democraciaAbierta: Interview

Falta completar la reconstrucción de la memoria colectiva en Chile

Hasta que no se tomen medidas concretas y serias para tratar de encontrar la verdad y los cuerpos de los desaparecidos, seguirá habiendo una herida abierta en la sociedad chilena

José Zepeda
27 julio 2022, 7.28am

Un muro con los nombres de los desaparecidos durante la dictadura del general Pinochet. Santiago de Chile, Septiembre 2021

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Alamy Stock Photo

El 11 de septiembre de 1973, el grupo de hombres más próximos al presidente Salvador Allende optó por quedarse con él defendiendo La Moneda, el palacio de gobierno chileno. Fueron detenidos; los llevaron a un regimiento, los torturaron y dos días después los trasladaron a un recinto militar en Peldehue, en las afueras de Santiago. Ahí los fusilaron uno tras otro y, finalmente, lanzaron granadas a la fosa para pulverizarlos.

Entre los 23 asesinados estaba Claudio Jimeno, sociólogo, cercano asesor de Allende. A casi 50 años del golpe de Estado en Chile, su hijo mayor, Cristóbal Jimeno, decide hacer pública por primera vez la historia de Claudio y de su familia. Así nació el libro “La Búsqueda” (editorial Planeta), una publicación que constituye un ejercicio de memoria colectiva y que apunta a reflexionar de manera pausada y sin afanes políticos sobre el respeto de los derechos humanos.

Cristóbal es un reconocido abogado litigante en Chile, con estudios en la Universidad de Columbia y la Northwestern University. Escribió este libro junto a su mujer, la periodista de investigación de la Universidad de Berkeley Daniela Mohor. En un trabajo que demoró más de tres años en completarse y que entrelaza relatos y reflexiones personales con una acuciosa investigación, reconstruyeron la historia de Claudio y de su desaparición junto al resto de los llamados “detenidos de La Moneda”. El libro también revela los esfuerzos incansables de Cristóbal y de su familia por encontrar a Claudio, dar con los responsables de su muerte y, a la vez, sobrevivir sin odio.

Cristóbal responde aquí preguntas en una entrevista exclusiva para democraciaAbierta.

José Zepeda: Su padre, Claudio, asesor principal de Salvador Allende, decidió quedarse junto al presidente en La moneda, pese a que el mismo mandatario quiso echarlo del palacio. Él sabía que el odio acumulado de la derecha abría la puerta a lo peor. Y por lo que dice el libro, incluso antes del golpe de Estado estaba decidido que todos los que integraban el círculo que rodeaba al presidente debían ser eliminados. ¿Por qué la saña, por qué el asesinato, por qué la desaparición?

Cristóbal Jimeno: Efectivamente, mi padre se dio cuenta de que el Golpe era inevitable, desde los primeros meses del año 1973. Él lideraba el Centro de Estudios de la Opinión Pública, que proveía al presidente de información sobre la realidad política del momento y las tendencias del electorado. Entonces contaba con datos sociológicos que indicaban que la sociedad chilena iba polarizándose cada vez más y que la violencia como medio de acción política se hacía cada vez más frecuente. Ejemplo de esto fueron el asesinato del comandante en jefe del ejército René Schneider en octubre de 1970, el intento de golpe que hubo en el Regimiento Blindado N.2 ¾conocido como el Tanquetazo¾ en junio de 1973, el asesinato del edecán del presidente capitán de navío Arturo Araya en julio de 1973, así como los enfrentamientos entre grupos extremistas en las calles de Santiago y del país.

Los testimonios que recabamos fueron coincidentes en que Claudio aconsejó moderar el avance de las medidas de gobierno, pero, en esto no me engaño, no tuvo la suficiente influencia política para lograrlo. Tenía sólo 33 años, no creo que haya podido hacer mucho más. Esa responsabilidad era de otros dirigentes con mayores competencias políticas. Muchos de ellos en vez de calmar los ánimos, los enardecieron aún más.

Muchos no imaginaron que las Fuerzas Armadas aplicarían una política de violación a los derechos humanos tan cruenta y bestial

Mi padre escuchó el discurso incendiario de Carlos Altamirano- un alto dirigente socialista- el día 9 de septiembre de 1973 y supo que ya no había vuelta atrás. Lo que vino después fue solo el desenlace de un destino que ya estaba escrito. Él iba a acompañar al presidente hasta el final.

