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El regreso de Brasil a la guerra fallida contra las drogas

Bolsonaro prometió en campaña "matar al menos a 30.000 personas" para hacer de Brasil un lugar seguro y, para ello, se comprometió a armar a los que quieren "combatir el crimen". English.

Arturo Desimone
13 May 2019
Una unidad de la policía bloquea la entrada al Ministerio de Justicia por orden del Presidente Bolsonaro durante protestas indígenas en Brasilia, Brasil, el 26 de abril de 2019. Foto: Pablo Albarenga/DPA/PA Images. Todos los derechos reservados.

El "populismo penal", o la apelación a un político justiciero capaz de librar una guerra sin cuartel a la delincuencia callejera - y justificar así, de paso, un estado policial - es un posicionamiento político muy común en América Latina, para nada original del Brasil de Bolsonaro. Se trata de un tipo de propuesta política que obtiene a menudo el apoyo de una franja importante de las clases medias urbanas cuya infancia se desarrolló bajo las dictaduras que se hicieron con el poder en la mayor parte de la región - excepto en Venezuela - durante los años setenta.

El típico simpatizante del "populismo penal" cree que un gobierno militar es garantía de seguridad, a pesar del intolerable derramamiento de sangre que acompañó a los regímenes militares en el pasado. La fe que expresan muchos civiles en la gendarmería, a pesar de la extendida e indiscutible corrupción policial en América Latina, viene a demostrar que la propaganda de aquellos años caló tanto que todavía da frutos 30 o 40 años más tarde.

Bolsonaro, que logró llegar a la presidencia porque se produjo un vacío de liderazgo en el país y se quebró la legitimidad democrática con el encarcelamiento del líder del Partido de los Trabajadores, Lula da Silva, ha prometido dar carpetazo a todas las investigaciones sobre casos de conducta indebida de la policía en Brasil – supuestamente responsable de unos 5.000 homicidios solo en 2017.

A Bolsonaro se le abrió el camino hacia el poder gracias al golpe traumático que recibió la joven democracia brasileña en 2016, cuando Michel Temer lideró a los congresistas pro-empresa del país para pedir la destitución de la presidenta democráticamente elegida, Dilma Rousseff, por presunta corrupción – imputación que ha sido posteriormente impugnada por el Tribunal Supremo.

Para Bolsonaro la guerra contra las drogas podría representar una vieja cuenta que saldar: él culpa del fracaso de la guerra de entonces a la interrupción que supuso la democracia y los derechos humanos para la cruzada emprendida por la dictadura contra el narcotráfico

El encarcelamiento por corrupción de Paulo Salim Maluf, político multimillonario aliado de Michel Temer que, a pesar de haber figurado en la lista de los más buscados de Interpol, participó activamente en el ''impeachment sin Watergate'' de Dilma Rousseff, fue una reafirmación de la integridad del Tribunal Supremo como institución, a la vez que resultó en la deslegitimación de los partidos centristas/conservadores tradicionales que, en conjunto, perdieron más votos que la izquierda en las últimas elecciones.

Las viejas guerras de la droga

No deja que ser irónico que el "populismo penal" de Bolsonaro y su llamada a las armas recuerden lo que ocurrió a finales de los años sesenta, cuando hubo enfrentamientos que degeneraron en las guerras de la droga de principios de los ochenta, coincidiendo precisamente con el régimen dictatorial que tanto elogia Bolsonaro.

Pocas coincidencias hay aquí: uno de los más importantes históricos cárteles de la droga, el Comando Vermelho, se fundó en 1969 en las cárceles brasileñas por iniciativa de un pequeño grupo de profesores izquierdistas y de presos comunes. Este Comando Rojo declaró la guerra a la policía - hubo choques con cócteles Molotov y se lanzaron granadas dentro de las cárceles y contra comisarías de la policía - pero al final sus logros fueron prácticamente nulos y la guerrilla acabó sacrificando casi por completo su ideología en la década de los ochenta.

