democraciaAbierta

Relaciones Cuba-Estados Unidos: bienvenidos al deshielo en el Caribe

A los asesores de Obama no se les debió haber pasado por alto las enseñanzas del pasado: al castrismo, debieron razonar, no se lo derrota con la CIA sino con la SEARS, la famosa cadena comercial. Publicado previamente en openDemocracy. English.

Abel Gilbert
4 February 2015
simpsons.jpg

La metáfora del “deshielo” tiene una historia de bajísimas temperaturas siberianas. A partir de 1956, remite a la decisión del entonces secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Nikita Jrushchov, de atenuar el carácter represivo del llamado “socialismo real” y tratar de enderezar su rumbo. Casi 60 años más tarde, la imagen del “deshielo” ha sido recuperada para aludir al nuevo clima que se respira en el Caribe a partir del acuerdo alcanzado entre Cuba y Estados Unidos para normalizar relaciones. La isla tropical había quedado, desde 1991, cuando la URSS implosionó, como una suerte de territorio congelado en la lógica de la Guerra Fría. Veinticuatro años después, los dos Gobiernos comenzaron en La Habana a derretir ese muro gélido que no se fundirá de manera inmediata, pero que tampoco tiene vuelta atrás.

¿Cómo se llegó a esta normalización de las relaciones diplomáticas? El presidente Barack Obama reconoció que la política de hostigamiento al castrismo había sido un completo fracaso. Desde el punto de vista regional, a Washington la intransigencia sólo le ha servido para aumentar la distancia con una América Latina donde China gana terreno. Los empresarios norteamericanos estaban observando cómo se reconvertía la economía cubana sin que ellos pudiesen incidir de ninguna manera. Esto ya no ocurrirá.

Años atrás, en un capítulo de Los Simpsons, Homero, el Señor Burns y Flanders viajan a la isla con un billete de un trillón de dólares. En ese capítulo le escuchamos decir a Fidel, antes de quedarse con el dinero: “Camarada: nuestra nación está en la ruin ruina, no tenemos más opción que abandonar el comunismo… Pero sabíamos desde el principio que esto no funcionaría”. El Gobierno cubano se enojó con Matt Groening. Pero el Fidel real no tardó en coincidir en 2010 con su figura animada: “entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante era creer que alguien sabía de socialismo o alguien sabía cómo se construye”. El embargo comercial solo había encontrado una utilidad victimizante en La Habana: los Castro responsabilizaron a EE.UU de todo lo que se hacía mal en la isla, aunque fuera una falacia técnica y conceptual. Durante los años de alianza estratégica con Moscú, Cuba utilizaba mayor cantidad de fertilizantes y tractores por hectárea que los farmers norteamericanos. Pero no podía resolver los problemas alimentarios ni la escasez crónica. El bloqueo siempre obturó las discusiones. ¿Qué sucedería el día después? No faltarán los que dirán que las cosas iban mejor con el antagonista.

Rectificación o naufragio

“O rectificamos o nos hundimos”, dijo, años atrás, Raúl Castro. Stalinista convencido por décadas, no le quedó otra opción que la reforma. Pero ésta contiene en su interior el mecanismo que terminará por destruir la obra de su hermano. Iván de la Nuez, uno de los más lúcidos intelectuales cubanos nacidos tras la victoria revolucionaria, advirtió de inmediato lo que subyacía en la encrucijada: “el problema -y después de medio siglo en el poder Raúl Castro tiene que saberlo-, está en la paradoja que encierra su agónico imperativo. Es cierto que si el gobierno no rectifica, se hunde el país. Pero si rectifica en profundidad, se hunde el gobierno”. La caída del precio del petróleo y la crisis que esto provoca en Venezuela y Rusia, dos aliados de La Habana, obligan al castrismo a imaginar con mayor premura horizontes que reemplacen a estos proveedores. De lo que se trata ahora es preservar cierto margen de independencia política en el inexorable camino hacia la integración al mercado mundial.

Parte de la elite norteamericana ha entendido hace mucho que el hundimiento del castrismo, más que una victoria, significaría un problema mayúsculo: dispararía una estampida de cubanos a Estados Unidos. ¿Más latinos, que pronto serán la primera minoría? De ninguna manera. Es esta burocracia militar, en permanente estado de reacomodo, la única capaz de llevar adelante la transición cubana y llegar a un entendimiento con una parte del exilio. El sector más recalcitrante del anticastrismo, como era de esperar, ha reaccionado en contra de cualquier acuerdo. Parte de la izquierda latinoamericana, que todavía tiene una relación sentimental con el castrismo, comparte esa desazón: preferiría una Cuba siempre heroica y no en rumbo inexorable hacia el capitalismo.

