Cada día nos desayunamos con nuevas pesadillas al leer los titulares sobre la catástrofe climática. Aún así, y dado que ésta es una parte inseparable de la actual fase Totentantz (o de danza de la muerte) del capitalismo, se hace difícil situarnos más allá de una visión apocalíptica muy publicitada, que sugiere que toda nuestra especie es responsable de lo que está ocurriendo y que, por lo tanto, nada podemos hacer al respecto.
En este asesinato de la imaginación política (y, por lo tanto, del futuro), estamos, en el mejor de los casos, envueltos de mentiras como la ecoimpostura y el lavado verde de las compañías petroleras y, probablemente, estamos demasiado desgastados para desgañitarnos de rabia ante el maldito cinismo que nos rodea.
Evidentemente, no está en la naturaleza del sistema neoliberal promocionar organizaciones que protejan los derechos humanos, pero las que tenemos podrían ser la mejor oportunidad a nuestro alcance. Ellas demuestran que, por imperfectas que sean, tenemos que hacer algo, precisamente porque los derechos humanos son universales, y son a la vez una reivindicación legítima. Tal vez deberíamos profundizar en las leyes y constituciones existentes para averiguar qué derechos están consagrados en ellas, y aprender cómo nuestros gobiernos, siervos aduladores de los dueños del capitalismo, nos los están quitando, para comenzar entonces a recuperarlos.