En sus estertores finales, el Comando engendró una Falange Roja – nótese aquí que la falange es la típica formación fascista tradicional. Para Bolsonaro, que se identifica sentimentalmente con la dictadura militar, la guerra contra las drogas podría representar, pues, una vieja cuenta que saldar, ya que culpa del fracaso de la guerra de entonces a la interrupción que supuso la democracia y los derechos humanos para la cruzada emprendida por la dictadura contra el narcotráfico y la delincuencia relacionada con este – cruzada que, de otro modo, habría tenido éxito según él.

El retorno de la Doctrina Reagan

Según el filósofo brasileño Vladimir Safatle, el éxito electoral de Bolsonaro se debió principalmente a que evitó sistemáticamente tratar los grandes temas que tiene planteados el país, a la organización de una hábil campaña de noticias falsas utilizando Whatsapp y otros medios digitales para difamar a sus oponentes, y a que durante la campaña se zafó de cualquier debate con los otros contendientes – que, de haberse celebrado, habría dejado clara su posición, por ejemplo sobre cobertura sanitaria y la educación pública universal, así como sobre las industrias nacionales.

Brasil es una excepción anómala en el orden mundial imperante bajo el signo del fundamentalismo de mercado. Bolsonaro ha prometido integrar a Brasil en el sistema financiero post-liberal y la revista Forbes le ha llamado "la última esperanza de Brasil” por su compromiso explícito de favorecer y beneficiar al mercado global.

El nuevo presidente busca integrar a Brasil en el mercado global desintegrando el país a través de una destrucción creativa. Los primeros objetivos a erradicar que tiene programados son el sistema universitario y el sistema sanitario públicos, a pesar de la enorme popularidad de que ambas instituciones gozan entre los brasileños y a pesar de las terribles consecuencias de eliminar la atención médica gratuita en un país pobre y vulnerable a las epidemias.

La ascensión de Bolsonaro no puede contemplarse separadamente de otros acontecimientos recientes en América Latina, como el feroz y amargo rechazo de los Acuerdos de Paz de 2016 por parte de los votantes uribistas en Colombia.

Con anterioridad a su victoria electoral, Bolsonaro evitó manifestar sus posicionamientos menos populares (como las privatizaciones ilimitadas) y se centró en temas como la condena (dirigida por estamentos religiosos) del matrimonio gay y las políticas de identidad. Está dispuesto a ofrecer Brasil como colonia para contribuir al proyecto de America First de Trump, que consiste en proteccionismo en Estados Unidos y saqueo en el extranjero. Su postura le ha ganado elogios de gente como Steve Bannon, cuya admiración por Ronald Reagan es bien conocida.

Reagan defendió la desarticulación de los movimientos progresistas en América Latina, la implantación de medidas de privatización masiva que merecieron la crítica de incluso George Bush y, por último pero no menos importante, la llamada Guerra contra las Drogas de infame memoria en toda América Latina: una iniciativa fallida que solo resultó en corrupción, división, derramamiento de sangre y más drogas.

La nueva vieja Derecha

Ajeno a la memoria y a la historia, la retórica de hombre fuerte de Bolsonaro y su nostalgia por la dictadura se entrelazan con su voluntad de volver a las guerras fallidas de la década de los setenta, con la esperanza de conseguir revertir su degeneración con más derramamiento de sangre. En este sentido, la ascensión de Bolsonaro no puede contemplarse separadamente de otros acontecimientos recientes en América Latina, como el feroz y amargo rechazo de los Acuerdos de Paz de 2016 por parte de los votantes uribistas en Colombia.

El hecho de que las conversaciones de paz tuvieran lugar principalmente en La Habana y que altos cargos cubanos y venezolanos presidieran las conversaciones entre los ex guerrilleros revolucionarios de las FARC y el gobierno colombiano, hizo que los Acuerdos de Paz parecieran aún más diabólicos a ojos de los partidarios de la línea dura, defensores de la vieja ideología reaccionaria de no sentarse a negociar nunca con guerrilleros de izquierdas.

