Más de una semana después del tiroteo incesante entre grupos delictivos y cuerpos policiales, que mantuvo en vilo a parte de los caraqueños durante las 72 interminables horas del 7, 8 y 9 de julio, el ritmo cotidiano en parte de la ciudad vuelve a circular sin alteraciones.
Ya no hay eco ni rebote de disparos paralizando las vidas de los habitantes que hacen vida, trabajan y se movilizan en el suroeste de Caracas. Pero veredas adentro, hay silencio. La gente que vive en la Cota 905 y El Cementerio aún no ha podido recuperar el aliento: siguen encerrados en sus casas, a la espera de ser el próximo al que le tumben la puerta, que se lleven a alguien cercano detenido o que lo manden a la morgue a buscar a sus muertos, a los que ni siquiera les permiten velar.