Más que buenas palabras para derretir el muro

 Volvamos un momento a la imagen del deshielo. Como parte de la desestalinización, Jrushchov levantó la bandera de la “coexistencia pacífica” entre las dos potencias. En 1959, el año en que Castro entró triunfal en La Habana, Nikita se encontró con el presidente de los Estados Unidos, el general Dwight Eisenhower. A su vez, EE.UU. organizó en Moscú una exposición de maquetas de viviendas “para que el ciudadano soviético pueda comparar ambos los niveles de vida”. Aquella exposición fue inaugurada por Jrushchov y el vicepresidente Richard Nixon. Ese año, el Partido Comunista se propuso “mejorar los niveles de vida para alcanzar y superar a América”. Como se sabe, fracasó estruendosamente. A los asesores de Obama no se les debió haber pasado por alto las enseñanzas del pasado: al castrismo, debieron razonar, no se lo derrota con la CIA sino con la SEARS, la famosa cadena comercial, con la que los espías comparten algo más que una analogía fonética: “Find something great!”, anuncia el buscador de la mega tienda y, quizá, en esa consigna, se encuentre una respuesta a lo que se viene.

Las nuevas medidas que tomó la administración Obama - eliminación de restricciones en lo que respecta a los viajes y gastos en la isla por parte de ciudadanos norteamericanos, así como la ampliación del envío de remesas- prometen tener efectos verdaderamente transformadores en la vida cotidiana y en el imaginario social. En 2013, más de 600.000 cubanoamericanos aterrizaron en el aeropuerto José Martí de La Habana. Esos vuelos se multiplicarán exponencialmente. Y no faltarán pronto los viajes por mar. El incremento del envío de remesas de los 500 a los 2000 dólares trimestrales es otro de los aspectos que tendrá enormes consecuencias: las remesas son, después del turismo, el rubro más importante de la economía isleña. Un reciente estudio de The Havana Consulting Group (THCG) revela que los cubanos recibieron solamente de sus familiares residentes en EE.UU 2.770 millones de dólares durante 2013. El informe detecta que la mayoría de los remitentes son jóvenes y las personas receptoras son adultos que pasan los 50 años. Esta nueva generación es más proclive a los cambios que se han puesto en marcha. Parte de las remesas van a los sectores “cuentapropistas” (trabajadores por cuenta propia, según el neologismo cubano) que en pocos meses podrán exportar a EE.UU: la creación de una burguesía no tardará en llegar.

Es en este contexto que el Banco Central de Cuba ha anunciado la circulación a partir del 1 de febrero de billetes de alta denominación con valor de 200, 500 y mil pesos. Se trata de un paso más hacia la anunciada unificación monetaria, indispensable para los tiempos que se avecinan. En Cuba circulan dos monedas desde 1994, en el momento más álgido de la crisis tras colapsar la URRS, el peso cubano (CUP, 24 por un dólar), con el cual se pagan los salarios y servicios; y el peso convertible (CUC, igual al dólar), que utilizan los turistas o quienes acceden a tiendas especiales donde gastan parte de las remesas. En los últimos meses se ha ido extendiendo el uso del peso cubano en los comercios que operan con pesos convertibles (CUC), ha reconocido la prensa. La existencia de dos monedas provoca trastornos contables y productivos insostenibles de cara a los desafíos de la transición económica.

Los cambios en Cuba no alterarán en esencial la agenda de una variada y a veces irreconciliable izquierda latinoamericana. La isla ha dejado de ser aquél faro que encandiló a todos en los años sesenta y, si bien en algunos sectores prevalece un vínculo emocional con el castrismo, el balance de esa experiencia parece saldado, aunque no siempre se expresen en voz alta los reparos y distanciamientos que aún persisten. En una región que, en los últimos años, ha creado nuevos referentes para la izquierda, la mayor expectativa alrededor de Cuba está relacionada con el destino de la inexorable transición: lo que se espera es que Cuba permanezca anclada en el espacio latinoamericano.

 

Unete a nuestro boletín ¿Qué pasa con la democracia, la participación y derechos humanos en Latinoamérica? Entérate a través de nuestro boletín semanal. Suscríbeme al boletín.

Comentarios

Animamos a todo el mundo a que haga comentarios, Por favor, consulte las intrucciones de openDemocracy para comentarios
Audio available Bookmark Check Language Close Comments Download Facebook Link Email Newsletter Newsletter Play Print Share Twitter Youtube Search Instagram