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Las mujeres de #Elenão y #Elassim y la lucha contra el fascismo en Brasil

Candidato a las presidenciales brasileñas Jair Bolsonaro menosprecia a las mujeres, y su candidatura personifica la sociedad patriarcal en la que vivimos. English, Português

Nathália Sanglard Katarina Pitasse Fragoso
17 October 2018
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Manifestación EleNão Brasil. Wikimedia Commons. Todos los derechos reservados.

En un ensayo titulado “Un habitación propia” publicado en 1929, Woolf Virginia escribió que, durante siglos, las mujeres sirvieron como espejos con poderes mágicos para reflejar la figura del hombre multiplicando por dos su tamaño natural.

Estos espejos, centrales a las acciones violentas, explican la insistencia de personajes que, como Mussolini, hacían a las mujeres más pequeñas, puesto que si ellas podían ser reducidas, los hombres podrían no dejar de crecer.

Casi cien años después, la alegoría del espejo sigue siendo una característica para asegurar la supremacía masculina.

Esto es particularmente cierto en la escena política brasileña donde el lenguaje de odio contra las mujeres, y contra todo tipo de grupos vulnerables del candidato a la presidencia Jair Messías Bolsonaro, favorito en las encuestas.

La apuesta por la violencia como respuesta a los problemas del país ilustra cómo, para este ex capitán del Ejército, hacer política significa transformarla en campo de batalla, y fabricar enemigos al manipular los prejuicios que la gente tiene incorporados, para luego liquidarlos. 

Necesitamos nombrar a las cosas por su nombre frente a eufemismos como "conservador" o "controvertido" que emplean los principales medios de comunicación y algunos sectores de las élites políticas brasileñas para referirse a Bolsonaro, puesto que esos adjetivos no expresan la brutalidad con la que éste sugiere la disponibilidad de los cuerpos femeninos.

Como ejemplo del discurso y de la táctica de Bolsonaro están las palabras dirigidas a la diputada federal María del Rosario (del PT): "es muy fea, no tiene mi tipo, jamás la violaría".

Como ejemplo del discurso y de la táctica de Bolsonaro están las palabras dirigidas a la diputada federal María del Rosario (del PT): "es muy fea, no tiene mi tipo, jamás la violaría".

Este discurso parece “encajar” en un país que registró, en 2017, un aumento en el número de violaciones, con un promedio de 164 casos al día. Esto podría alcanzar, si se tienen en cuenta el número de violaciones que no se registran, unos 500.000 casos al año.

Sin embargo, las mujeres, que Bolsonaro llama "débiles" y diseñadas como objetos de sumisión, son la mayoría de la población. En Brasil, según el instituto oficial brasileño de estadística, el IBGE, hay 4,5 millones de mujeres más que hombres.

También según este instituto, las mujeres trabajan un promedio de 7,5 horas por semana más que los hombres (la suma de las actividades retribuidas y las no remuneradas) y aunque están más educadas, tienen un ingreso promedio nacional inferior: mientras que los hombres ganan alrededor de 2.251 Reales (unos 600 USD), ellas reciben 1.762 Reales (unos 465 USD).

Un estudio del World Economic Forum de 2016 señala que, en Brasil, se necesitarían 95 años para lograr la paridad salarial entre hombres y mujeres. 

Otro ejemplo. En una cadena de televisión, el ex capitán afirmó que las mujeres deberían ganar menos porque se quedan embarazadas.

Al justificar la desigualdad salarial, Bolsonaro ataca tanto a la mano de obra femenina ocupada formalmente, como al trabajo doméstico no remunerado, y normaliza de esta manera la explotación de todo trabajo femenino.

Si recordamos el argumento Silvia Federici sobre el desarrollo del capitalismo vemos que, puesto que las mujeres estan produciendo y reproduciendo el bien más esencial - la fuerza de trabajo - el abaratamiento de los costes laborales de la producción para por el uso de violencia máxima y guerra contra las mujeres.

En este sentido, cuando el candidato a vicepresidente de Bolsonaro, el general Mourão, afirma que las familias encabezadas por madres y abuelas son "fábricas de inadaptados", intensifica el tono intimidante y la devaluación de las mujeres.

