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Las revoluciones ciudadanas en Latinoamérica

Los países de la 'Revolución Ciudadana' en Latinoamérica son postneoliberales, pero no postcapitalistas.Publicado previamente en openDemocracy  English

François Houtart
27 June 2015
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El Presidente Lula dirigiéndose a los beneficiarios del programa Bolsa Familia en Diadema, Sao Paulo, 2005. Wikicomons/agencia B

Si queremos entender la evolución de los países progresistas de Latinoamérica, debemos recordar que han salido de un período neoliberal que afectó a todo el continente durante más de dos décadas a partir de los años ochenta del siglo pasado. A instancias de las dictaduras y guiados por organizaciones financieras internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, se liberalizaron las economías y se desmantelaron los embrionarios sistemas de seguridad social, a la vez que los Estados se sometieron a un ajuste estructural – en otras palabras, a restricciones presupuestarias impuestas básicamente para pagar los intereses de la deuda.

 Saliendo del neoliberalismo

La resistencia política y los movimientos sociales activos en la mayoría de los países del continente tuvieron éxito en algunos lugares al derrocar a los regímenes existentes, especialmente a través de las urnas.

En Nicaragua y El Salvador esto ocurrió gracias a la lucha de la guerrilla. En otros casos, se produjeron intentos de golpe de estado que acabaron desembocando en la celebración de elecciones, como en Venezuela. Pero en los demás lugares, la norma general fueron las elecciones. Aparecieron nuevas formaciones políticas, en gran parte como expresión política de los movimientos sociales: el Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, el Movimiento hacia el Socialismo (MAS) en Bolivia, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMNL) en El Salvador y el Movimiento Alianza País (AP) en Ecuador.

Estas nuevas formaciones políticas absorbieron a muchos de los líderes de los movimientos sociales, debilitando así su fuerza. Con el paso del tiempo, estos nuevos partidos no escaparon a los defectos tradicionales de la política en Latinoamérica – nepotismo, corrupción, caudillismo (fuerte liderazgo carismático) -, perdiendo así parte de su influencia moral.

Las nuevas constituciones desempeñaron un papel importante. En Ecuador y Bolivia, un gran número de personas participó en su elaboración, introduciendo cambios y nociones sin precedentes, tales como el Buen Vivir, inspirado en la filosofía de los pueblos indígenas, el concepto de plurinacionalidad y los derechos de la naturaleza.

Fue una transición difícil que requirió construir un nuevo modelo mientras las viejas estructuras estaban todavía en su lugar - especialmente en el campo económico, en el que la toma de decisiones se encuentra localizada normalmente fuera del continente.

Evidentemente hubo fuertes reacciones. Así, en vísperas de las elecciones que iban a llevar a Lula al poder en Brasil, se produjo una retirada masiva de capital extranjero. En El Salvador, al empezar la campaña electoral, circulaban rumores de que, si ganaba el FMNL, Estados Unidos prohibiría las transferencias de los migrantes, que son la principal fuente de divisas del país. En Venezuela, después de las victorias electorales de Chávez y Maduro, los capitalistas locales crearon de forma artificial una escasez de bienes básicos de consumo.

Las medidas postneoliberales

América Latina es el único continente donde los gobiernos han adoptado medidas postneoliberales. No ha ocurrido en Asia o en África, ni tampoco en el mundo árabe y menos aún en Europa, donde la Unión Europea ha aplicado ad nauseam medidas liberales para “salir de la crisis”, como si la crisis no se originara precisamente a partir de dichas medidas. En cuanto a los Estados Unidos, no fueron ninguna excepción a la regla.

Fue preciso reconstruir las funciones del Estado que había eliminado el neoliberalismo, cuya dedicación a la causa del fundamentalismo económico se extendió al refuerzo del sistema jurídico para proteger la propiedad privada de los medios de producción, al fortalecimiento de las fuerzas de represión, y al abandono de las inversiones sociales y en servicios públicos.

