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Atenas desde Buenos Aires

Son muchos los que desde Argentina aplauden el coraje de los griegos por haber plantado cara al FMI y a sus amigos, ni que sea para acabar volviendo a la mesa de negociación. English.

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Francesc Badia i Dalmases
9 July 2015
Tomada el 8 de julio de 2015. European Union 2015 - European Parliament. Flickr. Some rights reserved..jpg

Tomada el 8 de julio de 2015. European Union 2015 - European Parliament. Flickr. Some rights reserved.

La coincidencia en la Argentina de elecciones municipales y provinciales / regionales en varios puntos del país, incluyendo la capital, Buenos Aires, con la celebración del #Greferendum en Grecia ha mostrado hasta qué punto los acontecimientos de finales del 2001, que desembocan en el “default” de la deuda extranjera, condicionan aún hoy muy fuertemente el debate político argentino. Y no sólo en el nivel de la retórica. Haberse resistido a las recetas del Consenso de Washington, haber desafiado al FMI y haber buscado una vía económica alternativa constituye una mezcla de fiereza patria, determinación política y capacidad de resistencia, que infunde sentido a la épica nacional de todos estos años.

En un ejercicio clásico, que tiende a repetirse con regularidad en el ámbito político latino, ninguno de los candidatos concedió un asomo de derrota en la noche electoral. Según la interpretación de cada uno, y a la vista los porcentajes obtenidos, todos ganan. Así, los candidatos hicieron un ejercicio de capitalización a su favor de los resultados que encendió debates muy vivos entre los analistas televisivos, independientemente de cuál fuera la tendencia ideológica de la cadena que estuviese emitiendo su programa especial. Pasada la gran decepción de la derrota –esta sí indiscutible- de la selección nacional en la Copa América la noche anterior, había que pasar la veda (esto es, la prohibición que rige en Argentina de vender bebidas alcohólicas desde la víspera de las elecciones hasta horas después de la publicación de los resultados) ejerciendo con efusión el otro deporte nacional favorito: la controversia política.

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, tres candidatos luchaban por la jefatura del gobierno (la alcaldía) y los pronósticos de la gran mayoría de las encuestas, que incorporaban un margen de error de 3 puntos arriba o abajo, acertaron el resultado, cosa que no ocurrió con el referéndum en Grecia, donde nadie anticipó una diferencia de 20 puntos a favor del NO. Ganó el candidato conservador del PRO (Propuesta Republicana), Horacio Rodríguez Larreta, con casi del 47,5%, seguido por un joven progresista de la coalición ECO, Martín Lousteau, con un 22,25% y por el oficialista/kirschnerista Mariano Recalde, con un 18,72%, que había merecido su promoción política y el apoyo del movimiento La Cámpora y de la misma presidenta Cristina Fernández de Kirchner, gracias al crédito acumulado por haber “reflotado” la compañía aérea de bandera nacional, Aerolíneas Argentinas, algunos dicen que a costa de haberse gastado una fortuna cercana a los 2.000 millones de dólares, más de 20.000 millones de pesos argentinos al cambio oficial.

La compañía aérea había sido vendida durante la ola privatizadora de los 90 y sus nuevos propietarios descuidaron la necesaria –y my costosa– actualización tecnológica aeronáutica en busca del beneficio a corto plazo. Esta lógica de desinversión fue llevada hasta tal punto, que acabó provocando una crisis de seguridad aérea que colapsó aeropuertos y radares, que impactó negativamente en el turismo, y que acabó por determinar la re-nacionalización de la compañía en 2008.  Como señala el pofesor Michael Cohen de la New School en su último libro "La economía en tiempos de default" (EUDEBA, 2005), el caso se convirtió en emblemático como demostración de la perversidad del adelgazamiento caprichoso del Estado y la gestión especulativa del mercado, y sirvió para mostrar a los argentinos la determinación del gobierno en su tarea de restablecer el orgullo nacional y la viabilidad de las instituciones patrias. En mitad de una larga campaña electoral, que se lee en términos de primarias de cara a las elecciones presidenciales previstas para octubre, la televisión pública repitió hasta la saciedad, aprovechando la máxima audiencia que garantizaba la retransmisión de los partidos de la Copa América, un spot publicitario alabando el estado actual de Aerolíneas Argentinas, a modo de campaña más o menos encubierta a favor del candidato oficialista Recalde.

El hecho de que Larreta, actual alcalde y siempre favorito, no consiguiera superar el 50% de los votos, tal como algunos venían vaticinando, tuvo al menos dos consecuencias: forzar una segunda vuelta para el próximo 19 de Julio (“balotaje” en la terminología local) y dar argumentos a la oposición para decirle que estuvo por debajo de lo esperado y que, en consecuencia, había salido debilitado. La euforia en el cuartel general del PRO, con unos espectaculares pasos de baile protagonizados por el equipo de Larreta y capitaneados por un entusiasta Claudio Macri, candidato opositor a las elecciones presidenciales de noviembre, denotaban claramente lo contrario. A pesar de lo coreografiado y un tanto impostado de la actuación, sí consiguió transmitir buen humor y éxito a los entusiasmados seguidores, en una mise-en-scène al más puro estilo norteamericano.