Antes de que el Grupo de Lima negara este año su apoyo a una intervención militar en Venezuela, un alto cargo colombiano anónimo, citado por el periódico brasileño Folha De Sao Paulo, sugirió que Colombia daría su apoyo si Bolsonaro decidía atacar a Venezuela. El canciller colombiano Trujillo y el presidente Iván Duque negaron categóricamente este extremo que, de ser cierto, hubiera validado el entusiasmo tantas veces expresado por Bolsonaro por el uso de la violencia contra los opositores ideológicos, pero también hubiera supuesto violar la Convención de Ginebra.

Duque, un político entre cuyos antecedentes políticos se cuenta su apoyo a la política de su mentor Álvaro Uribe de convertir a Colombia en gendarme del continente en la Guerra contra las Drogas dirigida por Estados Unidos, insistió en que hace ya muchos años que su país ha abandonado las políticas intervencionistas. Sin embargo, sería ingenuo suponer que los temores sobre una intervención armada brasileña en los asuntos venezolanos provienen de cualquier otro lugar que la sede de la campaña de marketing político de Bolsonaro. Las amenazas beligerantes para poner a los adversarios bajo presión parecen formar parte también del libro de estilo de Trump para temas de asuntos exteriores.

El economista griego Yanis Varoufakis ha señalado acertadamente que las invectivas verbales de Trump (ahora ya casi olvidadas) ante Corea del Norte, que generaron preocupación y levantaron temores en todo el mundo y consiguieron que Kim Jong-un respondiera con la misma moneda, encajan perfectamente con el concepto que tiene Trump del "Arte de la Negociación'', que consiste en poner al enemigo bajo tensión con un farol agresivo para lograr que haga grandes concesiones.

Con toda probabilidad, el entorno de Bolsonaro, al igual que sus homólogos en los gobiernos colombiano y argentino, ha optado por la "modernización" - es decir, la adopción de una estrategia de violencia acorde con los tiempos. Utiliza los medios de comunicación y la creatividad financiera - la "austeridad" y otras estrategias espartanas - para definir su agresiva política interna y externa. Lo cual no es una opción que guste demasiado a determinados nacionalistas militaristas latinoamericanos, ya que durante el auge del neoliberalismo global en la década de 1990, gran parte del material militar de que disponían los ejércitos se vendió con fines de lucro - lo que disminuyó el peso de las fuerzas armadas, especialmente en la vecina Argentina.

Bolsonaro ha expresado admiración por los militares argentinos en repetidas ocasiones y el deterioro del ejército argentino a finales de la década de los 90 puede haber sido una de las razones por las que el ultranacionalista Bolsonaro se opuso en el pasado a las doctrinas globalistas y neoliberales que hoy hace suyas.

No es de extrañar, pues, que muchos de los que le conocían por su pedigrí nacionalista se sorprendieran con el "matrimonio heterosexual" de Bolsonaro, que admite abiertamente que "no sabe nada de economía", y el joven economista de la Escuela de Chicago, Paulo Guedes, su nuevo contable y gerente.

Bolsonaro, acompañado por Paulo Guedes, Ministro de Economía, en el Palacio del Planalto. 8 de abril de 2019. Foto: Mateus Bonomi/AGIF/SIPA USA/PA Images. Todos los derechos reservados.None

Las ausencias e inseguridades de la identidad brasileña, satirizadas brillantemente por Lima Barretto en su novela La triste desaparición de Policarpo Quaresma sobre un patriota brasileño insensato pero sincero, quedaron patentes cuando se incendió el Museo Nacional de Río de Janeiro el año pasado.

A pesar de que los gendarmes, con la aprobación del entonces presidente Michel Temer, habían puesto a Río bajo toque de queda en aras a la "seguridad", la impotencia de los cuerpos armados brasileños para evitar que el fuego consumiera un monumento de importancia fue una suerte de ensayo general de lo que sería el régimen de Jair Bolsonaro, dispuesto a dejar que ardan grandes franjas de la Amazonía mientras hace inversiones masivas en "seguridad".

Brasilexit

Siguiendo el ejemplo de los partidos nacionalistas euroescépticos y derechistas en Europa, Bolsonaro ha sugerido que Brasil podría salirse de MercoSur, el mercado común latinoamericano. Se trata de un eco del Brexit de los conservadores del Reino Unido. Los arquitectos de MercoSur copiaron deliberadamente el modelo de la Unión Europea al diseñar la organización, cuyo objetivo es facilitar el comercio internacional. Lo que pasa es que MercoSur, desde finales de la década de 1990 y hasta hace muy poco, ha ido tomando forma bajo la influencia de los distintos gobiernos de izquierda de Ecuador, Argentina, Brasil y Uruguay.