En los países progresistas de Latinoamérica se dio prioridad a la función social y económica del Estado y al desarrollo de instalaciones públicas, especialmente en el campo de la salud y la educación. Ninguno de ellos, sin embargo, tomó medidas tan drásticas como las que tomó la revolución cubana. Permanecieron en el marco de una economía mixta, preservando el pluralismo de los operadores en educación y salud. El campo de acción de las ONG, que tuvieron un papel importante durante el período neoliberal compensando las deficiencias del sistema a través de numerosos proyectos de desarrollo, se ha visto sin embargo limitado en los últimos años, hecho que algunos interpretan como un ataque a la libertad.

También contribuyó el contexto económico mundial, favoreciendo a los países del continente que querían entrar en la era postneoliberal. Aumentó el precio de productos básicos -  petróleo, minerales y determinados productos agrícolas - y, durante una década, creció el ingreso de moneda extranjera, facilitando así las inversiones públicas y las políticas de protección social.

Al mismo tiempo, la mayoría de los países de Latinoamérica experimentaron una relativa desindustrialización y una aceleración del extractivismo (industrias mineras y petroleras), lo cual ha generado conflictos sociales, en particular con las poblaciones indígenas directamente afectadas. La caída de los precios del petróleo y de los minerales desde 2014 ha causado graves problemas para países como Venezuela, Ecuador y, en menor medida, Bolivia. Además, la crisis de los países capitalistas centrales ha afectado negativamente a la demanda de productos primarios. Se produjo una desaceleración de la tasa de crecimiento de China y los Estados Unidos y sus aliados del Golfo implementaron políticas agresivas en relación al petróleo para debilitar a sus adversarios rusos, iraníes y venezolanos.

En cuanto a las políticas sociales, los regimenes progresistas dieron prioridad a la lucha contra la pobreza. En pocos años, gracias a programas como la Bolsa Familia en Brasil o los Vales Humanitarios en Ecuador, millones de personas salieron de la 'extrema pobreza' o la 'simple pobreza', según las categorías de las Naciones Unidas. Estos programas, generalmente descentralizados a nivel municipal, suelen estar relacionados con la obligación de asistir a un centro de salud y de escolarizar a los niños pequeños. Pero esta disminución de la pobreza no debe eclipsar el hecho de que el coeficiente de Gini (que mide la brecha entre los más ricos y los más pobres) apenas se ha visto afectado. En realidad, mientras que los más pobres poco a poco conseguían salir de su situación (aunque las cifras todavía están estancadas en más o menos 10 por ciento, dependiendo de qué país), los más ricos se han convertido en aún más ricos y, en países como Brasil, en mucho más ricos.

No se puede negar la contribución de estas políticas para aliviar la pobreza. Sin embargo, deben ser criticadas. Este tipo de lucha contra la pobreza no produce “actores sociales”, sino más bien 'clientes' políticos. Por otra parte, los países que han permanecido neoliberales, como Colombia, México, Costa Rica y en gran parte Perú y Chile, han iniciado también programas similares, algunas veces con resultados similares o incluso algo mejores. Sin embargo, su espíritu es distinto: inspirados por el Banco Mundial, consideran la reducción de la indigencia como un medio para expandir la economía de mercado.

Otra meta importante para los países progresistas de Latinoamérica ha sido un acceso más amplio a la salud y a la educación. En Ecuador, en menos de diez años, se ha duplicado el número de alumnos y estudiantes. Pero las reformas universitarias tienden a reforzar las deficiencias del sistema y se han creado cuatro "súper universidades", principalmente para responder a la demanda de los sectores de alta tecnología y ciencias. Se han construido mil “millenium schools” que han reemplazado a las pequeñas escuelas locales en las regiones rurales. Estas escuelas, aunque mejor equipadas, obligan sin embargo a los niños a hacer largos recorridos y abdican de buena parte de los programas bilingües, principalmente en el caso de las lenguas indígenas. Las políticas de educación superior están influenciadas por el deseo de modernidad y de seguir los patrones del modelo europeo, encarnado en el programa neoliberal de Bolonia. Las reformas en educación tienden a ser por lo tanto relativamente tecnocráticas, un rasgo típico de una aproximación desarrollista (véase abajo). 

