La historia del país como sinónimo de estorbo es una cuota común en los gobiernos populistas, especialmente cuando sus liderazgos no necesitan una preparación o moralidad notorias en entornos políticos naturalmente caóticos como el de El Salvador.
La posición desde el privilegio, rasgo característico de estas nuevas cúpulas en el entorno global, no permite una conexión con la realidad objetiva de cientos de miles de personas que buscan sobrevivir el día a día en economías informales de subsistencia.
Reconocer la historia se vislumbra como símbolo de evidencia, en un gobierno que se esfuerza por ocultar la rendición de cuentas de fondos públicos, y que carece de frenos sociales que le impidan la arbitrariedad. Conocer la historia delata los hechos del presente, como caja de resonancia de la memoria. Lo que en un Estado serio o por lo menos racional podría ser una declaración pública de abuso y corrupción, en El Salvador se considera, en los últimos meses, como una muestra de poder e impunidad recalcitrantes basadas en modelos escuetos pero eficientes para la dominación de la mayoría.