No sería descabellado afirmar que las comunidades indígenas, que son las que menos daño han hecho a la catástrofe climática y las que más saben sobre cómo conservar los biomas esenciales, son las más perjudicadas por "soluciones" como la compensación de emisiones de carbono, los biocombustibles, las mentiras del etiquetado, las manipulaciones políticas y otros engaños ecológicos cuyo objetivo principal es preservar el sistema capitalista.
No es que solo carezcan de escrúpulos, en demasiadas ocasiones son ecocidas, por lo que los impactos de los daños van en ambas direcciones. Por un lado, desde los centros metropolitanos de poder, y por otro, regresando inexorablemente desde las pequeñas comunidades tribales asediadas en biomas en vías de extinción, golpeados ahora por ciclones en Malawi, incendios forestales en Maui (Hawai), Chile, Canadá, Grecia, Italia, España, Portugal, Turquía y Suiza, tormentas de hielo en el sur de Estados Unidos, inundaciones repentinas en Sudán, New Hampshire, Austria, Hungría, Eslovenia, República Checa, Georgia, Italia y Libia, por citar sólo algunos.
En otras palabras, como se supone que escribió Lenin, los capitalistas "trabajan en la preparación de su propio suicidio". Mientras tanto, el sistema se asegura de que los engañados habitantes del sueño neoliberal tengan un contacto tan tenue con la realidad que los pronunciamientos oficiales que dicen que el clima extremo es "la nueva normalidad" (así que aguántense, amigos) se entienden como referidos a algo así como una "nueva moda" en alimentos, ropa o una colección de vajilla.