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Como en 1977: ¿Argentina en el túnel del tiempo?

Revisionismo histórico, censura y guerra contra la memoria. El lenguaje y las políticas – aunque no los medios - en la Argentina de Macri recuerdan los días oscuros de la dictadura. English

Arturo Desimone
30 June 2016
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El General Jorge Rafael Videla en 1978. AP/Eduardo Di Baia. Todos los derechos reservados.

1977 fue, desde muchos puntos de vista, el peor año de la dictadura militar de Rafael Videla. El “Proceso de Reorganización Nacional” fue el término que eligieron los apologistas del régimen para nombrar su campaña de terror de Estado y de reorganización económica. En ese año, el periodista de investigación argentino Rodolfo Walsh utilizó medios alternativos clandestinos para publicar su Carta Abierta a la Junta Militar. La Argentina que describe, pintando con datos y cifras un infierno a lo Hieronymus Bosch, es una casa de los horrores. La disidencia era algo intolerable para el régimen, y muchos argentinos que intentaron pasar desapercibidos como empleados públicos o como trabajadores en el sector privado hoy pueden dar cuenta de que la policía militar les supervisaba para que cumplieran con la “productividad”.

En su carta a la Junta, antes de pasar a los asuntos económicos, Walsh resume brevemente el programa de desapariciones y violaciones constitucionales y de derechos humanos del gobierno. "La censura de prensa, la persecución de intelectuales, el allanamiento de mi casa en Tigre, el asesinato de amigos queridos, y la pérdida de mi hija que murió combatiéndolos, son algunos de los hechos que me obligan a esta forma de expresión clandestina después de haber opinado libremente como escritor y periodista durante casi treinta años.” Y prosigue a decirle a la Junta que “lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes, y lo que omiten son calamidades". La interpretación que hace Walsh del régimen de la Junta es que se trata de una abrupta consolidación de un mecanismo de Estado injusto y represivo puesto en marcha bajo el gobierno de la viuda de Perón, Isabel Martínez, a la que los señores de la Junta destituyeron en marzo de 1976. Las consecuencias del primer año de ese golpe de Estado fueron devastadoras, como pone al descubierto Walsh con cifras inapelables: "(...) 15.000 personas desaparecidas, 10.000 prisioneros, 4.000 muertos, muchas decenas de miles expropiados, estas son las cifras desnudas del terror”. Y denuncia la construcción de innumerables prisiones improvisadas, los juicios secretos, y los "campos de concentración donde no puede entrar ningún juez, abogado, periodista u observador internacional”.

Las desapariciones fueron el mecanismo con el que los militares lograron despojar a rehenes civiles y militantes de todo derecho legal: una vez convertidos en no-entidades y declarados “desaparecidos”, estos jóvenes acusados no podían ser llevados ante un tribunal (como era costumbre incluso en las anteriores dictaduras argentinas). La presunta inexistencia de los rehenes permitió a la Junta recuperar métodos arcaicos y “medievales" de tortura, reminiscentes de la Inquisición española, o de aquellos que utilizaron los militares argentinos en el siglo XIX en sus campañas genocidas contra las tribus mapuches.

La Carta Abierta de Walsh no se limita a denunciar las brutales campañas de subordinación y contra-terrorismo que tenían como objetivo a los “subversivos” (los "subversivos” eran generalmente jóvenes argentinos que por algún motivo parecían no conformistas a ojos de los informantes y que la policía secreta, a su vez, calificaba de agentes revolucionarios clandestinos). Walsh describe lo que él considera un crimen incluso mayor: la política económica dirigida a estructurar la miseria socioeconómica y al empobrecimiento deliberado de millones de personas. "En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40%, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30%, elevando de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales".

