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La necesaria audacia en tiempos de coronavirus

Una visión ecuatoriana sobre el capitalismo, el coronavirus y los caminos para evitar el colapso.

Miriam Lang
7 August 2020
Un equipo de médicos de la prefectura de Pichincha, Ecuador, realiza pruebas rápidas para identificar la presencia de SARS-COV2 el 5 de mayo de 2020.. |
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Rafael Rodríguez / NurPhoto / PA Images

Cada día me despierto incrédula, a corroborar si todo esto está ocurriendo. El mundo está de cabeza. Las formas de organización económica y social que marcaron las últimas décadas parecen haber sido canceladas en pocas semanas; los dogmas que hegemonizaron los discursos, ampliamente refutados. Nadie afirma más que la salvación está en los mercados. Al contrario: Hasta el equipo editorial del Financial Times, órgano de los mercados financieros, llama a fortalecer los servicios públicos, a combatir la desigualdad con redistribución, a cobrar impuestos sobre la riqueza e introducir una renta básica universal.

El COVID-19, engendro zoonótico de la penetración agresiva de la selva promovida por la agricultura industrial y el extractivismo, ha parado la globalización neoliberal en buena medida. Grandes sectores de la economía capitalista se encuentran fuera de uso o parados, - los hoteles, los aviones, los cines y casinos, la producción automotriz. Quedó al descubierto la extrema fragilidad de las sofisticadas cadenas globales de producción, que optimizaban costos sacrificando derechos laborales y de la naturaleza.

La economía ecuatoriana, una economía basada en la exportación de grandes cantidades de materia prima, el llamado extractivismo, entró en caída libre: Precios hasta negativos para el petróleo; los sectores florícola, bananero, cacaotero sin demanda en los mercados internacionales. En tiempos de COVID-19, hasta la relación histórica de saqueo entre las periferias y los centros del sistema-mundo parecería estar suspendida.

Colonialidad persistente

No obstante, la colonialidad que estructura este sistema-mundo persiste en la enorme asimetría de los márgenes de maniobra que tienen los países para enfrentar la crisis, según su posición geopolítica y geoeconómica; en la liquidez de los Estados para armar paquetes de rescate a sus economías, en las capacidades de producción de insumos médicos, en el acceso a tecnología. Mientras la Federal Reserve de Estados Unidos simplemente imprime trillones de dólares, y el gobierno alemán desembolsa un primer paquete de 500 mil millones de dólares para compensar las pérdidas de las empresas, incluidas las pequeñas y medianas y los trabajadores por cuenta propia, un país como Ecuador carga con el peso de una deuda de más de 50% de su PIB. Pero hay quienes están aún peor. En Nigeria, por ejemplo, ni existe un registro civil que permita contabilizar el impacto del virus. En los suburbios de Lagos, gran metrópoli petrolera y financiera del Oeste africano, la gente tiene en promedio un metro cuadrado de vivienda a su disposición.

Los efectos – directos e indirectos - del COVID-19 tienen un fuerte sesgo de clase, de raza, de género, además del geopolítico.

En muchos lugares del Norte global, la ilusión de siempre estar del lado agradable de los acontecimientos que ocurren en el mundo, y de tener derecho a ello de algún modo, se está derrumbando. Hasta Nueva York, una de las ciudades más ricas del mundo, se ha convertido en ojo del huracán.

No obstante, no es cierto. No estamos todos en esto por igual. No somos todos iguales ante el virus. La incidencia de mortalidad del virus o de sus efectos colaterales son proporcionales a las desigualdades que las sociedades humanas hemos dejado crecer en el pasado. Los efectos – directos e indirectos - del COVID-19 tienen un fuerte sesgo de clase, de raza, de género, además del geopolítico. Hasta enfermarse en un país como Alemania sigue siendo un privilegio. También en el drama de la pandemia, unas vidas valen más que otras; Europa se estremeció por la selección que se hizo en los hospitales italianos, quién sería salvado, a quién se dejaría morir. Pero en el mundo que hemos construido, la edad es solo uno entre muchos factores que llevan a que ciertas vidas humanas se consideren sacrificables.

Un simulacro de control

El momento que vivimos está marcado por una incertidumbre y un dinamismo extremos. El intento de analizarlo, de fijar en palabras algunos de sus aprendizajes, corre inevitablemente el riesgo de que lo que parezca importante hoy, ya habrá sido desplazado en poco tiempo.

