio de toda esta incertidumbre, las facciones de la oposición tienen sólo una opción: seguir adelante con sus distintas campañas, ciegos al futuro. Hay una sola cosa en la que pueden influir realmente, y por fortuna en esto sí están unidos. Cuando se les pregunta qué es lo que podría marcar la diferencia en noviembre, todos apuntan a lo mismo: la participación. Por supuesto, la formidable maquinaria del FSLN se pone a velocidad de crucero durante las campañas electorales. Pero esto significa que sus oponentes pueden estar seguros de que prácticamente cada voto adicional que consigan, de los descontentos y de los escépticos, será un voto contra Ortega. Y robar votos tiene un límite. "La idea es que Ortega necesita legitimidad... más que nunca", explica el Dr. Pedro Belli. "Todos sus amigos se han marchado. Y por los votos, no por las balas".

Cuando los políticos de la oposición aceptaron su derrota electoral y el regreso de Ortega en 2007, el veterano periodista estadounidense Stephen Kinzer escribió que una "conciencia democrática se ha afianzado en Nicaragua." Muchos podrían argumentar que arraigó hace tiempo, esporádica como los volcanes en erupción pero tan asentada como ellos, que se manifiesta a través de sus héroes y advenedizos, desde José Santos Zelaya, el presidente que se atrevió a desafiar a los Estados Unidos, y Benjamín Zeledón, mártir de la misma causa, hasta Augusto Sandino, cuyo espíritu fundó la revolución.

No está claro, por el momento, dónde se encuentra la conciencia democrática este año. Quizás desfilando al son de la melodía de Ortega-Murillo, bajo la apariencia de apatía, bajo un velo de cinismo, o incluso envuelta en el miedo. O, tal vez, tras la máscara de El Güegüense, a sabiendas, en silencio, sonriendo, lista a cambiar la música.

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