
Augusto Roa Bastos. FF MM/Wikimedia Commons. Algunos derechos reservados.
Cien años de Augusto Roa Bastos marcan una parte de lo mejor de nosotros mismos.
Latinoamérica tuvo en Roa Bastos a un escritor independiente empeñado en la causa de los abandonados por la historia en una tierra que pareciera enamorada del infortunio.
Resulta singular la fama de Roa Bastos con las letras porque siempre descreyó de ellas. La razón la impone hasta hoy la condición de los habitantes del país natal: Paraguay es eminentemente oral, en donde la cultura del libro es más débil que en cualquier otro lugar de la región. Se trata de una nación bilingüe. El guaraní se habla preferentemente en el mundo vinculado con la naturaleza, los sentimientos, las emociones y la relación íntima, singularidad que lo hace un instrumento irreemplazable de comunión colectiva.
En la mitología guaraní pervive el elemento creador de la palabra. Es un tema central: el árbol de la palabra, un cedro mítico que le da fuerza al primer padre, que es a la vez el último, último-primero, una suerte de inversión del creador que apoya su cuerpo en la vara insignia, derivada de este árbol de la palabra. De esa naturaleza, de esa cosmovisión desciende Roa Bastos.
Comenzó a escribir realmente en el exilio, a partir de 1947. Antes su labor se redujo al trabajo de periodista, o a actividades culturales dedicadas a gente desvalida, lo que creó en torno a su figura esa aura maléfica con que lo vieron los ojos siempre desconfiados de la dictadura, que pedía su captura vivo o muerto.
Aunque sus libros puedan inducir a otras convicciones siempre tuvo sorda inquina con las letras. Si no hubiera sido por la desgracia del exilio no habría sido escritor. En esta entrevista, realizada a comienzo de los noventa para Radio Nederland, dijo que escribir en español es estar en deuda permanente con la otra lengua, la materna, el guaraní. Prosiguió, entre pícaro y coqueto: "Mi gran pasión fue ser músico, pero descubrí que no estaba dotado para esta actividad, por eso me conforme con la literatura".
El sueño de Roa Bastos fue recurrente, escribir el libro que le hubiese gustado leer. Se le fue la existencia en esa búsqueda incesante.
Era perfeccionista enfermizo. La autocrítica lo llevó a actividades pirómanas, por eso no dudó un momento en quemar alguna novela. Para él se trataba de una disciplina de rigor, un recurso más de estrategia literaria, porque cuando se termina una obra se la tiene tan a la mano, que descansa como en una alacena lista para ser asaltada, hurtada, como hacen los niños con las golosinas que esconden los padres. La tentación segrega mecanismos íntimos que comienzan la labor de zapa, aparentemente para añadir ausencias o reparar errores. Es justo en ese vértice cuando crece la búsqueda infructuosa de la percepción anhelada. La insatisfacción despierta las ganas de deshacerse de algo mal hecho, de esa hija mal parida.
El sueño de Roa Bastos fue recurrente, escribir el libro que le hubiese gustado leer. Se le fue la existencia en esa búsqueda incesante.