Las cifras que se nos brindan a diario son apenas un simulacro de información, generan la ilusión de que algo está bajo control, tanto a escala global como nacional: los mapamundi de contagios, los diagramas comparativos de curvas de contagio, necesariamente equiparan maneras muy distintas de medir y contar que rigen en los diferentes países – según las decisiones políticas, pero también según las posibilidades financieras y tecnológicas. En algunos países se hacen muchísimas pruebas, llegando a una aproximación más real a lo que sucede, mientras en otros, las pruebas casi no existen y sólo se contabilizan las personas con síntomas fuertes, pasando desapercibida la gran mayoría de los contagios, que no presentan síntomas o solo presentan síntomas leves.

Sin embargo, a falta de otras, estas representaciones altamente distorsionadas son las que informan las decisiones políticas. Decisiones tomadas con un alto grado de experimentalidad, a veces con resultados catastróficos, como en los casos de Nueva York o Guayaquil. En países como el Ecuador, el manejo accidentado y hasta la manipulación de las cifras son muy evidentes, llevando a contradicciones grotescas entre las cifras de defunciones totales extraordinarias en Guayas y las cifras de víctimas declaradas de COVID, por ejemplo. Otros disimulan mejor el enorme desafío que este virus invisible, que se propaga clandestinamente, plantea incluso a nuestras formas de conocer más habituales. En palabras de Rita Segato: “El virus da fe de la vitalidad y constante transformación de la vida, su carácter irrefrenable. Demuestra la vitalidad de la naturaleza, con nosotros adentro de ella,” desafiando el proyecto histórico eurocéntrico de dominar, cosificar y controlar la vida.[i] Nada está bajo control. Por otro lado, precisamente por esto, parece necesario en la situación actual colaborar a nivel global en la búsqueda de curas o vacunas, compartir lo que se aprende, hacer accesibles públicamente las investigaciones que se están llevando a cabo, como lo hace China.

No hay vuelta atrás

Mientras muchos actúan como si esta crisis fuera pasajera, de algunas semanas o meses, y pretenden prepararse para la post-pandemia, no hay ninguna certeza de que tal época existirá. La OMS advierte que no se sabe aún si haber pasado por el contagio con coronavirus garantiza realmente la inmunidad.

Los que pretenden un pronto ‘retorno a la normalidad’ pasan por alto que el mundo en el que vivimos hoy ya no es el mismo de inicios de año. Que no hay vuelta atrás.

Otros advierten que mientras no se cierren los mercados de animales silvestres en China y no se deje de avanzar sobre sus hábitats, otros virus igualmente o más peligrosos seguirán inevitablemente al COVID-19, de la misma manera que el SARS, el MERS, el Ébola o el SIDA le precedieron.

Los que pretenden un pronto ‘retorno a la normalidad’ pasan por alto que el mundo en el que vivimos hoy ya no es el mismo de inicios de año. Que no hay vuelta atrás. Y que todo indica que fue precisamente lo que considerábamos normal lo que causó esta crisis sistémica multidimensional. Una civilización que estableció como sus principios rectores el individualismo competitivo, la apropiación, la explotación, la dominación y el control. Que despreció los pueblos preocupados por la reciprocidad, la colaboración, la redistribución y la interdependencia como primitivos, atrasados, subdesarrollados. Que acató el ‘derecho a la propiedad privada’ por encima de todos los demás derechos. Que permitió que estos principios rectores también dieran forma a su manera de relacionarse con la naturaleza, concebida como un infinito almacén de ‘recursos’, en lugar de reconocerla como un sistema vital complejo del que somos parte.

Las élites que este modelo ha engendrado tienen serias dificultades en interpretar el momento. Sus propuestas pertenecen, ya sin disimulo alguno, al ámbito de la necropolítica. Presionan con impaciencia para reanudar los negocios, aunque sea sacrificando la población vulnerable, como en Estados Unidos; en Ecuador, la única respuesta que encuentran al desplome del modelo extractivista es más de lo mismo: la intensificación y expansión de la extracción, devastando aún más los territorios que sostienen la vida brindando alimento, agua y biodiversidad, y contraer más deuda. Siguen atrapados en la cantaleta neoliberal del “no hay alternativa”, lo que reduce su imaginación a los tres dogmas de la economía neoclásica que el coronavirus ha desactivado: hay que generar crecimiento económico, hay que exportar, hay que atraer inversión extranjera. Insisten en confundir el bienestar de ‘la economía’ (capitalista), que se expresa en cifras macroeconómicas abstractas y simplificantes, con el bienestar de las personas y comunidades.

El devenir de la pobreza

Estamos, así dicen los economistas, ante una recesión económica de dimensiones históricas, más grande que la de 1929. Mientras millones de personas están perdiendo sus empleos formales, el 60% de la población económicamente activa que, según la OIT trabaja en la economía informal, sin derechos ni garantías, está expuesta al virus y al hambre al mismo tiempo. En América Latina, a su vez, 60% de este grupo son mujeres.

