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Virus: todo lo que es sólido se derrite en el aire

¿Será más fácil determinar la veracidad y la calidad de las instituciones de una sociedad en circunstancias cotidianas normales o en situaciones excepcionales, en tiempos de crisis como éste? English Português

Boaventura de Sousa Santos
19 March 2020
Un campamento temporal de tiendas de campaña cerca del campamento en Moria, Lesbos, Grecia. 28 de febrero de 2020. |
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La pandemia actual no presenta el típico escenario de crisis, en marcado contraste con una situación normal. Desde los años ochenta, cuando el neoliberalismo se estableció como la versión principal del capitalismo, que a su vez se hizo cada vez más dependiente de la lógica del sector financiero, el mundo ha estado viviendo en un estado de crisis permanente.

Se trata de una situación anómala por dos tipos de razones. Por una parte, la noción de crisis permanente es un oxímoron, dado que etimológicamente una crisis es, por definición, algo que tiene tanto una carácter excepcional como temporal, así como una oportunidad para superar un predicamento y pasar a un mejor estado de cosas.

Por otra parte, si una crisis es temporal, debe ser explicada por los factores que la originaron, pero cuando se convierte en algo permanente, se convierte en la causa que explica todo lo demás.

La normalidad de la excepción

Así, por ejemplo, la interminable crisis financiera se utiliza para justificar los recortes en las políticas sociales (salud, educación, bienestar social), o la degradación de los salarios. Con ello, ha logrado evitar las preguntas sobre las verdaderas causas de la crisis. El propósito de la crisis permanente es evitar que se supere. ¿Pero cuál es el propósito de tal propósito?

Es esencialmente doble: legitimar la escandalosa concentración de la riqueza y evitar medidas eficaces destinadas a prevenir una catástrofe ecológica inminente. Así es como hemos vivido estos últimos cuarenta años.

Visto así, la pandemia no es más que el empeoramiento de una situación de crisis que ha venido afligiendo a la población mundial. De ahí su peligrosidad específica. Hace apenas diez o veinte años, los servicios de salud pública de muchos países estaban mejor preparados para luchar contra la pandemia de lo que lo están ahora.

La elasticidad de lo social

En todas las épocas históricas, los modos dominantes de vida (trabajo, consumo, ocio, coexistencia) y de acelerar o retrasar la muerte son relativamente rígidos y parecen derivar de reglas grabadas en la piedra de la naturaleza humana. Estos modos van cambiando poco a poco, por lo que los cambios tienden a pasar desapercibidos.

El brote de una pandemia es incompatible con este tipo de cambio. Requiere cambios dramáticos, que se hacen posibles de un momento a otro, como si esa posibilidad hubiera estado ahí todo el tiempo.

De repente es posible que te quedes en casa y vuelvas a encontrar tiempo para leer un libro o pasar más tiempo con tus hijos, para consumir menos, renunciar a la adicción de pasar el tiempo en los centros comerciales, mirando lo que está en venta y olvidando todas las cosas que deseas pero que no se pueden comprar.

La noción conservadora de que no hay alternativa al modo de vida que nos impone el hipercapitalismo se derrumba

La noción conservadora de que no hay alternativa al modo de vida que nos impone el hipercapitalismo se derrumba. Se hace evidente que la razón por la que no hay alternativas es porque el sistema político democrático se ha formado para abandonar cualquier consideración de alternativas.

Al haber sido expulsadas del sistema político, las alternativas están cada vez más obligadas a entrar en la vida de los ciudadanos por la puerta trasera de las crisis pandémicas, los desastres ambientales y los colapsos financieros. Para decirlo de otra manera, las alternativas están destinadas a volver de la peor manera posible.

La fragilidad de los humanos

La aparente rigidez de las soluciones sociales genera una extraña sensación de seguridad entre las clases que más se benefician de ellas. Siempre queda, por supuesto, alguna medida de inseguridad, pero hay medios y recursos disponibles para paliarla, ya sea en forma de atención sanitaria, pólizas de seguros, servicios prestados por empresas de seguridad privada, psicoterapia o gimnasios. Esta sensación de seguridad se mezcla con sentimientos de arrogancia e incluso de condena hacia todos aquellos que se sienten víctimas de estas mismas soluciones sociales.

El brote viral interrumpe este sentido común y hace que la sensación de seguridad se derrita de la noche a la mañana. Sabemos que la pandemia no es ciega y que tiene sus objetivos preferidos. Con ella, sin embargo, se está creando de alguna manera una conciencia común de comunión planetaria y democrática. Esa es en realidad la raíz etimológica de la palabra "pandemia": todas las personas.

