Alicia Cahuiya subió al podio en la Asamblea Nacional de Ecuador. Su palabra de mujer waorani retumbó en los murales donde se hacen leyes para la patria, colonial y paradójica. Había llegado desde Yasuní con un grupo de indígenas bajo la consigna de apoyar la explotación de hidrocarburos en su territorio ancestral, pero ella estaba decidida a romper el guión.
“Hay siete empresas petroleras operando en el territorio waorani que abarca cuatro provincias. ¿Qué beneficios hemos recibido? ¡En más pobreza hemos quedado! (...) Los indígenas que habitamos la selva no somos el problema. Queremos que se respete el territorio. (...) Cada vez, los gobiernos lo están dividiendo: zona intangible, parque Yasuní. ¿Dónde estamos administrando los waorani?”.
Así reclamó Alicia, lideresa indígena de la Amazonía ecuatoriana, ese 4 de octubre de 2013. Lucía una serpiente pintada en cada mejilla, signo de sabiduría. Dos atados de tejidos claros y oscuros le cruzaban el pecho con un gran collar de semillas; una pluma larga y roja coronaba su cabeza.