Desde la declaración de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) en el 2000, las instituciones globales se empeñaron en construir una narrativa de disminución de la pobreza global, en el afán de seguir abonando la ilusión de que el modelo de crecimiento económico infinito lleva al bienestar de todos y todas, en una historia de progreso lineal. Simultáneamente, no solamente se acentuaba la desigualdad en el mundo de manera escandalosa, mediante todo tipo de procesos de expropiación que producen constantemente pobreza. Sino que también se desplegaba el desastre ambiental causado por el sobreuso y la devastación de los ecosistemas.

Multi-mil-millonarios como Bill Gates refuerzan gustosos esta narrativa que legitima la concentración de la riqueza en sus manos, divulgando gráficos en sus redes de cómo el capitalismo, desde 1820, ha contribuido continuamente a reducir la pobreza mundial. Gráficos que, según voces críticas como la de Jason Hickel de la London School of Economics, además de no contar con un sustento de datos serio, narran más bien la historia de cómo gran parte de la población mundial, que hasta la segunda postguerra vivía fundamentalmente de la tierra, de la autoproducción y de la reciprocidad con su entorno, ha sido expropiada forzosamente de sus medios de vida para incorporarse a los mercados capitalistas.[i] Claro, si la pobreza se mide solo en dinero, y no en tierra fértil, bosques, biodiversidad, se impone una lectura de bienestar que conviene a los grandes capitalistas.

Hickel demuestra también cómo desde los ODM, las metodologías de Naciones Unidas para representar la pobreza mundial estadísticamente fueron ajustadas varias veces hasta arrojar el resultado deseado.[ii] La gran ilusión del desarrollo y de la constante mejora del estado del mundo, que de alguna manera constituye la razón de ser del Sistema de Naciones Unidas, no podía ser defraudada.

Ahora, los pronósticos son a la inversa. Según Oxfam, si no se toman medidas drásticas, tras la pandemia más de la mitad de la población mundial podría vivir en condiciones de pobreza monetaria.[iii] Según estimaciones de la CEPAL, tan solo en América Latina y el Caribe serían 30 millones de personas más que vivirían sin un ingreso mínimo. Ahora sí, ya sin tener parcela, huerta, chacra o bosque de donde sostenerse. Pobres, efectivamente. El capitalismo vuelve a escupir de golpe a todas estas poblaciones que se empeñó en ingerir a lo largo de décadas. La gente que ‘incluyó’ a los mercados, que sacó de sus economías campesinas y de subsistencia para transformarles en consumidores urbanos, en dependientes del ingreso en dinero, capaces de endeudarse y de ser exprimidos para el beneficio de otros, aunque sea un poco.

Para paliar las consecuencias que podría acarrear semejante ola de pobreza, más y más voces, incluyendo al presidente francés Emmanuel Macron o la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), hablan de la necesidad de una gran redistribución de Norte a Sur, de condonar la deuda, de un nuevo Plan Marshall como aquel que permitió reconstruir a Europa después de la segunda guerra mundial. En palabras de Richard Kozul-Wright, Director de Estrategias de Globalización y Desarrollo del UNCTAD, “las economías avanzadas han prometido hacer ‘lo que sea necesario’ para evitar que sus empresas y hogares sufran una gran pérdida de ingresos. Pero si los líderes del G20 deben cumplir con su compromiso de ‘una respuesta global en el espíritu de solidaridad’, debe haber una acción proporcional para los 6 mil millones de personas que viven fuera de las economías centrales del G20.”

Ojalá estas propuestas se impongan, ojalá se consiga al menos una tajada de reparación histórica por el colonialismo y el ininterrumpido drenaje de recursos de Sur a Norte. Sin embargo, es necesario tener presente que esta deuda histórica de los centros con las periferias, de las élites mundiales con los pueblos, tiene muchas más dimensiones que el dinero: Hoy más que nunca, la redistribución requerida incluye una redistribución de la tierra, del agua, del acceso a las semillas, de los medios materiales para la reproducción de la vida.

"Si los líderes del G20 deben cumplir con su compromiso de ‘una respuesta global en el espíritu de solidaridad’, debe haber una acción proporcional para los 6 mil millones de personas que viven fuera de las economías centrales del G20.”