Mucha gente no imaginó jamás que después del Golpe, las Fuerzas Armadas aplicarían una política de violación a los derechos humanos tan cruenta y bestial.

En el caso de los asesores cercanos al presidente, mi convencimiento es que ellos fueron un objetivo claro y específico de los servicios de inteligencia, que planearon con mucha anticipación su exterminio. Y lo hicieron con una acción concreta.

Bajo el pretexto de investigar el asesinato del capitán Araya (Arturo Araya Peeters, 27 de julio de 1973) a partir de Julio de 1973 infiltraron en el gobierno de Allende a Pedro Espinoza Bravo, un oficial de inteligencia cuya función fue identificar al círculo cercano a Allende en los meses anteriores al Golpe. La investigación judicial demostró que él fue quien tuvo a cargo la ejecución de estas personas el 13 de septiembre de 1973. Después de este exterminio, fue premiado y ascendido al puesto de jefe de seguridad de la Junta de Gobierno.

Espinoza Bravo se transformó en uno de los peores asesinos de la historia judicial chilena. Llegó a ser el número dos de la DINA y fue condenado por el asesinato en Washington D.C. del excanciller Orlando Letelier (21 de septiembre de 1976, liquidado junto a su ayudante Ronni Moffitt) y en el caso Caravana de la Muerte. Hoy cumple varias cadenas perpetuas en una cárcel especialmente creada para violadores de derechos humanos.

Claramente, Espinoza Bravo no actuó solo, sino que fue parte de un engranaje mayor. Augusto Pinochet tenía decidido desde un comienzo que había que eliminar el círculo cercano de Allende.

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Claudio Jimeno

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Archivo familiar

JZ: Son realmente cruciales los diálogos imaginarios entre usted y su padre Claudio. En ellos hay dos líneas argumentativas: la una, de crítica por la actitud asumida sabiendo incluso mejor que muchos otros, lo que se venía; la otra línea contradice en parte a la primera, admiración, reconocimiento de una lealtad a toda prueba, entereza suma para aceptar un destino fatal. Yo sé que usted quiere a su padre por sobre todas las cosas. El punto es otro, ¿se ha reconciliado con la crítica?

CJ: Como hijo, la decisión de mi padre de ir a morir ese día con el presidente me produce sentimientos contradictorios. Ese conflicto no se soluciona, no se llega a resolver jamás. Hay momentos de mayor tranquilidad y en ellos busco reflexionar y entenderlo. Con el paso de los años, esos momentos de tranquilidad se han ido extendiendo, pero pensar que un buen día voy a dar por resuelto el tema es más una fantasía que una realidad.

JZ: Permítame abundar en este punto. Creo cada vez más que existen dos tipos de seres humanos: los que actúan con la razón cerebral, es decir que son capaces de evaluar la realidad a partir de datos concretos que llevan a un abanico de respuestas factibles. Los otros, los menos, se guían por las razones del corazón. También evalúan la realidad con conocimiento, la gran diferencia está en que es la fuerza emotiva, mucho menos pragmática y calculadora, la que toma decisiones. De los segundos era su padre.

CJ: No lo plantearía así. Creo que, producto de su formación académica, Claudio era muy racional y analítico para tomar posiciones respecto de cada uno de los temas que enfrentaba. Prueba de ello es que se daba cuenta del escenario imposible al que le hacía frente el gobierno y lo decía, aunque fuese impopular en su círculo.

Pero, sí es efectivo que en su decisión de ir a la Moneda ese día y de quedarse hasta el final, no hubo cálculos personales. Ahí primó su lealtad, que es más que una fuerza emotiva a mi modo de ver; es una decisión consciente. Y esa actitud la tuvieron muchos otros también, entre ellos, los veintidós hombres que murieron con él.

JZ: Todos los que buscan a los desparecidos conocen en carne y hueso a los seres más despreciables de la vida. La lista es larga, generales y oficiales que ponen en marcha una sociedad para el crimen, jueces sumisos al poder y desalmados ante el dolor de los familiares de las víctimas. Hay casos específicos que simbolizan al mal. El uno el entonces teniente coronel Pedro Espinoza y en el ámbito civil el abogado Diego Barros y su cómplice Lucía Beltrán.