Es en esta parte de la Carta Abierta donde las diferencias entre el comportamiento económico del Estado policial de los años 70 y los planes económicos de Cambiemos - el gobierno elegido democráticamente en 2016 - se vuelven más pequeñas y las semejanzas asombrosas. El gobierno actual tiene prisioneros políticos como Milagros Sala, una activista indígena que se encuentra encarcelada en su provincia norteña de  Jujuy - es sólo un ejemplo. Pero se les detiene con indicios indefinidos y arbitrarios, sujetos a procesos que se eternizan a pesar de evidencias escasas, instruidos por jueces que son militantes de partido, con carreras que la mayoría de sus pares considerarían poco destacadas. Un buen ejemplo de juez motivado ideológicamente y de derechas es Claudio Bonadio, que abrió recientemente diligencias contra cineastas argentinos independientes que recibieron financiación del Ministerio de Cultura del gobierno anterior, acusándolos de "uso indebido de dinero público”. Las artimañas de Bonadio y de su aliado, el actual Ministro de Cultura Darío Lopérfido, que causó un gran revuelo al insistir públicamente nunca hubo 30.000 desaparecidos, son a menudo objeto de sátira en la revista de humor Barcelona (una especie de Charlie Hebdo argentino), que ya era una publicación subversiva incluso durante la peligrosa década de 1970. La jefa de redacción de Barcelona, Ingrid Beck, tuvo que comparecer recientemente ante un tribunal acusada por la activista pro-militar y presidenta del club de esposas de oficiales, Cecilia Pando, que demandó a la revista por difamación a raíz de una caricatura, solicitando una indemnización de 70.000 pesos (Pando ganó, ante la consternación de los defensores de la libertad de expresión y los juristas, y se fue con 40.000 pesos que le fueron concedidos por una juez sonriente, Susana Nóvile).

Sofocar la disidencia y detener a sospechosos durante la década de 1970 se hacía, por el contrario, en secreto y sin juicio - lo que permite menos comparaciones con la actual etapa de golpes de Estado en América Latina, que se caracterizan por conglomerados mediáticos alimentando espectáculos judiciales mediocres y por las cruzadas de los corruptos “contra la corrupción”.

El séquito actual de nombres siniestros - Temer y Macri, Lopérfido, Nóvile y Bonadio – no pueden por fortuna compararse con la casta guerrera a la Franco de las juntas militares. Macri y Temer se parecen más al régimen represivo de Isabel Perón. Pero los herederos de aquellos dictadores militares – que hoy en día andan saliendo de sus juicios por crímenes de lesa humanidad o recibiendo generosas pensiones del Estado, o ambas cosas -, siguen esperando en segundo plano. Los militaristas no están ahora en el poder, pero son optimistas y disfrutan de sus muchos nuevos derechos, privilegios y beneficios que pueden agradecer a los gobiernos neoliberales orientados a la gestión como Cambiemos. Y los partidos hoy en el poder pueden, a su vez, dar las gracias a los medios de comunicación monopolistas (como Clarín y Globo) por haberles hecho sus campañas electorales. Y los conglomerados de medios sirven a los intereses de los Patricios, los propietarios rurales de Argentina (que, a su vez, deben su poder y beneficios a los principales compradores de sus exportaciones de materias primas desde una América del Sur poco industrializada.)

¿En qué nos parecemos? El uso del verbo “sincerar” en 1977 y 2016

Las políticas económicas y los discursos oficiales sobre finanzas de la dictadura militar argentina en 1977 tienen un parecido sorprendente con muchos aspectos de los programas económicos argentinos actuales. Aunque los métodos de acceso al poder son distintos a los del dictador de los años 70, el lenguaje oficial y las consecuencias en términos de miseria económica entre la Argentina de 2016 y la de 1977 son muy similares.

"Racionalizar la economía” y el uso frecuente de una palabra inexistente, “sinceramiento”, o del verbo “sincerar” – como en: sincerar la economía - forman parte de la jerga del discurso neoliberal contemporáneo (un verbo aprobado, por cierto, por el escritor y crítico de arte peruano Mario Vargas Llosa). Pero no se trata de nada nuevo: estos mismos mantras se difundieron por primera vez tras el derrocamiento militar de la viuda de Perón, Isabel Martínez. En democracia, durante la década de 1990, la “racionalización” la llevó a cabo el gobierno de Carlos Menem, preparando el escenario para la crisis de 2001. Más recientemente, la “racionalización” es la guinda del pastel de la victoria electoral de Macri: más de 150.000 trabajadores de los sectores público y privado han sido despedidos de sus puestos de trabajo entre diciembre de 2015 y marzo de este año. Una celebración quizás excesiva, tras una victoria electoral tan ajustada de la derecha.