Mucho se habla de la relocalización de las cadenas de producción alimenticia. La soberanía alimentaria se convierte, en tiempos de COVID-19, en un asunto de sentido común y para muchos de sobrevivencia. Los imaginarios se invierten. Las grandes ciudades ya no son este lugar del éxito, del brillo, del consumo desenfrenado en rimbombantes centros comerciales. Más bien, se han convertido en trampas, en lugares donde el hacinamiento se vuelve mortal. Ahora son los campesinos y las comunidades indígenas que llegan con caravanas de camiones con papas, habas, plátano y arroz a ciudades como Riobamba o Guayaquil, para ayudar a sus hermanos citadinos. El campo se ha tornado un lugar de refugio, al que regresan los que pueden, huyendo de esta trampa de confinamiento o contagio en la que se han convertido las grandes urbes. Se reactiva la autoproducción, las huertas familiares, el trueque entre vecinos y comuneros. Pero para que pueda prosperar la soberanía alimentaria, es fundamental reestructurar la propiedad de la tierra y reconstruir las soberanías territoriales, incluyendo, como se ha hecho en varios lugares de Europa desde hace algunos años exitosamente, la introducción de monedas locales para estimular los circuitos de producción y consumo de cercanía.

Las crisis, nos recuerda Maristella Svampa, generan movimientos de liberación cognitiva, es decir que vuelven “viable y posible aquello que hasta hace poco era inimaginable”. Se abrió la posibilidad de pensar más allá de la doctrina neoliberal. En Europa, parlamentos aprueban medidas que antes eran satanizadas como ‘socialistas’. Expertos en finanzas y gobiernos conservadores abogan por la nacionalización de empresas estratégicas, con el fin de protegerlas de adquisiciones hostiles. Ministros de finanzas simplemente anulan la doctrina de austeridad. El Fondo Monetario Internacional llama a los gobiernos a introducir impuestos sobre el patrimonio. Todo, absolutamente todo parece posible. Desde el escenario más espeluznante al más esperanzador. Y como siempre, el resultado dependerá de todos nosotros.

De que no esperemos a que se ‘normalice’ la vida para para reconstruir nuestras formas de participación, para intervenir en los cambios que ya están ocurriendo, en presente. De que innovemos nuestras formas de construir voluntad colectiva, debate público y presión política, aunque estemos sometidos al distanciamiento social y la hiper-virtualización. De que no permitamos que la crisis sea un nuevo escenario para la doctrina del shock, que se exacerben los nacionalismos, que se hagan experimentos médicos para curas o vacunas con humanos en África o Haití, o que se reduzcan regulaciones ambientales necesarias para garantizar un futuro. De que no dejemos la cancha de la solidaridad a las grandes cadenas de supermercados, que buscan monopolizar hasta los paquetes de alimentos para los más vulnerables. De que no permitamos que medidas como una renta básica universal, tan necesaria en un mundo que se aferra a vincular el seguro social al empleo formal, mientras éste se contrae desde hace décadas, se discuta solamente en los países del Norte. Esta vez, la justicia social y la justicia ambiental deben ser para todos y todas.

Los patrones de producción y consumo, los imaginarios de deseo y las rutinas compartidas que están a la raíz de esta hecatombe, desde su surgimiento, nunca fueron tan profundamente sacudidos como hoy.

La crisis del coronavirus deja al desnudo las graves debilidades y perversidades del statu quo ante. Invita al cambio de paradigma, a la transformación sistémica. Coloca lo público y lo común por encima de lo privado lucrativo. Sitúa, al fin, las actividades de cuidado en el lugar de donde nunca debieran haber sido desplazadas: al centro de la vida social y económica. ¿Cómo logramos hacer perdurar estas prioridades?

¿Cómo logramos expandir el nuevo sentido común, de que hay que cambiar profundamente nuestros hábitos para prevenir el COVID-19, hacia la prevención de las otras ‘pandemias’ que amenazan la vida por igual? ¿Pandemias que no hemos podido enfrentar en décadas por falta de ‘voluntad política’, o por inercia social? Actualmente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cambio climático ocasiona 150.000 muertes anualmente.[iii] A partir de 2030, se calcula que aproximadamente 250.000 personas morirán en el mundo anualmente a raíz del calentamiento global.[iv] Al mismo tiempo, según la misma OMS, cada año mueren en promedio 1 millón y 350.000 personas en accidentes de tránsito causados por el irracional modelo de movilidad basado en automóviles individuales, que a su vez contribuye fuertemente al cambio climático.

Los patrones de producción y consumo, los imaginarios de deseo y las rutinas compartidas que están a la raíz de esta hecatombe, desde su surgimiento, nunca fueron tan profundamente sacudidos como hoy. Es hora de emprender cambios audaces, colectivamente, en medio del dolor y del miedo.

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Este artículo fue publicado originalmente en Andina, Número 2, Julio 2020, Universidad Andina Simón Bolívar

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