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Europa en horas bajas

La democracia europea importa al mundo. Pero sobre todo importa a América Latina. En momentos decisivos, ambas regiones deben seguir defendiendo los valores que comparten, y reforzarse mutuamente. English Português

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Francesc Badia i Dalmases
8 March 2016
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Demostración por una democracia real en Europa. Getty Images. All rights reserved.

Podría afirmarse que, en el pasado, las democracias en América Latina se han mirado en el espejo de las democracias Europeas. El reflejo resultante ha venido proyectado una imagen a la que Latinoamérica ha aspirado a parecerse. Sin embargo, hoy proyecta un cuadro distorsionado, lleno de ansiedades, tensiones e incluso retrocesos, que debe ser necesariamente fuente de preocupación para ambos hemisferios.

América Latina se enfrenta con energía a distintos escenarios posibles en el camino emprendido para su democratización plena y consolidación con garantías y, aunque arrastra problemas graves de violencia, corrupción, y modelo económico y laboral, ha puesto también en circulación ideas, propuestas y experiencias regeneradoras, que conviene que sean comprendidas por los europeos en toda su potencialidad.

En un contexto mundial que se ha definido como el de un inicio de  “recesión democrática”, Europa se encuentra empantanada en un debate existencial. Se muestra debilitada en su rol de promotor y defensor, tanto dentro de sí misma como en el mundo, de los valores que le han dado sentido, y que le han hecho vivir décadas de prosperidad y libertad desconocidas históricamente.

América Latina puede aprender de Europa pero, de manera más importante, Europa debe empezar a aprender también de América Latina. Se acabó aquél tiempo de la hegemonía europea y ahora ambos espacios necesitan reforzarse mutuamente para salvaguardar las conquistas alcanzadas en derechos, libertades y democracia, que comparten frente a otros ámbitos geopolíticos menos abiertos y tolerantes, dominados en muchos casos por lo que se ha venido a llamar regímenes “autoritarios competitivos”.

Un breve repaso a la democracia en el mundo nos muestra un escenario recesivo, muy poco optimista. Además del declive en el buen funcionamiento y la auto-confianza de las grandes y ricas democracias del mundo, observamos deteriorarse la calidad de parámetros definitorios del sistema como el imperio de la ley, las libertades civiles, el control de la corrupción y el vigor de la sociedad civil. Pero más allá, en un Medio Oriente y Mundo Árabe convulso y fratricida, hemos visto cómo conseguir la estabilidad ha pasado por encima de cualquier aspiración de primavera democrática. Hacia el Este, vemos una Rusia emergente militarmente, pero en franco declive económico y social, que fue campeona de la democracia iliberal pero que se desliza crecientemente hacia un régimen autoritario y agresivo. Y más allá, vemos a la gigantesca China priorizar su crecimiento interior y lidiar con sus problemas de sostenibilidad, por encima de cualquier proceso democratizador. Africa recorre la senda del desarrollo con múltiples retos, y alcanzar la democracia sigue siendo uno de ellos, y no el mayor en estos momentos. Pero incluso en los Estados Unidos, patrón de la democracia liberal, vemos cómo una plutocracia controla todo el espectro político y casi nadie habla de los verdaderos problemas del país, mientras su liderazgo en el mundo multipolar se debilita, en parte gracias a sus propios errores.

América Latina y Europa serían, pues, los espacios donde la esperanza de seguir avanzando en la construcción de una democracia vibrante y progresiva sigue viva. Pero frente a los problemas, que pueden agudizarse en América Latina si se consolida el cambio de ciclo económico, Europa está viviendo horas muy bajas. El proyecto europeo representó una salida pacífica y próspera a una larga guerra civil de más de 30 años (1914-1945). Frente a esa fase increíblemente destructiva, que tuvo repercusiones devastadoras en todo el mundo, los europeos consiguieron armar un proyecto común que ha supuesto una historia de éxito incontestable.