En el campo de Lousteau, un joven que, si bien en la campaña aparentó falta de solidez en algunos tramos, parece tener carrera política por delante, había también alegría por dos motivos: haber quedado en una buena segunda posición, y haber superado de manera suficientemente clara al candidato oficialista Recalde, forzando así ser él el candidato que se enfrentará a Larreta en el consiguiente balotaje, obteniendo de esta manera un importante tiempo extra de exposición mediática en las dos semanas que quedan de campaña hasta el día 19. Con su cabellera revuelta y su aire un punto intelectual y muy porteño, Lousteau puede hacer un buen papel en la segunda vuelta.

Pero donde se hizo un ejercicio de triunfalismo más voluntarista fue en el campo de Recalde, candidato del Frente para la Victoria, quien ejecutó sin demasiada convicción la pirueta retórica de afirmar que su resultado confirmaba el pronóstico de una victoria Kirchnerista en las presidenciales, a las que el candidato designado por la presidenta, en medio de una dura polémica entre los peronistas, ha sido Daniel Scioli. Sin embargo, no estaba Scioli en la capital al lado de Recalde, sino que fue mostrado atendiendo a los medios en la provincia norteña de La Rioja, donde el candidato del FPV había obtenido una clara victoria para continuar en el cargo de gobernador. Pero ahí donde Recalde se mostró más sonriente (rodeado de las caras serias de sus colaboradores directos) fue al lado del popular, aunque para muchos demasiado arrogante, joven ministro de economía Daniel Kichilof, estrella ascendente del Kirchnerismo, que se sumaba satisfecho a las celebraciones que tenían lugar simultáneamente en Atenas, con el argumento de que demostraban una vez más la victoria del “pueblo” y la “democracia” frente a las fuerzas neoliberales de los acreedores externos, tal como había sucedido en Argentina años atrás. Reafirmar que la apuesta del presidente Néstor Kirchner en el año 2002 había sido la correcta es importante para la épica Kirschnerista en un momento de dudas internas, y felicitar efusivamente a los griegos por su valentía, determinación, dignidad y orgullo... unos valores que quiere seguir encarnando el proyecto político del Frente para la Victoria.

Las alusiones a Grecia no fueron, en ningún caso, improvisadas, sino que estuvieron muy presentes en el tramo final de la campaña, sobre todo a raíz de la convocatoria en catastrophe del referéndum sobre las durísimas condiciones de los acreedores para renovar el crédito por parte del primer ministro Alexis Tsipras. Efectivamente, buena parte del capital político del Kirschnerismo tiene su origen en la determinación que mostró para contradecir a los campeones del Consenso de Washington, con el FMI a la cabeza. La aplicación de recetas políticas neoconservadoras por parte de los gobiernos argentinos de los años 90 se reveló a la postre desastrosa y obligó a plantear un golpe sobre la mesa de los acreedores, declarando un default sobre la deuda. Una actuación sin precedentes en la escena internacional occidental, y de consecuencias entonces impredecibles. Aún hoy, tras más de 12 años, hay cuestiones no resueltas relativas a los fondos buitre, a la falta de indicadores económicos fiables, y al dólar blue.

Un gran coro de voces escandalizadas se levantó entonces, afirmando que sería inviable una Argentina auto-expulsada de los mercados internacionales de capital, y que muy pronto se demostraría las consecuencias calamitosas de tal decisión. Pero, para asombro de muchos, los años que siguieron demostraron la viabilidad de políticas de reinversión social y fortalecimiento de la economía a través de una intervención decidida del Estado para asegurar la redistribución de la riqueza y la creación de empleo, en un país con recursos suficientes, sobre todo dada su enorme capacidad de producción de soja, aceites y cereales. Un contexto global de incremento de los precios de estos productos en los años 2000, y de la demanda impulsada por el crecimiento continuado de China por encima de los dos dígitos, contribuyó a hacer posible el milagro económico y social de los años de Néstor Kirchner.

