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Las mujeres que buscan a personas desaparecidas en México se enfrentan a múltiples retos

Las madres, abuelas, esposas, hermanas, e hijas de personas desaparecidas han desempeñado un papel protagónico en el desarrollo de la agenda por la verdad y la justicia, así como en la lucha contra la impunidad en México.

Camila Ruiz Segovia Melissa H. Jasso
2 September 2020
Familiares de los 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, México, participan en una marcha de protesta en 20 de Enero 2020 en la Ciudad de México.
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Guillermo Gutiérrez/NurPhoto/PA Images

Para mujeres como Lucía, del Colectivo Solecito, la búsqueda de restos en fosas clandestinas representa una oportunidad para cumplir una promesa a su hijo, desaparecido en 2013 en el estado costero de Veracruz, México.

Esta promesa es la de no rendirse hasta encontrarlo, incluso si ello implica realizar este tipo de acciones sombrías, a la par que lidiar con autoridades negligentes y poner en riesgo su seguridad en un estado donde la línea divisoria entre el crimen organizado y el gobierno es tenue. La historia de Lucía tiene matices únicos y al mismo tiempo, es la historia de cientos de mujeres en todo el país que dedican su vida a la búsqueda de personas desaparecidas ante las omisiones del Estado.

A propósito del Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas, conmemorado el pasado 30 de agosto, el presente artículo busca subrayar el papel protagónico que las madres, abuelas, esposas, hermanas, e hijas de personas desaparecidas han desempeñado en el desarrollo de la agenda por la verdad y la justicia, así como en la lucha contra la impunidad en México.

Desde una óptica feminista, nuestros objetivos son presentar algunos de los desafíos y estrategias que desarrollan específicamente las mujeres como buscadoras, y además, dimensionar la búsqueda como una forma de trabajo de cuidados.

Es pertinente iniciar aclarando que el protagonismo de las mujeres en la búsqueda de personas desaparecidas no es específico al caso mexicano, sino que se replica y tiene importantes precedentes en toda América Latina. Esto es particularmente evidente en países que han implementado medidas de justicia transicional, como Argentina y Perú.

El caso argentino es quizás uno de los referentes más icónicos en relación a la búsqueda de personas desaparecidas. Los incesantes esfuerzos de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo fueron fundamentales para el desarrollo del derecho a la verdad, que hoy resuena en las exigencias de todas las familias de la región.

En Perú, las mujeres quechuas como Mamá Angélica, lideraron los procesos de búsqueda durante el conflicto armado, enfrentándose a una doble discriminación, pues además de ser mujeres, son indígenas.

En México existe también un antecedente directo importante, el Comité Eureka, fundado por Rosario Ibarra de Piedra en el contexto de la Guerra Sucia. El propósito de la organización fue, además de la búsqueda de las personas desaparecidas, proteger a los presos y perseguidos políticos. El lema del Comité, “Porque vivos se los llevaron, vivos los queremos”, permanece como consigna a través de las organizaciones actuales y ha cobrado gran significancia a la luz de la Guerra contra el Crimen Organizado iniciada en 2006.

La búsqueda como un trabajo de cuidados

Remitiéndose a las estadísticas, una posible hipótesis para explicar el protagonismo de las mujeres como buscadoras podría ser simplemente que el fenómeno de desaparición afecta en mayor medida a los hombres.

Según cifras de la Comisión Nacional de Búsqueda, al 28 de agosto de este año, habían un total de 75 mil 84 personas desaparecidas, 74.5% de las cuales eran hombres. Gran parte de estas desapariciones se relacionan con temas de crimen organizado, como pueden ser el reclutamiento y trabajo forzado, secuestros, entre otros delitos.

Aunque haya una predominancia en la desaparición de hombres, es importante resaltar que más de 18 mil mujeres también han sido víctimas de este crimen en el país y —como lo declaró la Corte Interamericana de Derechos Humanos en caso del Campo Algodonero contra el Estado mexicano— es urgente analizar las causas de las desapariciones y asesinatos de mujeres con una perspectiva de género.

