El año pasado tuvimos unas elecciones extremadamente polarizadas, las más polarizadas desde el fin de aquella dictadura que duró más de veinte años, de 1964 a 1985.
Desde 1985 a 2013, la democracia brasileña atravesó un período de consolidación constante. En 2013, sin embargo, el escenario empezó a cambiar. Las perspectivas sobre lo que sucedió son variadas, contrapuestas y todavía en gran medida en proceso de evolución.
El caso es que un movimiento a la vez conservador y antisistema se alzó con la victoria en las elecciones de 2018. Brasil eligió a un presidente que se siente orgulloso de ser anti-intelectual, que no oculta su racismo, misogínia y homofobia, y que defiende abiertamente la tortura y el asesinato de los opositores políticos. Bolsonaro había sido, hasta entonces, un diputado más bien mediocre, financiado por las milicias de Río de Janeiro, que se había pasado siete mandatos seguidos defendiendo la agenda corporativa de los militares.