Hace unos años, en una marcha por el clima en Barcelona, el ambiente era optimista. Jóvenes de todas las edades, muchos con pancartas y evidentemente enfadados, recorrían las calles, decididos a hacer oír su voz.
Era un frío viernes de principios de febrero de 2019 y, a pesar del fuerte viento, los estudiantes parecían confiados. No fue una protesta multitudinaria en extensión, pero el mensaje era alto y claro: el tiempo corre. La multitud, unos seis o siete mil manifestantes, avanzaba lentamente. Había salido el sol, pero mi cara estaba a la sombra de una pancarta.
A mi derecha, dos niños pequeños con guantes se daban la mano. Cada dos por tres, estallaba al unísono: "¡No existe el planeta B! Nuestra casa está ardiendo!", antes de que la brisa restableciera el silencio.