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Ortega se queda en Nicaragua y la democracia se fragmenta en Latinoamérica

Con la oposición encarcelada y en medio de unas cuestionadas elecciones, Daniel Ortega vuelve a ser elegido como presidente de Nicaragua

democracia Abierta
12 noviembre 2021, 12.00am
Daniel Ortega, presidente de Nicaragua.
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Shutterstock.

Daniel Ortega fue reelegido como presidente en Nicaragua y llega así al año 14 de su mandato. Catorce años en los que ha logrado tomar las riendas absolutas del país y crear grietas en la democracia que cada vez parecen ser más hondas.

Las primeras muestras de autocracia por parte de Ortega comenzaron a mostrarse en 2018 cuando, después de violentas represiones por parte de la policía a manifestaciones en contra de unas reformas económicas, el gobierno calificó a quienes protestaban como golpistas.

Aunque la reforma contra la que protestan los manifestantes, la Ley del seguro social, fue revocada, las protestas y la represión continuaron durante meses y dejaron al menos 328 muertos, más de 2.000 heridos y casi 100.000 exiliados, según cifras de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La Organización de Estados Americanos, OEA, condenó la situación y pidió elecciones adelantadas. Ortega se negó y advirtió a la comunidad internacional que debía respetar la autodeterminación del gobierno nicaragüense para restablecer la paz.

En los siguientes cuatro años la situación sólo empeoró. Ortega aprobó tres leyes que amordazan la libertad de expresión, la democracia y el actuar de organizaciones internacionales en el país. Tan graves son estas leyes, que una de ellas, la Ley de defensa de los derechos del pueblo a la independencia, la soberanía y la autodeterminación, establece que si alguien atenta contra la soberanía de Nicaragua, está rompiendo la ley. El problema es que "atentar contra la soberanía de Nicaragua" incluye acciones como las manifestaciones o incluso pedir sanciones contra los gobernantes.

Así, si alguien intenta oponerse a Ortega, podrá ser encarcelado, tal como sucedió con siete precandidatos presidenciales, encarcelados antes de las elecciones en virtud de esta ley.

Así, si alguien intenta oponerse a Ortega, podrá ser encarcelado, tal como sucedió con siete precandidatos presidenciales, encarcelados antes de las elecciones en virtud de esta ley.

La comunidad internacional calificó estos arrestos como absurdos y, en junio de este año, una encuesta de Diálogo Interamericano publicó que la tasa de aprobación de Ortega estaba por debajo de un 20%.

Su estrategia, sin embargo, no estaba encaminada a ganarse la aprobación del pueblo sino a apresar a cualquier opositor con algún chance real de ganarle en las urnas. Cerrar los partidos de la oposición, prohibir los grandes eventos de campaña y clausurar los centros de votación, fueron sus tácticas más recurrentes. Sus ansías por el poder son tan evidentes, que incluso encarceló a varios de sus compañeros sandinistas que lucharon junto a él para derrocar al dictador nicaragüense Anastasio Somoza.

El problema del proceder de Ortega es que ha sido ejemplo para líderes autoritarios de la región, que ven en la forma de gobierno de Ortega la fórmula para atornillarse al poder. Nayib Bukele, el presidente de El Salvador, parece ser su aprendiz más aventajado.

Este tipo de control absoluto de los presidentes como Ortega sobre sus países, representa una nueva era de represión y de poder dictatorial en Latinoamérica.

Este tipo de control absoluto de los presidentes como Ortega sobre sus países, representa una nueva era de represión y de poder dictatorial en Latinoamérica. Su victoria, además, es un golpe a la agenda del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, que no ha logrado frenar el éxodo masivo de nicaragüenses y centroamericanos hacia Estados Unidos. Miles de personas huyeron este año de Nicaragua cuando comenzó la represión de Ortega a la oposición y más de 80.000 viven como refugiados en Costa Rica, país vecino.

La situación es tan grave, que antes de que se anunciaran los resultados de las elecciones la Casa Blanca emitió un comunicado diciendo que eran "una elección de pantomima que no fue libre, justa ni, ciertamente, democrática".

Y es que a Ortega no le interesa en lo más mínimo pretender que haya algún tipo de democracia o justicia en sus acciones. Durante las elecciones no hubo debates públicos entre los cinco candidatos que quedaban, todos miembros de partidos alineados con el gobierno sandinista de Ortega.

El domingo, en una transmisión nacional, Ortega afirmó que las elecciones eran "gracias a Dios, una señal, un compromiso de la inmensa mayoría de los nicaragüenses de votar por la paz". Pero nada más lejano de la realidad. Antes de las elecciones del domingo, una encuesta mostró que el 78% de los nicaragüenses consideran que la reelección de Ortega sería ilegítima y que sólo un 9 por ciento apoyaba al partido gobernante. Sin embargo, pocos se atreven a expresar esas cuestiones en público, por miedo a ser detenidos. Para noviembre de 2021, mes de las elecciones, no había ningún partido de la oposición en pie y todos sus miembros estaban detenidos o exiliados.

Lo que muestra la realidad de Nicaragua es que el proceso electoral no fue un proceso en lo absoluto y que la democracia, ya frágil del país, está hecha pedazos. Queda por ver cuál será el impacto real de la reelección de Ortega en otros gobiernos del continente y si en 2022, año electoral para varios países del cono sur, los nuevos y viejos mandatarios seguirán o no sus pasos.

La copresidenta

Una figura clave en la actual presidencia de Ortega es su esposa y vicepresidenta Rosario Murillo a quien el mismo mandatario califica como "copresidenta".

En los últimos años de mandato de Ortega, Murillo ha ampliado su influencia en las decisiones gubernamentales hasta el punto en que muchos dudan quién manda realmente.

Está presente siempre cuando Ortega da algún discurso o aparece en público y su papel en las protestas de 2018 fue clave: en ese momento la señalaron como la persona que dirigió la represión contra las protestas ciudadanas. En mayo de ese año, Murillo se sentó junto a Ortega a dialogar con grupos de la oposición, como parte del diálogo nacional concertado para tratar de salir de la crisis. En ese entonces Murillo afirmó lo siguiente: "Nosotros fuimos a ese teatro llamado diálogo nacional. No sé cómo (Ortega) lo hizo. Yo realmente quería salir".

Rosario Murillo y Daniel Ortega en una ceremonia en 2019.
Rosario Murillo y Daniel Ortega en una ceremonia en 2019. | Alamy.

Murillo tiene, sin duda, un poder enorme en el país. Cada día ofrece discursos a través de medios oficialistas en los que la presentan como "la compañera" y rediseña todas las imágenes oficiales que están por toda la ciudad.

Durante sus años como vicepresidenta ha sido duramente criticada. En 2018 Estados Unidos impuso sanciones contra ella acusándola de corrupción y abusos contra los derechos humanos por su rol durante las protestas. En los últimos dos años ha sido cuestionada por su posición frente a la pandemia, por actos como convocar una marcha que llamó "Amor en tiempos del covid-19", en plena crisis del virus.

La realidad es que no sorprende que esté repitiendo como vicepresidenta y que tenga los mismos desmanes dictatoriales de su esposo Daniel Ortega, quien se convirtió en un héroe porque ayudó a luchar y derrocar la dictadura de Anastasio Somoza y hoy, 40 años después, se ha convertido en lo mismo que quiso combatir.

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