Ha habido mucha inversión en infraestructuras. Ecuador ha construido cientos de kilómetros de excelentes carreteras en condiciones geográficas muy difíciles, particularmente en los Andes. Brasil está multiplicando sus embalses hidroeléctricos, especialmente en los ríos de la Amazonía. Los transportes urbanos están siendo modernizados, gracias a los teleféricos y trenes subterráneos. Se han construido edificios públicos, aeropuertos y refinerías, mientras que el gasto en agricultura campesina (casi abandonada), educación bilingüe, carreteras rurales y viviendas sociales (excepto en Venezuela) tienen menor importancia. Sin embargo, la agricultura industrial destinada a la exportación ha aumentado, sobretodo en Brasil y Argentina, donde se incentiva la producción de etanol, agro-diésel, alimentación animal y transgénicos.  Esto mismo es parte del 'nuevo modelo productivo' en Ecuador.

Integración latinoamericana

También ha habido importantes avances en integración latinoamericana. Venezuela ha sido el principal impulsor de nuevas iniciativas. Como en décadas anteriores, hay dos corrientes históricas de pensamiento que todavía animan los debates en el continente. La primera de ellas aboga por la integración del “Gran País”, como solía decir Simón Bolívar, o de “Nuestra América”, según el cubano José Martí. La segunda favorece la integración con América del norte, conforme a la doctrina Monroe ("América para los americanos") que se opuso históricamente al colonialismo europeo.

Los países progresistas optaron por la primera perspectiva. De ahí la Constitución de la Unasur (Unión de los países de América del Sur), de la Celac (comunidad de los países de América Latina y el Caribe), la obra de Hugo Chávez, y del ALBA (Alianza Bolivariana de los pueblos de nuestra América), también concebida por el presidente venezolano. Estas iniciativas se unen al Mercosur (mercado común del Sur), que agrupa a los países del cono sur y es una prolongación de la lucha victoriosa contra el ALCA (Tratado de libre comercio entre América del norte y América del Sur), el proyecto del Presidente de Estados Unidos, George Bush.

Por otro lado, los países que han mantenido el neoliberalismo, fieles seguidores de la OEA (Organización de Estados Americanos), con sede en Washington, han establecido las Naciones de la Alianza del Pacífico (en la que figuran Chile, Perú y México) para promover lazos económicos con Asia en un marco neoliberal de la mano de Estados Unidos.

Por su parte, los países progresistas también han tomado algunas medidas para luchar contra el imperialismo: Ecuador ha cerrado la base estadounidense de Manta, Venezuela denuncia regularmente la interferencia de Estados Unidos en apoyo de la oposición, y Bolivia ha expulsado de su territorio a USAID, la Agencia de cooperación del gobierno de Estados Unidos.

Tres modelos de desarrollo

¿Qué modelos de desarrollo persiguen los países progresistas de Latinoamérica? Hay tres enfoques diferentes.

El primer proyecto es lo que podría denominarse 'neo-desarrollismo'. Es una nueva versión del proyecto apoyado por la CEPAL (Comisión Económica para América Latina) en la década de 1960, de sustitución de las importaciones por producción nacional y de promoción del desarrollo del capitalismo local. Ecuador, Bolivia y Nicaragua van claramente en esa dirección, con la constitución de un capitalismo moderno, opuesto a las viejas oligarquías, y con la aceptación de la lucha contra la pobreza, la promoción del empleo formal y la reducción del empleo informal, el establecimiento de la seguridad social y la necesidad de un Estado estable financiado con los impuestos.

