Cada día me despierto incrédula, a corroborar si todo esto está ocurriendo. El mundo está de cabeza. Las formas de organización económica y social que marcaron las últimas décadas parecen haber sido canceladas en pocas semanas; los dogmas que hegemonizaron los discursos, ampliamente refutados. Nadie afirma más que la salvación está en los mercados. Al contrario: Hasta el equipo editorial del Financial Times, órgano de los mercados financieros, llama a fortalecer los servicios públicos, a combatir la desigualdad con redistribución, a cobrar impuestos sobre la riqueza e introducir una renta básica universal.
El COVID-19, engendro zoonótico de la penetración agresiva de la selva promovida por la agricultura industrial y el extractivismo, ha parado la globalización neoliberal en buena medida. Grandes sectores de la economía capitalista se encuentran fuera de uso o parados, - los hoteles, los aviones, los cines y casinos, la producción automotriz. Quedó al descubierto la extrema fragilidad de las sofisticadas cadenas globales de producción, que optimizaban costos sacrificando derechos laborales y de la naturaleza.
La economía ecuatoriana, una economía basada en la exportación de grandes cantidades de materia prima, el llamado extractivismo, entró en caída libre: Precios hasta negativos para el petróleo; los sectores florícola, bananero, cacaotero sin demanda en los mercados internacionales. En tiempos de COVID-19, hasta la relación histórica de saqueo entre las periferias y los centros del sistema-mundo parecería estar suspendida.