Al asociar el trabajo doméstico no remunerado a la criminalidad, sugiere, una vez más, el recurso a la represión y a la violencia.

Como ha señalado el profesor de Harvard, Bruno Carvalho, el discurso de Bolsonaro alimenta puntos de vista regresivos. Ya se están produciendo consecuencias públicas.

Si, tras la destitución de la presidenta Dilma Rousseff, el modelo público de mujer promovido por Michel Temer se parecía al de la buena esposa de la década de 1950, con la candidatura de Bolsonaro la cosificación de la mujer alcanzó un nivel más dramático.

En su deshumanización de la mujer, coquetea con impulsos fascistas o incluso, yendo más atrás en el tiempo, evoca una caza de brujas medieval. 

Los partidarios de Bolsonaro son nostálgicos de los tiempos en que la esfera pública estaba reservada a los hombres; en que no había discusión sobre igualdad de derechos y oportunidades para todos los ciudadanos; en que no se hablaba sobre el género en las escuelas y la sociedad pasaba por alto a las mujeres.

Además, el contenido de algunos sitios web y redes sociales que  apoyan a Bolsonaro evoca al régimen dictatorial como si fuera un estándar moral.

Son nostálgicos del momento en que las libertades y los derechos básicos eran privilegio de algunos individuos, mientras que otros, que se posicionaron contra el sistema, fueron torturados y silenciados.

Esto nos muestra la fragilidad de la democracia brasileña. Abre brechas que son explotadas por Bolsonaro, quien no tiene vergüenza al expresar sus opiniones a favor de la tortura, la legalización de las armas y el regreso a un régimen dictatorial. 

Para dar un último ejemplo: la semana pasada los partidarios de Bolsonaro rompieron una placa en honor a Marielle Franco, una mujer negra, lesbiana, activista de derechos humanos y habitante de barrios marginales, que fue ejecutada de manera bárbara en marzo de este año.

Este es un acto concertado de violencia contra la memoria de Marielle, que se opuso al odio y simbolizó otro mundo posible: dio voz a las mujeres negras, a la base de la pirámide social brasileña, y a las personas que más sufren el hostigamiento, la violación, los bajos salarios y son víctimas de la violencia doméstica, a las que encarnan el mayor rechazo a lo que representa Bolsonaro. 

Lo que Marielle representa es una visión de nuestra resistencia a la explotación y la marginación. 

Lo que Marielle representa es una visión de nuestra resistencia a la explotación y la marginación. Inspirado por ella y muchas otras mujeres revolucionarias, el juego de imágenes que se basa en el tamaño (reducido) de las mujeres parece haber cambiado. 

El 29 de septiembre, las manifestaciones suprapartidistas en al menos 65 ciudades de Brasil mostraron la fuerza de la movilización política femenina y su papel en la resistencia antifascista.

Después de todo, estas mujeres son, junto a las minorías, el objetivo de la violencia propagada por Bolsonaro y sus partidarios.

Las mujeres, así como los grupos vulnerables, son actualmente explotados por los sistemas patriarcales y capitalistas y están marginadas, al mismo tiempo que constituyen una parte vital del funcionamiento de esta sociedad.

Esto lleva a las mujeres, como lo afirma la segunda ola del feminismo, a estar en una posición marginada y explotada, ya que pertenecer a la clase revolucionaria se traduce en una acumulación de conocimiento, que pertenece solo a esa clase.

Es decir, es el hecho de estar en el margen y ser explotada por el sistema lo que le permite a la clase revolucionaria oponerse a las formas existentes de dominación. 

La principal implicación de tomar esto en serio se relaciona con la idea de una clase revolucionaria que muestra cómo nosotras (junto con otros grupos vulnerables) tuvimos las condiciones para cambiar la sociedad.

Esto nos ayuda a clarificar nuestro papel potencial y vital para cambiar las normas sociales injustas y el tratamiento que representa las vallas que deben ser derribadas, y así alcanzar un futuro mejor para Brasil.

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