Cuando los conquistadores españoles llegaron a México hace quinientos años, intentaron convencer a los indígenas de que el consumo de peyote, un discreto cactus que contiene mescalina, una droga psicodélica, era igual a adorar del diablo.
Pero las medidas draconianas impuestas por los españoles no impidieron el consumo de la droga alucinógena, sino que obligaron a que las ceremonias fueran más secretas. El peyote sigue siendo fundamental en las tradiciones de los wixárika -más conocidos como huicholes-, nativos de la Sierra Madre Occidental, en el noroeste de México. El peyote forma parte de su historia de origen y se considera una forma de conectar con los ancestros, las deidades y el mundo natural. Estos ritos sagrados pueden remontarse a miles de años atrás.
Sin embargo, la escasez se cierne sobre este cactus sin espinas y con forma de botón, que ocasionalmente produce flores rosas pero que, por lo demás, permanece camuflado bajo los arbustos del desierto. Esto se debe tanto a la creciente demanda de peyote como a la deforestación causada por la expansión del sector agroindustrial en el estado central de San Luis Potosí (y más allá).