A diferencia de sus homólogos en Bruselas, sin embargo, sus responsables nunca han desinformado al público sobre la naturaleza puramente comercial de la unión y no le han dado nunca pie a suponer que podría llegar a sustituir otras instituciones interestatales como la Corte Interamericana (otra institución que tampoco gusta nada a Bolsonaro). La transparencia de la organización está clara en su nombre mismo, MercoSur: Mercado del Sur. A diferencia de la UE, a la que se critica por ser un centro de poder empresarial y comercial bajo el disfraz de una organización política, democrática y federalista, MercoSur no ha provocado nunca descontento ni se ha labrado impopularidad entre las mayorías latinoamericanas.

Salirse de MercoSur cuadra con el régimen de securitización de Bolsonaro. Implicará, por ejemplo, el fin de mi derecho como ciudadano argentino a trabajar legalmente, sin ningún permiso o requisito especial, en Brasil. En esto, Brasil seguirá los pasos del presidente peruano, quien dio un plazo a los venezolanos en Perú - plazo que finalizaba el 31 de diciembre del año pasado - para solicitar permisos de trabajo.

Bolsonaro ha superado en su retórica a muchos de sus colegas militaristas al declarar públicamente su admiración por Hitler como estratega militar

Brasil, a diferencia de los estados europeos, es un país vasto y extenso, con regiones inexplotadas, con una industria y una agricultura subdesarrolladas que requieren mano de obra y con espacio suficiente para casi todos los que quieran establecerse allí. La guerra contra las drogas comporta generalmente controles fronterizos exagerados y la revitalización de viejos conflictos fronterizos entre estados – conflictos que, históricamente, han incendiado el continente.

Los monstruos frankensteinianos de Reagan

Los rumores (recientemente desmentidos por el Grupo de Lima) de que Bolsonaro contemplaba una intervención violenta en Venezuela, respaldada por Trump, para derribar a Maduro despertaron el recuerdo de acontecimientos históricos como la infame Triple Alianza, cuando Argentina, Uruguay y Brasil se unieron para liquidar la autosuficiencia de Paraguay y, con el apoyo de inversores británicos, cometieron en el siglo XIX lo que en la práctica fue un genocidio.

Bolsonaro ha superado en su retórica a muchos de sus colegas militaristas al declarar públicamente su admiración por Hitler como estratega militar. En esto, se une al presidente de Filipinas Rodrigo Duterte, que estableció una repugnante comparación con Hitler al afirmar que, del mismo modo que este último aplicó su Solución Final, él mataría a "tres millones" de drogadictos. Tanto en el sudeste asiático como en las Américas, la negación del fracaso de la Guerra contra las Drogas que llevan décadas patrocinando los Estados Unidos cobra una nueva vida gracias a la reactivación del fascismo a nivel mundial.

La Guerra contra las Drogas, al igual que sus también fracasadas hermanas la Guerra contra el Terrorismo y la Guerra contra la Inmigración, es una cruzada contra enemigos invisibles que se alimenta de antiguos prejuicios. Se trata de guerras que se declaran contra síntomas, creencias y contra el lenguaje mismo: guerras que no consiguen hallar al enemigo ni logran describir su bandera. Son guerras que surgen tras el fin de la Guerra Fría y la última guerra interestatal tradicional (la del Reino Unido contra Argentina por las islas Malvinas/Falkland). Desde entonces, se libran guerras contra poltergeists, contra amenazas fantasmas, guerras que recuerdan los empeños de las guerras de religión y las obsesiones del Tercer Reich.

En América Latina, la Guerra contra las Drogas dio lugar a la Colombia de Uribe y al deterioro de América Central y de México, provocando emigraciones masivas y niveles intolerables de inseguridad. ¿Es más de este mismo pasado lo que nos espera en el futuro?

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