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People's assembly in Plaça Catalunya. Flickr/Sergio Alvarez. Some rights reserved.
“Estamos perdiendo Barcelona y queremos recuperarla.”
Estas son las palabras con que se abre el manifiesto de la nueva alianza electoral Barcelona en Comú (Barcelona en Común). Expresan un sentimiento que experimentan habitantes de ciudades de todo el mundo. La alianza encabeza ya algunos sondeos en su intento de ganar las próximas elecciones municipales del mes de mayo y terminar con décadas de un modelo de desarrollo urbano que acabó convertido en un sistema de enriquecimiento rápido para inversores privados. La capital catalana, que fue cuna de movimientos radicales de todo tipo durante el siglo XX y que inmortalizó George Orwell en su Homenaje a Cataluña, está hoy alumbrando una visión de la democracia local para el siglo XXI.
Es una visión que necesitan, hoy más que nunca, las ciudades de toda Europa. Durante las décadas de 1970 y 1980, de entre los escombros de la desindustrialización surgieron paisajes urbanos devastados que dieron paso, desde Málaga a Maastricht, a un nuevo tipo de políticas urbanas. Estas nuevas políticas, a menudo descritas como “urbanismo neoliberal”, tienen que ver con la extensión del papel del mercado en la conformación del funcionamiento de las ciudades. La receta es conocida: privatización de los servicios municipales, presión fiscal a la baja, un sector servicios con salarios bajos y la conversión de la vivienda en un activo de inversión. Estas medidas, destinadas en principio a responder a la crisis urbana provocada por la desindustrialización, han creado una nueva crisis de carácter permanente para la mayoría de los habitantes de las ciudades y ha facilitado el enriquecimiento de una pequeñísima élite oportunista global.