democraciaAbierta: Opinion

Democratizar la ONU desde una perspectiva federalista y del Sur Global

Es posible imaginar la reforma de la ONU más allá del lenguaje, las formalidades y la política gestual

Arturo Desimone
17 enero 2022, 11.51am
Edificio de moderna arquitectura sede de UNASUR en Quito, Ecuador
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Barna Tanko / Alamy Stock Photo

Entre otras perlas, la jerga contemporánea nos ha familiarizado con el término "geopolítica". Pero, ¿qué significa? Suena bien: geo implica la tierra, o lo que es mineral, duro como una roca; seguido de política. Acuñado en 1902 por un científico social escandinavo, el término se ha popularizado. A pesar de su referencia a la roca (geo), la "geopolítica" carece de peso, porque no conlleva las implicaciones diplomáticas de las "relaciones internacionales" o de la diplomacia, del compromiso y la negociación; quizá una de las razones por las que Putin prefiere esta palabra.

Como palabra técnica, implica que las acciones pueden ser determinadas por y desde la comunidad de expertos, superando así la opinión popular y las fuerzas democráticas. Está claro que la plétora de retos a los que se enfrentan hoy en día los verdaderos internacionalistas no puede resolverse con palabras, ni con la creación de otro comité.

La ONU, en su forma actual, se muestra incapaz de mantener las promesas hechas entre los actores internacionales que permitieron el fin de la Guerra Fría (la perseverancia de la OTAN no es el menor de estos anacronismos) el fin del colonialismo tradicional tras las revueltas anticoloniales que siguieron a la Segunda Guerra Mundial.

La sensación de abandono y exclusión de la toma de decisiones internacional, experimentada por muchas antiguas colonias antagonistas del mundo, influyó en sus esfuerzos por crear foros internacionales alternativos. Entre ellos se encuentra la Unión de Naciones Suramericanas, o UNASUR. Ratificada en Uruguay en 2011, reunió a la mayor parte de los gobiernos latinoamericanos de izquierda que en aquel entonces eran liderados por el venezolano Hugo Chávez.

Otras iniciativas pretendían unir a los países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), como el olvidado plan de crear un Banco BRICS como alternativa a las empresas monetarias internacionales. La Unión Africana se forjó en 2001 en Addis Addeba. Las fricciones con el Norte Global y la sensación de no ser escuchados por los grandes actores del foro de la ONU, ayudaron a desencadenar estos creativos esfuerzos políticos, y dan fe de la crisis de credibilidad de la ONU.

Estos experimentos demuestran cómo los sindicatos y los ciudadanos de los países más vulnerables a la intervención humanitaria podrían desempeñar un papel protagonista, más allá del meramente activista, en el asesoramiento de un proyecto de reforma de la ONU. La plataforma latinoamericana, que aglutinaba a los países disidentes del Sur Global, encarnaba una crítica resultante de las fricciones de la pasada (y demasiado optimista) era de Chávez con el Norte global. UNASUR quedó sepultada con la inversión de la llamada "marea rosa" en América Latina.

En 2017 un consorcio de gobiernos de derecha recién resucitados enterró de hecho a UNASUR desde el Grupo de Lima liderado por el gobierno del brasileño Jair Bolsonaro y con la curiosa y onerosa adhesión de la administración canadiense de Justin Trudeau. El presidente colombiano Iván Duque, elegido al año siguiente, se sumó con entusiasmo al Grupo.

Es de esperar que el reciente ascenso de Pedro Castillo en Lima y los cambios históricos hacia la izquierda en otras partes del continente, inviten a un renacimiento: esta vez de una UNASUR 2 más autocrítica, que deje de lado las ilusiones partidistas y las invectivas vacías, mientras se enfrenta a la agitación que aflige a los pueblos venezolano y nicaragüense.

El "Tercer Mundo" se convirtió en el "Mundo en Desarrollo", y ahora está de moda el "Sur Global", mientras que "Tercer Mundo" está mal visto

Occidente rara vez ha cumplido los acuerdos internacionales celebrados al final de la Segunda Guerra Mundial, al final de la Guerra Fría y durante las últimas horas del colonialismo. En su lugar, Occidente ha optado por actualizar su lenguaje. Por ejemplo, el "Tercer Mundo" se convirtió en el "Mundo en Desarrollo", y ahora el "Sur Global" está de moda, mientras que "Tercer Mundo" está mal visto por los mismos izquierdistas cuyos antepasados asociaban este término con el radicalismo de la revolución anticolonial.

Pero el verdadero cambio debe ser profundo, en el verdadero sentido de la palabra "radical", que significa "llegar a la raíz de las cosas", el quid de la cuestión.

