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Aunque Argentina se escore a la derecha, las mejoras del progresismo se mantendrán

Macri ha heredado del Kirchnerismo una camisa de fuerza ideológica y una presión social que le mantendrá atado frente a tentaciones neoliberales, que se demostraron nocivas en el pasado. English.

Daniel Ozarow
30 December 2015
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Miles de argentinos celebran la privatización de la petrolera YPF. Mayo 2013. Niels Wensted/Demotix. All rights reserved.

La llegada a la presidencia Argentina  del conservador Mauricio Macri señala el fin de doce años de gobiernos peronistas de centro-izquierda. Entre los logros clave de los gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner (2008-2015) y de su marido Néstor (2003-2007) fue la coordinación de una notable recuperación económica a partir del default de la deuda en 2001, sacando a millones de ciudadanos de la pobreza y reduciendo la desigualdad de manera significativa.

Un eje central de este éxito económico hasta el 2012 ha sido el haber sabido conjuntar superávits fiscales y comerciales a través de una combinación de políticas redistributivas e inversión pública, lo que estimuló la demanda interna, y gravó las exportaciones de las compañías multinacionales para poder así financiar la expansión de programas sociales para los más pobres. La economía se benefició de las condiciones favorables de la economía global, incluyendo los altos precios de las materias primas y una fuerte demanda China de soja, que disparó las exportaciones argentinas.

Si bien una victoria de Macri parecía muy improbable hace sólo unos meses, la derrota del candidato presidencial preferido, Daniel Scioli, por sólo 51% contra 49% de los votos, fue posible porque Macri construyó cuidadosamente una coalición de partidos opositores para conformar Cambiemos. La colación incluyó a su propio partido, Propuesta Republicana (PRO), junto a los restos de la casi difunta Unión Cívica Radical. Incorporar a esta debilitada pero, históricamente, segunda gran fuerza en la política argentina hizo posible que Macri accediera a estructuras organizativas nacionales, lo que llevó a la clase alta argentina a controlar su propio partido que, por primera vez desde 1916,  fue capaz de ganar unas elecciones sin la necesidad de alianzas con otros sectores sociales. Esto significa un duro golpe para la Izquierda, especialmente en lo que respecta a la manera en que Cambiemos ha capturado votos de sectores significativos de la clase trabajadora.

Junto al apoyo mediático del grupo Clarín, que ha sido ferozmente crítico con el gobierno Kirchner, Macri supo también explotar las preocupaciones genuinas existentes sobre la altísima inflación, el crimen y la corrupción gubernamental, y ganarse el apoyo de muchos entre la clase media, prometiendo “cambio” y permaneciendo deliberadamente vago a la hora de concretar su “revolución de la alegría” durante toda la campaña electoral.

El resultado es también indicativo de una sociedad profundamente polarizada, en la que las fallas sociales históricas se han reavivado, y donde dos visiones bien distintas para el proyecto nacional dividen el país en mitades. Macri, un empresario millonario y antiguo gobernador de la Ciudad de Buenos Aires, se ha declarado favorable a retornar una economía orientada hacia el mercado, estableciendo relaciones de mayor proximidad con los Estados Unidos y Europa, una política fiscal y monetaria más estricta, y eliminando las subvenciones públicas a productos de consumo, rindiéndose en toda regla a las exigencias de los fondos buitre Americanos, que han tenido secuestrada a la economía Argentina. Macri también se opone a las “comisiones paritarias” de negociación periódica de aumentos salariales junto a los sindicatos.

¿El principio del fin de la “marea rosa” Latinoamericana?

Pero con América Latina siendo muy aplaudida como el faro global de las políticas progresistas durante la última década, la sonada derrota, simultánea a la del Kirchnerismo, del Partido Socialista Unido de Venezuela del presidente Maduro en las legislativas del mes pasado, deja en el aire la cuestión de si estaremos asistiendo al principio del final  de los espectaculares cambios sociales que se vieron en la región entera. Por ahora, parece demasiado temprano para afirmarlo, cuando menos en el caso Argentino. Y ello por tres razones principales.

En primer lugar, la plétora de políticas progresistas, junto a los millones de indigentes y de excluidos sociales que ahora reciben cobertura de bienestar y el poderoso discurso de Derecho Humanos introducido bajo los Kirchner (por el que los líderes militares de la Junta del 1976-1983 han sido finalmente llamados a juicio) se han institucionalizado y naturalizado en las mentes de los ciudadanos  Argentinos, unas mentes que harán virtualmente imposible una vuelta atrás. De hecho, el mismo Macri se ha visto obligado a mantener la Asignación Universal por Hijo (AHU) que implantó Kirchner, e incluso a mantener una versión rebajada de su programa de “precios cuidados” según el cual el gobierno asegura una oferta asequible de alimentos básicos en los supermercados. A pesar de sus vínculos familiares con la dictadura, Macri cometería suicidio político si se atreviese algún día a perdonar a los líderes militares. Estas han sido las herencias recibidas de los Kirchner.  

En segundo lugar, la coalición electoral Cambiemos es minoritaria en ambas cámaras. Esto hace que aprobar políticas sea muy difícil sin acuerdos con la oposición Peronista y ello actuará de camisa de fuerza para evitar que Macri lleve a cabo los aspectos más polémicos de su programa. Los Jefes de Estado argentinos son conocidos por echar mano de sus híper-poderes presidenciales, pero esto los hace siempre profundamente impopulares entre el electorado, más allá de que sean poderes constitucionalmente dudosos.