Las políticas económicas de “racionalización” descritas por Walsh en 1977 dibujan lo que podría ser el pronóstico de un economista argentino basándose en los datos de las políticas del actual Ministerio de Economía y tratando de ver, a través de su bola de cristal de economista, lo que nos depara el futuro inmediato.

Walsh describía una tasa “histórica” de desempleo del 9% en 1977. La previsión del economista Claudio Lozano es que el desempleo argentino se elevará a cifras de dos dígitos a finales del presente año, por obra y gracia de las medidas del gobierno (a Lozano se le cita en el informe INDEK y en la página web del gobierno de la ciudad de Buenos Aires).

La sanidad pública está siendo atacada, y el consumo de alimentos y de ropa entre los pobres disminuyendo drásticamente. En 1977, como en 2016, a esto se le llama “racionalizar la economía”, término que utilizan los economistas neoliberales de Argentina y Chile y se aplaude en programas financieros y canales de televisión norteamericanos como Bloomberg.com. Los sindicatos argentinos hoy en día se están movilizando para exigir un aumento del 40% al presidente Macri y al Congreso y devolver los salarios a la normalidad anterior a 2016.

Los sacerdotes de las zonas urbanas más pobres insisten en que los funcionarios de Macri cesen de usar cínicamente su lema de campaña “Pobreza Cero” (que rima con “Coca Cola Zero”) toda vez que los pobres están perdiendo cada vez más su capacidad de alimentarse y vestirse de manera satisfactoria. Un aumento increíble del 700% en el coste de los servicios públicos, anunciado a principios de este año por un despreciativo Macri como parte del “sinceramiento”, dejará probablemente a muchas más familias en la calle - porque no pueden costear los servicios públicos - o viviendo en barrios desprovistos de alumbrado público y sujetos a riesgos para la salud.

La violencia policial, por su parte, sigue tan ilimitada como siempre, en particular contra los niños de la calle. El abogado de derechos humanos Julian Aixát, que lleva casos de homicidios policiales de delincuentes y de jóvenes callejeros en La Plata, ha señalado en artículos de prensa - en Página12 - que el clero católico y la Iglesia ejercen cada vez más de mediadores y protectores de los menores y de los niños más pobres que están siendo perseguidos por la policía, mientras que el Estado sigue mostrándose poco dispuesto a intervenir o simplemente ineficaz. Aunque dichos asesinatos son comunes, se discuten muy poco (hay mucha más consternación pública por la falta de atención a las mujeres que sufren violencia de género, ante la cual la falta de interés de las autoridades tiene a menudo como resultado víctimas mortales).

¿Qué sería hoy de Rodolfo Walsh, de haber vivido en la Argentina del siglo XXI, en un mundo paralelo en el que no hubiese sido detenido y ejecutado en 1979? ¿Conseguirían su carta y argumentos llegar al gran público en la Argentina de hoy? Es posible, aunque es poco probable que sus libros subversivos de periodismo de investigación llegaran a tener éxito en el contexto actual de saturación mediática y de literatura orientada al consumidor.

Rodolfo Walsh fue uno de los periodistas de investigación más importantes de Argentina, al que se considera con frecuencia “el Truman Capote argentino” por su libro Operación Masacre sobre los crímenes durante la dictadura de Juan Carlos Onganía (1966-1970). Hoy se considera que Walsh se avanzó al género, hoy en boga, de la “literatura de no ficción”, mucho antes que Capote - unos laureles que merece sin duda por sus obras más extensas, muy distintas al informe de situación de Carta abierta a la Junta militar, aunque incluso aquí puede apreciarse el virtuosismo de Walsh cuando habla de la oscuridad. Consigue describir la verdadera cara de la oscuridad y el mal, a diferencia de los defensores de la dictadura, como Lopérfido o el Teniente Coronel Hugo Ildebrando Pascarelli, al que le gustaba decir: "La lucha que hemos desatado no reconoce límites morales ni naturales, se realiza a sí misma más allá del bien y el mal''

Dos años después de la publicación de su Carta abierta, Rodolfo Walsh fue tiroteado y detenido en la Avenida San Juan de Buenos Aires. Se unió a los desaparecidos. Queda de él un monumento en esta calle jalonada hoy de pequeños e improvisados mausoleos, pegados unos a otros a ambos lados de la avenida, con los nombres de los argentinos, en su mayoría muy jóvenes, que fueron secuestrados y ejecutados. Hoy se hallan descoloridos por el sol, deslavados por la lluvia y con distintos tipos de basura tirada junto a ellos: vasos de plástico, envoltorios, colillas y heces caninas adornan los monumentos a los jóvenes caídos. Estos monumentos deteriorados, descoloridos y abandonados son, quizás, representativos de la memoria histórica y política de la sociedad argentina actual.