La transposición directa del contexto Argentino de hace más de una década a la cuestión de la crisis de la deuda en Europa y las recetas de la austeridad y el reajuste fiscal duro, en un contexto de construcción de un complejísimo proyecto de unificación europeo que tiene que lidiar con serios desequilibrios internos, no es directa y puede albergar tentaciones demagógicas. El trasfondo ideológico, que es en realidad lo que motiva el aplauso a Atenas desde Buenos Aires, está claro, puesto que identifica, de manera algo simplista y sin matices, a la Unión Europea con el neoliberalismo. Obviamente, el proyecto europeo ha ido mucho más allá del simple neoliberalismo de los años 80 y 90, que se dio como receta única tras la euforia del fin de la guerra fría, en el llamado ‘momento unipolar’. Esta versaión dura de la doctrina neoliberal (liberalización, reducción del papel del Estado, recortes, privatizaciones...) hizo estragos en la economía de los países en desarrollo a medida que el desempleo y la deuda aumentaban y que obligó a reaccionar no sólo a Argentina, sino a casi toda América Latina (entre 2002 y 2012, 11 de los 14 países de la región eligieron gobiernos progresistas). La volatilidad de los mercados financieros impactó fuertemente en México en el 1997, al que siguieron los Tigres Asiáticos, Rusia y finalmente Brasil, para acabar golpeando duramente la Argentina.

Pero en Europa fue la Gran Recesión, iniciada en el 2008, la que puso en evidencia las debilidades estructurales y, sobre todo, los problemas de las economías del sur, que se habían encaramado a la ola neoliberal del adelgazamiento del Estado, del crecimiento rápido basado en el endeudamiento excesivo, el dinero barato y, en algunos casos conspicuos como España, a una riesgosa especulación inmobiliaria en ausencia de la más mínima red de seguridad. Hoy Grecia arrastra problemas sistémicos de difícil solución y, aunque tiene razón en plantar cara a lo más duro del ajuste, con una sociedad exhausta y una banca insolvente, no parece que haya alternativa a una importante reestructuración, cuyo coste deberían asumir solidariamente, junto al Banco Central Europeo, los países más expuestos. Pero todo ello seguirá siendo inútil si no se encuentra en la formulación de políticas alternativas una solución para reactivar la economía helena que  vuelva a poner en marcha al motor del crecimiento, hoy gripado.

La Argentina tuvo la suerte de ser periférica y no estar, como lo está Grecia, en el ojo del huracán Europeo, rodeada por actores difíciles como los Balcanes, Rusia, Turquía y un Oriente Medio en convulsión. Argentina tuvo también la ventaja de tener inmensos recursos naturales en un país extensísimo y fértil y en una población muy capaz, aunque endurecida por los golpes de las recurrentes crisis económicas y políticas –incluida una dictadura militar despiadada y sanguinaria (1976-1983) que diezmó, con más de 30.000 muertos y desaparecidos, a un sector vibrante de la población, que encarnaba un inmenso potencial de innovación y generación de ideas y modelos.

Observando el debate político en uno y otro país, se hace evidente la existencia de múltiples paralelismos. La pasión con que discute de política el taxista y el ministro, el conserje y la presidenta, es parecida. Pero existe una diferencia muy sustancial: así como la riqueza en la Argentina está en sí misma y en su capacidad de administrarla eficientemente y de manera sustentable, Grecia carece de recursos naturales que explotar y comercializar en el mercado global de las commodities y tiene poco margen de maniobra macroeconómico, ya sea dentro o fuera de la UE. El país va a necesitar de la solidaridad europea para salir del oscuro período en el que, entre todos, la hemos metido. Además de exigir flexibilidad, tiene que seducir a sus socios europeos que acusan a Szyriza no sólo de izquierdismo, sino de poca seriedad e improvisación en sus propuestas.

La Argentina, en el Sur del Sur, con inmensas praderas, agua abundante en cordilleras y glaciares, y considerables reservas energéticas en el subsuelo, puede adaptarse a las cirscunstancias de la economía global por poco que consolide políticas inteligentes y sustentables en una región cargada de futuro. Grecia, engranaje ancestral del Mediterráneo oriental, cuna de la razón y de la idea de democracia, es tierra árida y montañosa, fragmentada en islas que ofrecen turismo y poco más, con una oligarquía naviera y un clero ultraconservador poco dados a pagar sus impuestos, requiere readaptarse a su entorno europeo porque, fuera de él, sólo le queda un dinero ruso inyectado a través de un gasoducto futuro, o bien el dinero fácil de la logística china, cuyo impacto a medio plazo es difícil de evaluar. Mejor se queda cerca de sus mitos fundacionales, que son también los de la vieja Europa.

Al fin y al cabo, a la nueva izquierda le entusiasman las ágoras de la participación política y ojalá que esté aprendiendo a convertir este entusiasmo en políticas públicas de regeneración, institucionalización y cambio viables. Sin recursos propios ni posición periférica, difícilmente Atenas pueda emular, más allá de una retórica algo demogógica, lo que exitiosamente hiciera la Argentina más de diez años atrás, por más que esta nación austral necesite, ante los signos de agotamiento del Kirchnerismo, volver ahora a reinventarse.

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