Factor de comodidad

Existe un problema en el corazón del sistema que se manifiesta en las relaciones excesivamente diplomáticas fomentadas entre las oligarquías y los funcionarios de diversos países miembros. La estructura existente permite a los funcionarios locales obtener puestos de prestigio vinculados a la ONU, simplemente por pertenecer a los círculos de poder.

Los ejemplos abundan. Por ejemplo, el actual gobierno colombiano de Iván Duque, que supuestamente mantiene listas negras de intelectuales no deseados o no alineados, en contraste con listas blancas de expertos favorecidos, "amigos" que elogian las posiciones de línea dura del ex presidente Álvaro Uribe, mientras socavan violentamente el histórico proceso de paz en ese país.

Demostrando que pocas o ninguna de las grandes crisis a las que nos enfrentamos hoy en día pueden resolverse únicamente a nivel de un solo Estado-nación, los acuerdos de paz de Colombia implicaron a un conjunto de actores y mediadores internacionales: las difíciles negociaciones entre las FARC (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, que al igual que segmentos del entorno de Uribe acabaron recurriendo al tráfico de narcóticos) y el gobierno conservador de Juan Manuel Santos, premiado con el Nobel. Todos se presentaron a la negociación en Cuba, con representantes venezolanos entre los moderadores y mediación de Noruega. Del mismo modo, hoy en día México acoge los diálogos entre el partido gobernante y la oposición venezolana.

Ningún actor político parece más abiertamente opuesto al compromiso pacífico a nivel internacional o panamericano que el gobierno de Duque, que desde su toma de posesión ha visto cómo se llevaban a cabo asesinatos selectivos contra líderes sociales y militantes retirados de las milicias de las FARC, violándose así todas las promesas y acuerdos diplomáticos que sentaron las bases del desarme, de lo que entonces ya era uno de los conflictos armados más largos del mundo.

A pesar de ser democracias, ningún observador serio encontraría evidencias de que el gobierno colombiano, o para el caso, el salvadoreño Nayib Bukele, estén dispuestos a seleccionar intermediarios diplomáticos honestos y críticos. Y sin embargo, la actual estructura interna garantiza que los príncipes elijan a sus representantes en la organización. ¿Podría la ONU haber ofrecido un foro adicional para evitar el actual retroceso de los acuerdos de paz?

Los movimientos internacionalistas deben hacer campaña por la democratización de la ONU y la responsabilidad local

A Colombia rara vez se le exige lo mismo que a su vecina y enemiga Venezuela, que, por supuesto, también determina que sus representantes en la ONU pertenezcan al círculo íntimo de los leales al partido. Sin embargo, eso en sí mismo no justifica el salto a lo que lamentablemente se ha convertido en el consenso del universo liberal: presumir que los gobiernos occidentales extranjeros opuestos a un gobierno como el de Caracas, tienen derecho a autentificar a Juan Guaidó como presidente en la sombra de un gobierno paralelo venezolano.

Al fin y al cabo, la larga serie de recientes intervenciones humanitarias que han desordenado regiones enteras del mundo -Oriente Medio y África, en particular- han dañado enormemente la credibilidad del poder y la misión fundacional de las Naciones Unidas. Los movimientos internacionalistas actuales deben hacer campaña a favor de la democratización del organismo internacional y de la responsabilidad local, para que los ciudadanos puedan evitar los feudos locales, los cárteles y las intromisiones extranjeras, a la hora de designar una representación popular de la ONU. Por supuesto, el malestar no se limita al Sur.

¿Cómo permitir que los menos corruptibles y los más visionarios representen a sus países en un foro que originalmente fue concebido como un proyecto utópico e idealista: un parlamento mundial? Las Naciones Unidas, que originalmente recibieron el nombre de los vencedores aliados de la Segunda Guerra Mundial, ampliaron su composición para acoger en las Naciones Unidas a países menos poderosos con la esperanza de poner fin a las guerras de exterminio y a la regla de Tucídides, "el fuerte hace lo que puede y el débil sufre lo que debe".

Los primeros creyentes idealistas en el ágora de las trataron de prestar atención a las advertencias hechas a la humanidad por el resultado de las guerras mundiales. Sin embargo, a pesar de las conmemoraciones retóricas que nos exhortan a recordar el pasado, las reverberaciones y los patrones de acción que caracterizaron estas guerras catastróficas, siguen vivos en la era neoconservadora.