En tercer lugar, este instinto neoliberal se verá atemperado por el hecho de que el electorado sospecha totalmente de los custodios del mercado. Incapaz de olvidarse del profundo daño económico y social que produjo al país en Menemismo (entonces alumno aventajado de la reformas estructurales del FMI versión años 90), la sociedad no le ha dado al nuevo presidente un cheque en blanco sino que, dado su actual estado altamente politizado, saldrá a la calle para expresar su oposición si Macri va demasiado lejos.  

Además, mientras el Peronismo disfrute del control hegemónico del movimiento sindical y, hasta hace muy poco, también de la política argentina en general, conservará una capacidad disruptiva importante a través de la organización de huelgas, saqueos y manifestaciones, algo que, si se desata, será muy difícil que el nuevo presidente logre contener. Desde la restauración de la democracia en 1983, ningún presidente no-Peronista ha acabado su mandato, y muchos sugieren que Macri caerá prematuramente. Aún así, si esto llegase a ocurrir, sería porque el presidente habría sido obligado a dimitir sal ser hallado culpable en alguna de las 214 denuncias  que existen actualmente contra él, que van desde “fraude y asociación ilícita” hasta prevaricación.  

Más neo-extractivista que neo-liberal, los principales perdedores serán el medio ambiente y las comunidades indígenas

Si bien el nuevo gobierno no será tan neoliberal como muchos temen, una de las aéreas de continuidad con los Kirchner, y allí donde quizás encontrará menos oposición ideológica y parlamentaria, es en la intensificación del modelo neo-extractivista argentino. Esto implica animar a las compañías transnacionales y a las grandes empresas a explotar los recursos naturales como la soja o la minaría a cielo abierto para atraer inversión al país.

De hecho, un escrutinio de los nuevos nombramientos del presidente proporciona una poderosa declaración de intenciones sobre a favor de qué intereses piensa gobernar. Un gran número de cargos del gobierno han sido asignados a Presidentes de Consejo de Administración o Directores de corporaciones multinacionales como HSBC, JP Morgan y a los principales beneficiarios de licencias de fracking y otros sectores neo-extractivistas como Shell o Monsanto.

Estas explotaciones son catastróficas desde el punto de vista medioambiental, y las comunidades rurales e indígenas se han mostrado diestras en resistir físicamente el desalojo de sus tierras y de sus posesiones. Aún así, podrían ser aplastadas por el aparato represivo del Estado, el mismo que la presidente Cristina Kirchner se resistió tanto a desmantelar.

Las relaciones anglo-argentinas podrían volver a florecer

Por último, podemos también esperar una mejora en las relaciones diplomáticas y comerciales con el Reino Unido, que se han complicado en los últimos años debido a las crecientes tensiones sobre las Falklands/ Malvinas. David Cameron fue de los primeros en felicitar a Macri por su victoria, y uno de los primeros pasos del nuevo presidente fue disolver la Secretaría de Asuntos Relativos a las Malvinas.

Este acto de distensión ha aplacado al gobierno británico lo que,  junto a otras políticas amables, ayudará a atraer inversiones occidentales. En contraste con lo que ocurría bajo el mandato de Cristina Kirchner, seguramente veremos cómo el “espinoso asunto” de las Falklands/Malvinas se guarda debajo de la alfombra, puesto que a ninguno de los dos líderes les resulta útil ponerse en evidencia el uno al otro, ni hacier demagogia sobre este asunto en foros domésticos e internacionales.

 Ya se aprecian nuevas semillas de resistencia a Macri

De manera previsible, a lo largo de sus primeras semanas de gobierno Macri ha restringido sus políticas de libre-mercado a contentar a aquellos que demandan respuestas desde su electorado clave, pero ha evitado la confrontación abierta con los movimientos sociales existentes. Aún así, cada paso ha sembrado sin duda semillas de descontento en nuevos frentes, que en adelante pueden presentar oposición.

Se han levantado, por ejemplo, las restricciones a la importación sobre el 95% de los bienes de consumo y se han eliminado los controles de cambio, que han venido limitando la compra de dólares. Esto ha complacido a las clases medias-altas, pero los propietarios de las pequeñas y medianas empresas han expresado su preocupación por el potencial incremento de la competencia de multinacionales que ahora tienen libertad para competir.

Mientras tanto, el fin de los controles de cambio ha significado una devaluación del 30% del peso argentino, y ello empeorará una inflación ya desbocada, que afecta a los consumidores y a los pobres.

Por otra parte, la abolición de los impuestos a la exportación de carne, trigo y maíz y su reducción para la soja, ha complacido a las corporaciones transnacionales y a las elites terratenientes, pero puede hacer saltar la chispa de la resistencia en los centros urbanos tan pronto los stocks de alimentos de agoten, al ser exportados para mayor beneficio en el extranjero en vez de ser retenidos domésticamente para alimentar a la población urbana necesitada.

Además, los acuerdos crediticios con China y las elites financieras internacionales han reforzado las reservas cambiarias, pero vendrán a sumarse a una deuda pública creciente. Se trata de una bomba de relojería que, si no se desactiva, puede provocar un día un nuevo default crediticio del tamaño del de 2001, lo que podría inflamar una oposición unida y multisectorial que busque la caída de Mauricio Macri, tal y como lo hizo tan memorablemente con el presidente De la Rúa, hace ahora ya catorce años.

 

 

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