La tragedia es que, en el presente caso, la mejor manera de mostrar solidaridad con los demás es aislarse y abstenerse incluso de tocar a los demás. Es ciertamente una extraña comunión de fortunas. ¿Será posible alguna alternativa?

El fin no justifica los medios

El impacto negativo de la desaceleración económica es bastante obvio, especialmente en lo que respecta al país más grande y dinámico del mundo. Por otro lado, sin embargo, también hay algunas consecuencias positivas.

Tal es el caso, por ejemplo, de la disminución de la contaminación atmosférica. Un experto en calidad del aire de la agencia espacial de los Estados Unidos (NASA) dijo que nunca en el pasado se había observado una caída tan dramática de la contaminación en una zona tan vasta. ¿Significa esto que a principios del siglo XXI la única manera de evitar la catástrofe ecológica que se avecina es destruyendo masivamente la vida humana? ¿Hemos perdido nuestra imaginación cautelosa y la capacidad política para ponerla en práctica?

También sabemos que para controlar eficazmente la pandemia, China ha recurrido a métodos muy estrictos de represión y vigilancia. Cada vez es más evidente que estas medidas han demostrado ser eficaces. Pero independientemente de los demás méritos de China, no se puede decir que sea un país democrático. Es sumamente dudoso que tales medidas puedan aplicarse, o aplicarse con el mismo nivel de eficacia, en un país democrático.

¿Significa eso que la democracia carece de la capacidad política para responder a las emergencias? Por el contrario, según The Economist, que a principios de este año demostró que las epidemias tienden a ser menos letales en los países democráticos, debido al libre flujo de información.

Pero como las democracias son cada vez más vulnerables a las noticias falsas, tendremos que imaginar soluciones democráticas basadas en la democracia participativa practicada a nivel de barrios y comunidades y en la educación cívica orientada hacia la solidaridad y la cooperación, más que hacia el espíritu empresarial y la competitividad a toda costa.

Tendremos que imaginar soluciones democráticas basadas en la democracia participativa practicada a nivel de barrios y comunidades y en la educación cívica orientada hacia la solidaridad y la cooperación, más que hacia el espíritu empresarial y la competitividad a toda costa

La guerra de la que se hace la paz

La forma en que la narración de la pandemia fue enmarcada por primera vez por los medios de comunicación occidentales dejó claro que hubo un intento deliberado de demonizar a China. Se suponía que las malas condiciones higiénicas que se daban en los mercados de animales vivos de China y los extraños hábitos alimenticios del pueblo chino (que implicaban primitivismo) eran la causa de la enfermedad.

Subliminalmente, se advertía así a la gente de todo el mundo del peligro de que China, ahora la segunda economía del mundo, llegara a dominar el mundo. Si China se hubiera mostrado incapaz de prevenir ese daño a la salud mundial y, lo que es más, de abordarlo eficazmente, ¿cómo se podría confiar en la tecnología del futuro propuesta por China?

¿Pero el virus se originó realmente en China? El hecho es que, según la Organización Mundial de la Salud, el origen del virus aún está por determinar. Por lo tanto, es irresponsable que los funcionarios estadounidenses hablen del "virus extranjero" o del "coronavirus chino", aunque sólo sea porque sólo los países con buenos sistemas de salud pública (Estados Unidos no está entre ellos) están en condiciones de proporcionar pruebas gratuitas y determinar con precisión qué tipos de gripe se han producido en los últimos meses.

Lo que sí sabemos con certeza es que, aparte del coronavirus, se está librando una guerra comercial entre China y los EE.UU., una guerra total que, según todos los indicios, debe terminar con un ganador y un perdedor. Desde la perspectiva de los EE.UU., es urgente neutralizar el liderazgo de China en cuatro áreas diferentes: fabricación de teléfonos celulares, telecomunicaciones de quinta generación (inteligencia artificial), coches eléctricos y energía renovable.

Lo que sí sabemos con certeza es que, aparte del coronavirus, se está librando una guerra comercial entre China y los EE.UU., una guerra total que, según todos los indicios, debe terminar con un ganador y un perdedor.

La sociología de las ausencias

Una pandemia de esta magnitud es causa suficiente para una conmoción mundial. Aunque se justifica un mínimo de drama, siempre es bueno prestar atención a las sombras que crea la visibilidad.

Así, por ejemplo, MSF ("Médicos sin Fronteras") está llamando actualmente la atención pública sobre el hecho de que los muchos miles de refugiados e inmigrantes detenidos en los campos de internamiento griegos son extremadamente vulnerables al virus.

En uno de estos campos (Moria) hay un grifo de agua para 1300 personas y falta de jabón. Los internos se ven obligados a vivir hacinados unos sobre otros. Familias de cinco y seis personas duermen en un espacio de menos de tres metros cuadrados. Esto también es Europa, la Europa invisible.

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