En México, el trabajo de cuidados que realizan las mujeres se ha extendido a labores de búsqueda en vida y en fosas clandestinas, a labores periciales y de investigación, a activismo y constante presión a las autoridades.

Si bien estos datos pueden ayudar a esclarecer el rol protagónico de las mujeres, sugerimos que también es pertinente abordar el fenómeno desde una perspectiva feminista. En particular, proponemos explicar su protagonismo desde el sistema sexo-género, recalcando el trabajo de cuidados, que es predominante entre las mujeres. Generalmente, este se refiere al trabajo no remunerado dirigido hacia personas cuyo bienestar depende de otros, como es el cuidado de menores o adultos mayores.

En el caso de personas desaparecidas, quien recibe el cuidado es un familiar ausente, cuya vida, verdad, y justicia, dependen de que haya otras personas para exigirla. En contextos de violencia e impunidad como el que existe en México, el trabajo de cuidados que realizan las mujeres se ha extendido a labores de búsqueda en vida y en fosas clandestinas, a labores periciales y de investigación, a activismo y constante presión a las autoridades para asegurar que cada caso sea resuelto. Aún más, ha implicado labores de identificación de restos humanos, que procuran un entierro y final digno a sus seres queridos.

Insertar una lectura feminista a las labores de búsqueda tiene importantes consecuencias. Por un lado, implica reconocer que se trata de otro trabajo no remunerado y emocionalmente motivado que realizan las mujeres para la reproducción de la vida y el cuidado de otros, en este caso, supliendo una responsabilidad estatal y por el que muchas autoridades --como fiscalías y ministerios-- reciben un sueldo fijo. Por otro, que la búsqueda de sus seres queridos aumenta su carga de trabajo, y representa por lo tanto, un nuevo desafío para su autonomía.

Retos ante la búsqueda

Para las mujeres, enfrentarse a la búsqueda de personas desaparecidas tiene aún mayores desafíos, pues tienen ante sí retos económicos, de seguridad, de acceso a la justicia, sumado a discriminación y violencia por su condición de género. Para muchas, la desaparición de un familiar representa la pérdida de un ingreso económico importante, en ocasiones, el único. Esto genera una carga más que se suma al dolor de no conocer el paradero de su familiar.

Muchas mujeres también reportan abandonar la búsqueda por falta de recursos para cubrir los costos asociados a ésta, como por ejemplo, el del transporte para trasladarse a las fiscalías y reportar sus casos, las cuales muchas veces se encuentran lejanas a sus comunidades de origen.

También hay mujeres que no tienen la posibilidad de participar en marchas u otras acciones para visibilizar sus casos, porque deben suplantar la falta de ingresos con jornadas extras de trabajo o se encuentran bajo condiciones laborales que no les permiten “tomarse el día”.

El proceso de búsqueda conlleva importantes riesgos para la seguridad de los familiares en búsqueda, pues implica acercarse a terrenos controlados por el crimen organizado, y muchas veces, esto es percibido como una afronta. Si bien esto es un riesgo tanto para hombres como para mujeres, las mujeres son más vulnerables a sufrir agresiones sexuales o a ser objeto de ataques ligados a su identidad de género.

Asimismo, en algunas regiones del país, el hecho de que las mujeres salgan a la calle y a los campos a buscar a sus familiares, y que abiertamente denuncien la falta de justicia, implica un rompimiento con las expectativas de género, lo cual puede ocasionar que sean estigmatizadas o incluso, que sufran actos de violencia.

En un país marcado por una profunda desigualdad de género, es común que los operadores de justicia reproduzcan actitudes discriminatorias y revictimizantes hacia las mujeres que intentan acceder al sistema de justicia.

Es también cierto que para muchas mujeres que fungen el rol de cuidadoras en el hogar en comunidades azotadas por la violencia, la realización de jornadas de búsqueda se vea limitada ante la imposibilidad de salir de casa por el deber de cuidar a menores y personas mayores.

Finalmente, otro reto fundamental al que se enfrentan las mujeres está ligado al acceso a la justicia. Para muchas, la desaparición de su familiar marca el primer episodio de interacción con el sistema de justicia mexicano, un sistema que les falla de manera sistemática.