CJ: Una de las lecturas que más me han hecho reflexionar sobre este tema son los escritos de Hanna Arendt. Su análisis sobre el totalitarismo y la violencia son muy interesantes. Su concepto del mal (en su libro sobre el juicio de Adolf Eichmann llamado “Eichmann en Jerusalén”), sin embargo, siempre me ha conflictuado. Ella sostiene que el mal es banal, que carece de profundidad.

Lo esperanzador es que existe la otra cara de la medalla, gente digna que, enfrentando el miedo, dieron la cara para buscar la verdad

Es cierto que la indolencia con que nos hemos topado de ciertos jueces o del Estado, por ejemplo, puede considerarse, en algunos casos, consecuencia de la superficialidad o de la banalidad. Pero en estos casi 50 años de búsqueda, a mi familia y a mí nos ha tocado enfrentarnos a actos que representan lo más bajo de la naturaleza humana. Y ellos no carecen de profundidad. Han sido ejecutados con intención premeditada y consciente de causarles dolor y sufrimiento no sólo a mi padre, sino que también a sus familiares. Un ejemplo de eso fue la decisión de los militares de remover los restos de Claudio, unos años después de su fusilamiento, para que no fueran encontrados.

JZ: Lo esperanzador es que hubo y existe la otra cara de la medalla, gente digna que, enfrentando el miedo dieron la cara para buscar la verdad, por ejemplo, la jueza Amanda Valdovinos.

JC: Es cierto. Tengo una especial admiración por los abogados de derechos humanos que en dictadura arriesgaron todo para tratar de salvar a las víctimas, a pesar de que afrontaban condiciones muy adversas, entre ellas el absoluto desprecio de la mayoría de los jueces. En democracia ha habido jueces y policías que sí han querido hacer justicia. La exministra Amanda Valdovinos es un ejemplo de ellos. Durante la investigación para este libro, Daniela se reunió en varias oportunidades con ella y tuvo acceso a sus archivos. Así descubrimos la dimensión del trabajo que había hecho con el equipo de arqueólogos, antropólogos, geólogos y odontólogos que reunió. Juntos hicieron un trabajo muy serio, muy profesional, y muy duro de búsqueda de los desaparecidos. Terminaron por encontrar el lugar de fusilamiento de Claudio y de sus compañeros y rescataron los pocos restos que quedaban. Pero la exministra Valdovinos siempre pensó que existía un entierro secundario y comenzó a buscarlo. Lamentablemente la Corte Suprema le puso fin a su investigación.

JZ: La búsqueda incluye diversas reflexiones sociopolíticas que me gustaría abordar.

Una. “La incapacidad de una parte de la izquierda chilena de condenar claramente los crímenes de gobiernos dictatoriales actuales —como el nicaragüense, el cubano y el venezolano— no solo ha minado su credibilidad, sino que ha relativizado la defensa global de los DD. HH. una de sus misiones fundamentales” Cómo puede llamarse de izquierda a quienes traicionan su ideario.

CJ: El doble estándar en esta materia ha sido muy evidente y ha perjudicado la defensa de los derechos humanos en Chile y en el mundo. Un ejemplo claro es la situación de Venezuela. Hay informes recientes (de 2020 y 2021) del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos que denuncian la existencia de ejecuciones extrajudiciales, desapariciones y torturas por parte de agentes del Estado venezolano.

La incapacidad para condenar esas violaciones a los derechos humanos es inaceptable

Además, hasta el día de hoy los organismos internacionales denuncian la forma en que el régimen ha cooptado el poder judicial venezolano, a tal punto que este ha servido, en la práctica, para encubrir sus crímenes.

Esta incapacidad para condenar esas violaciones a los derechos humanos es inaceptable. Su defensa no puede quedar supeditada a intereses políticos. Si en los hechos esto ocurre es porque estamos frente a personas que tienen otras agendas, a los cuales los derechos humanos no les interesan, a menos que sean útiles para su objetivo político.

JZ: Dos. Pierden los tiranos cuando tratan de aniquilar al que piensa distinto y consiguen que, a pesar de sus actos criminales, somos seres humanos libres y racionales; que vivimos plenamente según nuestras ideas y principios, sin miedo, sin prejuicios y, lo más importante, sin odio. Cómo se consigue curarse del alma.