El sector financiero, el comercio exterior y los intermediarios económicos prosperan con China.  Pero el crecimiento de las exportaciones, necesario para financiar el Estado, precisa de nuevos contratos con las multinacionales extractivas y de agrobusiness. Debido a la caída de los precios, hay que recurrir al endeudamiento con el Banco Mundial y los bancos de América del norte, China y los países del Golfo, aunque, eso sí, en mejores condiciones que anteriormente. En consecuencia, se presta menos atención a los problemas ecológicos, se muestra poco interés por los pueblos originarios (en Ecuador) y se manifiesta oposición a las pretensiones de los trabajadores, los pequeños campesinos y los indígenas, que son considerados obstáculos para el modelo. La tendencia es la de criminalizar la resistencia a dichas políticas, cuyo instrumento es el Estado centralizado.

El segundo modelo es el socialdemócrata, que acepta el capitalismo como base de crecimiento y distribuye parte del producto social. Es el caso de Brasil, donde el Partido de los Trabajadores ha fomentado el desarrollo del capitalismo local en agricultura y ha atraído capital extranjero. Nunca los ricos han ganado más dinero en Brasil pero, al mismo tiempo, han salido de la pobreza entre 30 y 40 millones de personas. Por otra parte, no ha habido ninguna reforma seria en la política de propiedad y uso de la tierra y el nuevo gobierno de Dilma Rousseff incluye a un ex graduado de la escuela de Chicago como Ministro de Hacienda y al ex portavoz de los grandes terratenientes en la Asamblea Nacional como Ministro de Agricultura. El Movimiento de Campesinos sin Tierra (MST), después de haber apoyado el gobierno en las elecciones, le ha prácticamente declarado la guerra, recuperando como estrategia la ocupación de tierras de los grandes latifundistas, especialmente la propiedad de uno de los ministros del gobierno. Argentina y Uruguay se encuentran en una situación similar.

El tercer caso es el de Venezuela, donde ha habido esfuerzos más serios para favorecer la participación de los ciudadanos, con iniciativas comunales en las que las bases deciden sobre cómo utilizar parte del presupuesto público. Hacia el final de su vida, Hugo Chávez destacó la importancia del socialismo ecológico, integrando la preocupación por la naturaleza en el proyecto socialista. No pudiendo confiar en la administración del Estado al principio de su mandato, estableció un Estado paralelo con los ingresos del petróleo, organizando diversas clases de misiones para todos los campos de servicio público: en salud, educación en sus distintos niveles, economía social, agricultura, pueblos indígenas, etc. Pero la enfermedad fundamental de Venezuela es la renta del petróleo, que ha destruido la producción local (todo se compra con petrodólares), la agricultura (70 por ciento de los alimentos son importados) y todas las normas sociales (la violencia es sólo en parte política y social). El país no ha dejado atrás una cultura política de corrupción, aunque ha habido grandes avances en el campo social y cultural. El deseo de un cambio fundamental en el país explica la ferocidad de la oposición.

Conclusión

Los países de la 'Revolución Ciudadana' en Latinoamérica son post-neoliberales, pero no post-capitalistas. Esto puede explicarse por la fuerza del sistema, que impone sus leyes a escala global, pero también por la visión social de sus líderes, que tienden a modernizar sus países en lugar de buscar un nuevo paradigma para la vida colectiva de los seres humanos en el planeta.

Esto se hace con el apoyo de una mayoría popular, formada parcialmente por los 'clientes' de los regímenes, motivados por la perspectiva de ventajas inmediatas. Otra debilidad importante de estas perspectivas es su ignorancia de las 'externalidades' que implica el modelo económico. Produce grandes daños ecológicos y sociales que no se tienen en cuenta.

Es cierto que se han realizado progresos, pero se corre ahora el riesgo de erosión si se producen situaciones económicas adversas. Cierto es, también, que un retorno al poder de la derecha significaría un renacer del neoliberalismo, con su gran séquito de desgracias. Sin embargo, la necesidad de ir más allá de la situación actual, que es reconocida por varios movimientos sociales, es absolutamente fundamental.

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