El "populismo penal", o la apelación a un político justiciero capaz de librar una guerra sin cuartel a la delincuencia callejera - y justificar así, de paso, un estado policial - es un posicionamiento político muy común en América Latina, para nada original del Brasil de Bolsonaro. Se trata de un tipo de propuesta política que obtiene a menudo el apoyo de una franja importante de las clases medias urbanas cuya infancia se desarrolló bajo las dictaduras que se hicieron con el poder en la mayor parte de la región - excepto en Venezuela - durante los años setenta.
El típico simpatizante del "populismo penal" cree que un gobierno militar es garantía de seguridad, a pesar del intolerable derramamiento de sangre que acompañó a los regímenes militares en el pasado. La fe que expresan muchos civiles en la gendarmería, a pesar de la extendida e indiscutible corrupción policial en América Latina, viene a demostrar que la propaganda de aquellos años caló tanto que todavía da frutos 30 o 40 años más tarde.
Bolsonaro, que logró llegar a la presidencia porque se produjo un vacío de liderazgo en el país y se quebró la legitimidad democrática con el encarcelamiento del líder del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva, ha prometido dar carpetazo a todas las investigaciones sobre casos de conducta indebida de la policía en Brasil – supuestamente responsable de unos 5.000 homicidios solo en 2017.