Acceder a la Unión Europea era garantía de consolidación de los grandes valores que han formado los tres pilares sobre los que se ha construido el proyecto: democracia, tolerancia y justicia social.  Y el Tratado de Lisboa prometía “una unión cada vez más estrecha”.

Fracturas en el edificio europeo

La percepción – y, de facto, la propia realidad – fue que los ciudadanos obtenían de Europa no sólo garantías democráticas, sino prosperidad, movilidad libre, mayores y mejores mercados. Ser europeo significaba, fundamentalmente, ser ganador. Pero esta historia de éxito e integración se empezó a truncar primero con la crisis constitucional de 2005, cuando Francia y Holanda dijeron no al proyecto constitucional Europeo, y luego con la gran crisis del 2008, que tuvo como consecuencia disruptiva generando la aparición en el continente de ganadores y perdedores, sobre todo a partir del 2010. Y los perdedores han empezado a pensar que es la Unión Europea la que tiene la culpa. Las clases medias y populares han salido perdiendo por primera vez desde la postguerra, y se ha instalado un ambiente de sospecha y  desconfianza mutua de Berlín a Atenas, de Copenhague a Lisboa, de Londres a Madrid.

Desconfianza del Norte con el Sur, y viceversa, sobre todo por cuestiones de política económica y de desigualdades interiores, fruto de la imposición de una dura austeridad presupuestaria y draconianos rescates financieros que se han dejado a demasiados ciudadanos en el camino. Pero también, y de manera aún más preocupante para los valores de la democracia, ha aparecido una desconfianza entre el Este y Oeste. El Este parece ceder a una tentación iliberal que tiene repercusiones negativos en unos valores compartidos (Estado de derecho, independencia de los medios, tolerancia) que son más fundamentales que las desigualdades económicas o los desacuerdos en política fiscal.

La crisis acentuó aún más los distintos niveles y fracturas de riqueza que persisten en Europa. Esto se ha ido profundizando y afecta ya a un número considerable de personas, que han perdido empleos y prestaciones sociales, o que se han caído fuera del sistema y que hoy viven en exclusión social, no sólo en España o Grecia, sino también en los países más ricos, como Alemania o Reino Unido. Los ganadores se sitúan entre las elites, y la mayoría siguen siendo fervientes europeístas, sabiendo que una mayor integración es la solución y no el problema. Pero los perdedores han perdido la confianza y, ante el desplome de los valores sociales solidarios, que debilita y fragiliza el proyecto democrático compartido, se refugian en los nacionalismos, las xenofobias y los euroescepticismos.

Las izquierdas, incluyendo muchas de las nuevas izquierdas, se han unido a las derechas nacionalistas en su falta de comprensión de la naturaleza del problema, y sólo piensan en pequeño, despreciando el nivel europeo. Sus líderes se concentran en la política local, en la política nacional… ¡la política real!, afirman ellos. Pierden así de vista que los verdaderos problemas se sitúan en el nivel europeo, cuando no directamente en el nivel global. La agenda progresista parece haber perdido la batalla ante las fórmulas neoliberales que dominan la economía, y al poner toda su energía en la batalla por el pequeño poder nacional, carecen en el fondo de una alternativa solvente que pueda ser impulsada a través del continente y en las instituciones de Bruselas.

Mientras tanto, la ceguera parece haberse apoderado de todos los políticos europeos, sin distinciones a izquierda y derecha, no sólo ante los fallos de diseño en el Euro o los fracasos en la reducción de las desigualdades tras los grandes éxitos de las políticas de cohesión de los 80 y 90, sino a la hora de abordar los problemas de la seguridad externa e interna. En este sentido, la crisis de los refugiados sirios es paradigmática puesto que, mientras ya los análisis del 2012 y 2013 apuntaban a la insoportable presión sobre países como Jordania, Líbano o Turquía, que ya acogían a más de 2 millones de refugiados sirios, los burócratas europeos parecían no querer asumir la amenaza de desbordamiento, y seguían redactando informes sobre un escenario ideal que ya no existe.