A las razones y los motivos antes mencionados hay que añadir los recuerdos evidentes de Ruanda, de Srebrenica, y las respuestas profundamente defectuosas de la ONU a ambas crisis. Una jerarquía rígida, que da prioridad a los países que albergan importantes sedes de la organización en la cadena de mando mundial, apuntaló estas sangrientas tragedias. Un modelo organizativo más de base podría haber ayudado. Se necesitan plataformas para los pueblos sin Estado, con el fin de resolver las múltiples y crecientes crisis de los refugiados, al tiempo que se evita que los regímenes terroristas y antiterroristas sigan estimulando su crecimiento.

Una campaña de reforma de la ONU tendría que plantearse cómo desafiar lo que se ha denominado cínicamente, aunque con acierto, la "ley de hierro de la oligarquía" que afecta a las relaciones entre las organizaciones y su entorno. En el pasado, esta realidad fue aceptada o descartada agresivamente por las potencias coloniales imperiales, que suponían que un conjunto totalmente diferente de leyes naturales regía el comportamiento humano en las colonias de entonces. (Basta con recurrir a los relatos de Rudyard Kipling "Plain Tales of the Hills", que narran las desventuras de los burócratas ingleses en la India, para hacerse una idea).

Un llamamiento a una retórica y un lenguaje más activistas, que empleen los mismos escalones de iniciados, es insuficiente

Un simple llamamiento a una diplomacia de la ONU más activista, correría el riesgo de conducir al territorio conocido de un "colonialismo ilustrado" modernizado, tal y como lo practican las industrias humanitarias y los partidarios occidentales del cambio de régimen. Un llamamiento a una retórica y un lenguaje más activistas, que empleen los mismos escalones de iniciados, es insuficiente, peligroso cuando se complementa con el vacío, y ampliaría fácilmente la influencia de los intelectuales de esa clase que el sociólogo Barrington Moore identificó en 1968: los miembros de la intelectualidad técnica que persiguen "la solución depredadora de la reforma simbólica en casa y el imperialismo contrarrevolucionario en el exterior".

A pesar de las prescripciones del Secretario General, António Guterres, sobre cómo el empoderamiento de las mujeres mediante el uso de un lenguaje neutro en cuanto al género disminuirá la corrupción, la estructura actual de la ONU no evita que sus funcionarios (de cualquier categoría) se resistan a la tentación de enriquecerse y darse lujos, afianzándose aún más con las oligarquías nacionales que promueven la dictadura y la post-democracia en todo el mundo.

La permeabilidad a los intereses nefastos no puede solucionarse con una nueva redacción o siguiendo las modas. Los agentes de las viejas fuerzas corruptoras pueden dominar fácilmente los arreglos tecnológicos rápidos de la terminología.

Apreciar las herramientas que tenemos, para utilizarlas

El reto de mantener una institución de la ONU verdaderamente internacionalista, requiere una preservación insistente y memorable de la tradición internacionalista de la ONU: sus raíces históricas en el apogeo del esfuerzo bélico de los Aliados, y su independencia de los intereses locales creados. Algunos países con progresistas valientes elegidos al poder, podrían quizás iluminar el camino contratando a un emisario o embajador de la ONU ajeno a las comunidades de expertos habituales.

La ONU ofrece un mecanismo valioso y único: la única institución multilateral que ofrece representación para que todas las naciones dialoguen. Sólo por eso debemos preservarla.

Hoy en día, las Naciones Unidas se perciben generalmente como un débil elefante geriátrico, incapaz de avanzar, atacado por muchas flechas hasta que llegue el próximo rifle trumpiano. La renovación, la inversión y la democratización urgentes parecen ser urgentemente necesarias.

Raison d'état, en la jerga de las Relaciones Internacionales, significa "la justificación de la política exterior de una nación sobre la base de que los propios intereses de la nación son primordiales", por ejemplo, el "Excepcionalismo Americano", o las variaciones francesas y británicas de estos, que estallaron recientemente llamando la atención del mundo en las peligrosas refriegas entre Francia y los EE.UU. sobre los submarinos nucleares vendidos a Australia. Esas tensiones habían comenzado antes del impasse australiano, por supuesto, como cuando Francia y Estados Unidos, bajo el mando de Trump, competían por la influencia militar en Malí.

En la actualidad, la raison d'état y los métodos intergubernamentales de agrupación o de enfrentamiento, ignorando los foros internacionales, se convierten en heridas cada vez más visibles en el sistema de las Naciones Unidas. El unilateralismo "America First" probablemente comenzó mucho antes de que Trump se deshiciera de las ilusiones formales de la aquiescencia de Estados Unidos. Trump logró sin embargo inspirar a imitadores para expresar una condena de la ONU y del multilateralismo - como Jair Bolsonaro, que encarna la nostalgia de la derecha brasileña por un imperio brasileño encerrado en sí mismo.

