democraciaAbierta: Opinion

El auge del pesimismo climático

Por qué angustiarse y deprimirse por el cambio climático no solucionará nada

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Imre Badia Laczko
26 diciembre 2022, 11.30am

Una adolescente con ansiedad climática, imagen conceptual

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Science Photo Library / Alamy Stock Photo

Hace unos años, en una marcha por el clima en Barcelona, el ambiente era optimista. Jóvenes de todas las edades, muchos con pancartas y evidentemente enfadados, recorrían las calles, decididos a hacer oír su voz.

Era un frío viernes de principios de febrero de 2019 y, a pesar del fuerte viento, los estudiantes parecían confiados. No fue una protesta multitudinaria en extensión, pero el mensaje era alto y claro: el tiempo corre. La multitud, unos seis o siete mil manifestantes, avanzaba lentamente. Había salido el sol, pero mi cara estaba a la sombra de una pancarta.

A mi derecha, dos niños pequeños con guantes se daban la mano. Cada dos por tres, estallaba al unísono: "¡No existe el planeta B! Nuestra casa está ardiendo!", antes de que la brisa restableciera el silencio.

La escena que describo pertenece a una época en la que el activismo climático mantenía la esperanza en el futuro. Pero la pandemia, y cuatro meses de encierros radicales, alteraron profundamente el espíritu del movimiento. Y, sin embargo, quienes pierden la esperanza tienen motivos para hacerlo.

Los gobiernos siguen sin tomar las medidas necesarias para detener esta catástrofe que se está desencadenando ante nuestros ojos, la sociedad civil está en gran medida anestesiada en este asunto, y los que protestan tienen un enfoque cada vez más estrecho y pesimista.

Pero el pesimismo no debe convertirse en la visión que impregne el movimiento. A estas alturas sólo podemos limitar el impacto de un clima cambiante, ya que hemos perdido la oportunidad de atajar el asunto de raíz. Difundir el miedo y el pánico, que parece ser la dirección que ha tomado un sector dentro del activismo climático, puede ser perjudicial para el objetivo común.

La acción radical es tentadora pero, en última instancia, ineficaz. Detener un tren para hacer que miles de viajeros lleguen tarde al trabajo sólo aumenta la aversión del público hacia la causa. Manchar con sopa de tomate un Van Gogh o pegarse a un Vermeer tampoco funcionará.

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En lugar de eso, debemos luchar contra el calentamiento global con una mezcla de instrumentos de política medioambiental basados en el mercado y acciones personales cotidianas. El Protocolo de Montreal, el tratado medioambiental más exitoso de la historia, fue firmado por Ronald Reagan en 1987. El acuerdo se firmó para proteger la capa de ozono estratosférico, y las pruebas demuestran que el agujero de la Antártida se está recuperando lentamente. Pero eso fue cuando la conservación del planeta aún estaba en el centro de la ideología conservadora. Pero a lo largo de las últimas décadas el conservadurismo, influido por el negacionismo climático, se ha desviado y su paradero exacto sigue sin estar claro.

En la actualidad, el acuerdo de París es insuficiente. Necesitamos un nuevo acuerdo global que comprometa al mundo con un futuro de bajas emisiones de carbono al tiempo que se invierte en innovación, se impulsa la alta tecnología y se utiliza el análisis coste-beneficio para eliminar progresivamente las sustancias químicas que agotan la capa de ozono. Llegar a un acuerdo así será laborioso, pero la gente responde a los incentivos. El declive climático ya está afectando negativamente a la economía, por lo que abordarlo desde un punto de vista basado en el mercado podría ser el enfoque adecuado.

Personalmente, creo que la Unión Europea está dando pasos adecuados; iniciativas como el Pacto Verde Europeo o la homogeneización de los cargadores USB son un buen ejemplo de política eficaz. Sin embargo, estas herramientas políticas carecen de sentido si naciones como China e India no actúan (China ha producido más emisiones en la última década que Gran Bretaña desde la Revolución Industrial). Esto debería cuestionarse. Por más culpa que los países desarrollados tengan históricamente en las emisiones de efecto invernadero, la prosperidad económica China no debe producirse a costa de un planeta moribundo. Para tener éxito, esta batalla debe ser un esfuerzo colectivo.

La salud mental de los jóvenes debe protegerse de más factores externos de estrés, como el pesimismo climático, que podría precipitar su malestar psicológico

El cambio climático preocupa mucho a los miembros de mi generación post-milenial. De hecho, hasta noviembre el verano en Barcelona parecía haberse hecho permanente. Por preocupante que sea la crisis ambiental, la salud mental de los jóvenes debe protegerse de más factores externos de estrés, como el pesimismo climático, que podría precipitar su malestar psicológico.

Alimentar la ansiedad climática es una táctica creciente entre algunos sectores de izquierda, y es peligrosa. La pandemia ya hizo mella en la psique colectiva con cierres masivos y una cultura del pánico. Los medios de comunicación de masas, edificando sus sólidos índices de audiencia sobre el miedo, tampoco ayudaron. Además, las mascarillas y la regla del metro y medio son deshumanizantes por naturaleza. Un rostro enmascarado oculta toda expresión, lo que conduce a una frialdad inevitable. Su efecto sobre la epidemia fue incuestionable, pero ¿qué pasa con la salud mental? ¿Qué es una sociedad basada en la distancia?

"Que el cierre haya terminado no significa que estemos bien", afirma Ian Gotlib, profesor de psicología de la Universidad de Stanford y autor principal de "Efectos de la pandemia de COVID-19 sobre la salud mental y la maduración cerebral en adolescentes". El estudio ha descubierto que "la pandemia de Covid parece haber provocado una peor salud mental y un envejecimiento cerebral acelerado en los adolescentes, (...) lo que probablemente haya provocado alteraciones en su neurodesarrollo".

Investigaciones anteriores encontraron resultados similares. Un estudio dirigido por la Dra. Nicole Racine, psicóloga clínica de la Universidad de Ottawa, reveló que "1 de cada 4 jóvenes a nivel mundial" experimenta síntomas de depresión clínicamente elevados. La cifra es de 1 de cada 5 en el caso de la ansiedad. Estas cifras duplican las estimaciones previas a la pandemia.

Mientras tanto, la epidemia de soledad es otra crisis silenciada que la sociedad mete debajo de la alfombra. Nathan DeWall, profesor de psicología de la Universidad de Kentucky, encontró que la soledad y las interacciones superficiales distorsionan nuestro sentido de la realidad, provocando miedo y agresividad.

En un brillante episodio del South Bank Show, Francis Bacon, el gran pintor británico, le dice al entrevistador Melvyn Bragg: "Soy profundamente optimista respecto a nada. Existir hoy me hace ser optimista". "¿Optimista sobre qué?" pregunta Bragg. "Sobre nada", responde Bacon. "Soy optimista sobre nada". Ponernos ansiosos y deprimidos por el cambio climático no resolverá nada.

En su lugar, debemos adoptar la visión de vida de Bacon y seguir viviendo, de forma sostenible si es posible, conscientes e informados en todo momento, con el optimismo de que si actuamos ahora con determinación, esta ruina se revertirá.

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