CJ: Los dictadores buscan aniquilarte a través del miedo, buscan borrar tu razón, inmovilizarte. Su derrota es que sobrevivas. Y esa derrota es aún peor, si lo haces con tus propios principios e ideales. Esto me parece cierto en el ámbito personal, pero también como sociedad. Chile es un gran ejemplo. Después de una dictadura sangrienta, logramos tener una democracia estable que, es cierto, ha pasado y pasa por momentos difíciles, pero que en términos generales ha sido exitosa. Pinochet fue derrotado. Chile no es lo que él quiso.

JZ: Tres. “Sentimiento de responsabilidad. Una responsabilidad derivada de los lazos que nos unían a este ser humano. Esta responsabilidad se extiende a nuestras hijas y sobrinos. Ellos deben saber que solo vale la pena vivir la vida en forma digna, que hay cosas que no se transan y que estas requieren de sacrificio y esfuerzo. Y una responsabilidad con nuestro país. No queremos que esto vuelva a pasar jamás. No queremos que le pase a nadie. Ni de izquierda ni de centro ni de derecha. Y para eso no hay otra receta que saberlo todo y juzgarlo todo”. Loable propósito y se ha conseguido mucho. Pero todo parece indicar que hay un sector amplio de chilenos que quieren pasar página.

CJ: La primera justicia es con los hechos. Es muy importante saber lo que ocurrió, precisamente para que no se repita esta barbarie. Es también indispensable encontrar a las más de 1.100 personas que aún siguen desaparecidas y respecto de las cuales no se sabe absolutamente nada. Un acuerdo de la sociedad para hacerlo no sólo me parece absolutamente posible, sino que necesario.

Es indispensable encontrar a las más de 1.100 personas que aún siguen desaparecidas y no se sabe absolutamente nada

JZ: ¿Término la búsqueda?

CJ: No. El libro “La búsqueda” ha sido una estación importante de un camino largo, pero no es el final. Aún hay mucho por saber. No se han identificado a todos los culpables, entre ellos a los civiles que participaron en los asesinatos y que permanecen ocultos. Además, no creo que los cuerpos hayan sido lanzados al mar, como aseveraron los militares. Creo, como la exministra Valdovinos, que hay un entierro secundario.

JZ: La relación entre desaparecidos, y sociedad chilena. Generalmente los países que han padecido dictaduras, superadas las sombras, tienen la tendencia a “pasar página”. Palabras más, palabras menos, dicen: “ya está bueno, no podemos seguir anclados en el pasado. Es tiempo de dejar atrás tanto dolor”. Así los familiares de las víctimas son dejadas en la orfandad social, con excepción de unos pocos que persisten en su empeño.

CJ: Es cierto que esa posición existe. Pero tengo la impresión de que es mucho más común en algunos políticos que en la ciudadanía. Ellos han tratado de que el tema quede enterrado una y otra vez, argumentando razones de realidad política, como las que Ud. señala. Y terminan siempre sorprendiéndose cuando el tema de los DD.HH. vuelve a aparecer en nuestra sociedad. La memoria de la dictadura y de sus crímenes, a diferencia de lo que algunos creen, no se desvanece por sí sola o por el paso del tiempo. Intentar olvidar los hechos con puro voluntarismo no es el mecanismo para superar los traumas que nacieron de ellos.

El recuerdo de los crímenes en la gente que los sufrió, y en esto incluyo no sólo a las víctimas directas sino que a todos los que estos hechos tocaron de una u otra manera, sigue vivo y es una herida que no se sana. Y esto es consecuencia del hecho de que estos crímenes han sido negados o “administrados” por las autoridades judiciales y los gobiernos de turno con la creencia de que ciertas dosis de verdad y justicia serían suficientes para cerrar el tema.

Como señalamos en “La búsqueda”, una de las frases que peor le hizo a nuestra sociedad es la “justicia en la medida de lo posible” del presidente Patricio Aylwin, quien la pronunció al comenzar nuestra democracia.

Mi impresión es que hasta que no se tomen medidas concretas y serias para tratar de encontrar la verdad y los cuerpos de los desaparecidos, este tema seguirá siendo una herida abierta en nuestra sociedad.

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Portada del libro de Cristóbal Jimeno y Daniela Mohor

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