En la actualidad, la ONU alberga un multilateralismo desordenado, impulsado por las potencias hegemónicas regionales, que bloquean de facto el camino hacia su objetivo original.

Una fuerza democratizadora se hace preeminentemente vital y necesaria, para reconstruir el "contrapoder" frente a la parálisis y la volátil búsqueda de conflictos de las potencias antagonistas. Un movimiento de reformas democráticas de este tipo podría impulsar a las instituciones mundiales -a la ONU, en primer lugar- hacia una transformación acorde con las necesidades y posibilidades de nuestra época.

La idea de una Asamblea Parlamentaria de las Naciones Unidas (APNU) podría representar un primer paso hacia un Parlamento Mundial

Una representación más democrática de las distintas naciones en los foros mundiales permitiría a los activistas cívicos, a las minorías, a los pueblos sin Estado y a los movimientos de oposición tener una mayor resonancia y expresar sus necesidades y aspiraciones históricas.

La idea de una Asamblea Parlamentaria de las Naciones Unidas (APNU) podría representar un primer paso hacia el ideal radical, largamente inspirado, de un Parlamento Mundial, en el que se reúnan los pueblos del mundo, en lugar de los gobiernos estrictamente (como es el caso de la Asamblea General), precisamente como ocurrió con la asamblea parlamentaria europea que luego se convirtió en el Parlamento Europeo, con representantes elegidos directamente por la ciudadanía europea, en lugar de por delegaciones de los parlamentos nacionales (un primer paso relevante).

La democracia representativa no puede satisfacer por sí misma. Necesitamos plataformas democráticas a nivel planetario y a nivel nacional y regional, para mantener el control de los ciudadanos sobre las instituciones influyentes en el lapso que media entre unas elecciones y otras. En recientes reuniones de activistas transnacionales también se ha planteado la idea de una Iniciativa Ciudadana Mundial según el modelo de la Iniciativa Ciudadana Europea (aún por reformar hacia una mayor eficacia), un posible instrumento futuro para que los ciudadanos del mundo ejerzan su influencia en la toma de decisiones de la organización.

El último en abandonar la fiesta

Por último, queda lo que puede representar el mayor reto para los reformistas: la reforma del Consejo de Seguridad, el órgano "supremo" del sistema de la ONU, en el que se incorpora el verdadero equilibrio de poderes, que ahora aparece para cada vez más naciones como una reliquia de un viejo pasado. Una clara señal de su carácter relicario es la presencia del Reino Unido en el Consejo de Seguridad.

No se trata de decir hasta la saciedad que "Brexit means Brexit", pero la presencia de Gran Bretaña se remonta al orden internacional de 1948, durante el eclipse del imperio británico. Más de setenta años después, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no debería ser otro salvavidas institucional para la vanidad y la nostalgia imperial.

Una "actualización" de este tipo supondría un pequeño paso hacia la abolición del derecho de veto de las superpotencias, pero uno muy significativo, en consonancia con la receta de éxito de Martin Luther King, de subir "la escalera de Jacob hacia la libertad peldaño a peldaño".

Honrar a los predecesores actuando ahora

Movimientos como la Internacional Progresista podrían apoyar las peticiones procedentes de las ONG críticas, para reformar la estructura burocrática de la ONU y su "sistema oligárquico" de remuneraciones y reparto de tareas. Estos problemas han convertido a los funcionarios de la organización en una especie de aristocracia moderna supranacional, una jet-set que no rinde cuentas al pueblo. Esta podría ser una de las principales batallas de un nuevo internacionalismo cuando salga de la cuarentena global.

Nos encontramos ante el imperativo ético de recuperar el espíritu federalista de visionarios como Altiero Spinelli, fundador del Movimiento Federalista Mundial, y sus predecesores entre los socialistas que se opusieron a los conservadores del cártel en la creación de la Unión Europea, al final de la Segunda Guerra Mundial, durante la cual la ONU formó su ala diplomática. Esa misma institución apoyó sin reservas las luchas de los líderes independentistas anticoloniales, como Amílcar Cabral, a finales de los años sesenta, muy lejos de nuestros valores actuales.

Recuperar la tradición federalista mundial, significa reconstruir una federación con el fin de desactivar la posibilidad de guerra más allá de los pequeños confines de los Estados de Europa Occidental y Central, sin duda la única zona en la que las hostilidades fueron verdaderamente pacificadas por nuestros proyectos de tranquilización de la posguerra mundial, entre ellos la UE y la ONU. Ahora es el momento de abordar por fin la causa de la reforma con vistas a un orden internacional naciente. Puede que no haya otra ocasión más.

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