En un país marcado por una profunda desigualdad de género, es común que los operadores de justicia reproduzcan actitudes discriminatorias y revictimizantes hacia las mujeres que intentan acceder al sistema de justicia, muchas de las cuales desconocen el funcionamiento del mismo y sus complejos tecnicismos. La discriminación dentro del sistema de justicia puede incluso llegar a traducirse en la negativa de las autoridades a dar apertura y seguimiento a los casos reportados, como ha sido denunciado por muchas de ellas.

Estrategias y resistencias colectivas

Al ser mujeres con seres queridos desaparecidos, comparten experiencias, emociones y desafíos en común que les han permitido generar lazos significativos y redes de apoyo. El lema de las brigadas de búsqueda “Buscándolos nos encontramos” explica esto de gran manera: compartir el dolor y salir del confinamiento de lo privado les ha permitido identificarse y respaldarse las unas a las otras.

Su identidad de género y las vivencias que comparten han generado a su vez que el movimiento se distinga también en sus estrategias políticas, sobre todo a través del uso de instrumentos simbólicos que remiten a su trabajo doméstico y como cuidadoras.

Este hecho es interesante desde una óptica feminista, pues a diferencia de otros movimientos de mujeres que cuestionan los mandatos tradicionales de género, las mujeres que buscan a sus desaparecidos han encontrado en su identidad un poder contestatario.

Reconocer el protagonismo de las mujeres es también una manera de denunciar el incumplimiento de las obligaciones de las autoridades mexicana.

Una de las actividades que ha tenido gran eco en los colectivos es el bordado. Esta iniciativa nació con el colectivo Fuentes Rojas, bajo el nombre “Bordando por la paz y la memoria. Una víctima un pañuelo”, en el marco del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad de 2011. Todos los domingos, diversas personas se congregaban en una plaza pública de la Ciudad de México para bordar, en cada pañuelo, el nombre de cada victima de desaparición, asesinato o feminicidio.

Además de representar un recuento estadístico, también habilitó un espacio para escucharse, compartir testimonios y también conocimientos. Este ejercicio fue replicado por otros colectivos como Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos(as) en Nuevo León (FUNDENL), que encontraron en este dispositivo una forma de posicionar a los desaparecidos en el espacio público, y lograr ser escuchadas.

Otro ejemplo reciente es el Recetario para la memoria, una iniciativa de Las Rastreadoras del Fuerte, un grupo de mujeres buscadores de Sinaloa, que busca construir identidad y memoria a través de la cocina, contando las historias de los desaparecidos a través de sus platillos favoritos.

Como ellas lo mencionan, la cocina es memoria y resistencia. Para ellas, esto ha sido también una actividad reparadora, pues por mucho tiempo cocinar los platillos de sus seres queridos era desolador, y al compartirlo encontraron una forma de cambiarlo y de mantenerles vivos.

Por último, encontramos también la Marcha por la Dignidad Nacional, que se realiza simbólicamente el 10 de mayo, el Día de las Madres. Esta movilización es posiblemente la única demostración pública protagonizada por mujeres cuyas demandas no se encuentran vinculadas directamente al movimiento feminista. Se trata más bien de una exigencia de justicia y una búsqueda de solidaridad y empatía a lo que ellas viven a través de la figura de la maternidad.

Las mujeres que lideran los esfuerzos de búsqueda enfrentan mayores retos debido a su identidad de género y su carga de trabajo doméstico y de cuidados. Ante esto, ellas han sabido hacerles frente a través de diversas medidas innovadoras y redes de solidaridad, atravesadas por su misma condición como mujeres.

Sin embargo, es urgente recordar que sus labores de búsqueda son, en última instancia, de carácter extraordinario, ya que son una tarea que le compete al Estado mexicano. En este sentido, reconocer el protagonismo de las mujeres es también una manera de denunciar el incumplimiento de las obligaciones de las autoridades mexicanas y hacer, junto a ellas, un llamado a la verdad y a la justicia para las personas desaparecidas en el país.

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