Y ahora, cuando es demasiado tarde, Europa es incapaz de reaccionar. Algo sorprendente, teniendo en cuenta la historia europea del siglo XX. Una primera reacción positiva de Alemania se ha vuelto rápidamente en su contra, y una espiral de alambres de espino recorre fronteras interiores, incluso aquellas que ya estaban desmanteladas por el tratado de Schenguen, uno de los mayores logros de la integración europea.

¿Cuántos refugiados europeos, políticos y económicos, fue capaz de acoger América Latina en los tiempos más duros del siglo XX? ¿Cuál es la responsabilidad de los europeos ahora? España, con 46 millones de habitantes, sólo ha concedido 19 cartas de asilo a refugiados sirios en 2015. ¡Diecinueve!. Y países ricos, como el Reino Unido, no le van a la zaga.

Por si ello fuera poco, el impacto del terrorismo internacional, pero de raíz doméstica, amenaza con dar una vuelta de tuerca más a unas sociedades atemorizadas y carecientemente vigiladas, que están dispuestas a sacrificar derechos y libertades en nombre de una seguridad casi imposible de garantizar. Pero contra el terrorismo, como quedó demostrado en Argentina o en Perú, no hay atajos. Preservar el Estado de derecho es vital para la democracia.

La democracia europea importa a América Latina

Lo que se juega la democracia europea importa al mundo pero, en particular, importa a América Latina. Los valores fundamentales de la justicia social, de la tolerancia y de las garantías democráticas, deben resistir los embates de esta larga crisis. Más allá de los problemas estructurales de una economía de crecimiento lento y de una población que envejece, además de crecer muy lentamente, no faltan propuestas de regeneración y soluciones de cambio.

Pero Tomas Piketty está proponiendo un “New Deal” para Europa. George Soros está haciendo propuestas razonables. Incluso, con espíritu radical, Iannis Varoufakis está haciendo propuestas, con el lanzamiento en febrero de su Movimiento para la Democratización Europea 2050. Sabemos cuáles son las soluciones, empezando por una mayor integración política, una defensa más robusta de las conquistas sociales, una economía más equilibrada, verde y diversificada, una política exterior y de seguridad común, pero no sabemos aun cómo llegar hasta ellas sin romper la baraja. El Estado-nación se defiende, aunque en algunos casos a riesgo de su desintegración interior, como en España, con una Cataluña que reclama un Estado “propio” en nombre de una soberanía que ya dejó de existir.

El ejercicio realizado por Alerta Democrática en América Latina, para dibujar escenarios posibles para las democracias hacia el futuro y dotarse de una carta de navegación, debiera enriquecer el debate e incidir sobre una democracia europea ensimismada y llena de problemas, que necesita levantar la mirada. Pese a problemas mayores, América Latina ha sido capaz de avanzar hacia más y mejores democracias.

 Ambas regiones deben perseverar en la defensa de los valores que comparten, y reforzarse mutuamente. Se ha dicho que el éxito del proyecto democrático y de integración europeo será un éxito, no sólo para los propios europeos, sino para un utópico aunque necesario proyecto de  gobernanza mundial. No sólo los norteamericanos y los latinoamericanos necesitan que el proyecto triunfe, también los chinos están genuinamente interesados en que Europa prospere y se proyecte hacia el futuro.

Como todo experimento – y el proyecto Europeo lo es – la Unión Europea está sometida a la metodología del ensayo y error. Quiero pensar que estamos en la fase del error, pero que el experimento en su conjunto tendrá el éxito que merece. Los logros conseguidos son incontestables. Pero para ello es necesario permanecer alerta, buscar aliados y convencer a las generaciones jóvenes que éste también es su proyecto y su futuro. 

Y es abriéndose y contrastando las virtudes y defectos de las nuevas democracias latinoamericanas con las virtudes y defectos de las democracias europeas, que mejoraremos las probabilidades de éxito de nuestro propósito común, ni que sólo sea asegurando de que somos capaces de detener el deterioro de nuestras democracias.

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