Aunque es imposible saber qué hubiese sido de Rodolfo Walsh en una era distinta de la que le hizo y le ejecutó, podemos guiarnos por el ejemplo de periodistas e intelectuales que padecen censura o repercusiones antidemocráticas por sus opiniones en la Argentina de 2016.

El silenciamiento de Pedro Brieger: un caso de censura

Pedro Rubén Brieger es un periodista galardonado, sociólogo y profesor universitario, especialista en Oriente Medio, que escribe para publicaciones como Le Monde Diplomatique y director y presentador, durante más de diez años, de un popular y exitoso programa de televisión en Visión 7 Internacional. Fue advertido por Hernán Lombardi, nuevo ministro de Medios Públicos y Contenido, que debía modificar el contenido de su programa, o atenerse a las consecuencias. Brieger no se rindió. Anunció su despido en directo en marzo de 2016 y recibió el apoyo del Nobel de la Paz argentino Adolfo Pérez Esquivel en su lucha contra el ministerio de propaganda de Lombardi. Telesur, el canal latinoamericano que tradicionalmente apoya a la izquierda y que transmitió un programa en el que se informaba del despido de Brieger, fue excluido de la oferta de programas de televisión por cable en Argentina y sustituido por la CNN en español.

Antes de la presión a Brieger para que abandonase la televisión pública, al periodista de la oposición Roberto Navarro ya se le había retirado de Canal 5 y sustituido por otros reporteros menos amenazantes para la actual camarilla gobernante.

Cuestionar el “milagro chileno”: ¿el pecado imperdonable de Brieger?

En su popular programa de televisión, Brieger ofreció, entre otras, su visión de la verdadera causa del éxito económico de Chile, aclamado como “milagro” del neoliberalismo en América Latina. Brieger explicó a su amplia audiencia que el éxito económico de Chile dependía totalmente de la exportación de un solo producto: el cobre. Este modelo económico basado en un solo sector ya existía en la época de Salvador Allende. La prosperidad de la minería chilena fue precisamente una de las razones principales que impulsaron a los trabajadores chilenos a reivindicar una distribución más amplia y equitativa de los beneficios de la exportación de cobre, preferentemente a través de la nacionalización de esa lucrativa industria, proceso que Allende había iniciado. Pero esta reserva tan singular, cuya exportación sigue apuntalando al país, acabará agotándose: por ello, el plan socialdemócrata del gobierno de Allende era desarrollar una industria más diversificada y compleja para sostener el país en el largo plazo.

La censura y persecución de Brieger por Lombardi por haber cuestionado los supuestos milagros de los programas económicos neoliberales (en Chile, Argentina o en cualquiera de los numerosos países sobre los que Brieger había hecho comentarios) muestra que se trata de un modelo económico que se fundamenta en una actitud religiosa no afín a los principios democráticos. Su persecución invita a ser comparada con la de los disidentes religiosos durante la Contrarreforma, por no creer en los dogmas del catolicismo.

Otro “milagro” económico similar al de Chile en el Pacífico eclesiástico es el reciente exceso de oferta de Australia - relacionado también con una preponderante industria de extracción de minerales. El crecimiento económico de Australia desde la década de 1990 se debe a la exportación de esta industria de materias primas. Y el crecimiento que ha proporcionado al país, falsamente asociado al modelo neoliberal y a la desindustrialización (que rima con otro término de moda, “descolonización”) que lleva aparejada, ha dado lugar también a la arrogancia y la jactancia del entorno político australiano, en su mayoría neoliberal y de derechas, que gusta de expresar también su afición por el revisionismo histórico y la amnesia hacia la “generación desaparecida” y las guerras de exterminio llevadas a cabo por los colonos contra las tribus aborígenes. El revisionismo histórico, la censura y la guerra contra la memoria acompañan a los experimentos de la llamada “racionalización” en cualquier país donde se aplica el nefasto método.

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