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¿El último aliento de los Kuruaya? El extractivismo acelera la extinción cultural en Brasil

Odete Kuruaya es la última persona que habla con fluidez el idioma nativo de su pueblo. Su cultura, casi diezmada a principios del siglo XX, podría ser completamente exterminada a la luz de futuros proyectos.

Odete Kuruaya en la naturaleza en un día gris
Odete Kuruaya | Miguel Pinheiro. All rights reserved
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La comprensión del mundo se hace desde el lenguaje. Un enorme rompecabezas de significados entrelazados que forman un lente desde el que percibimos el pasado, el presente, el futuro y lo invisible. En el corazón del Amazonas, a lo largo del río Xingu y su principal afluente, el Iriri, se encuentran rastros de una población desaparecida. Los dibujos excavados en las rocas son una crónica abandonada, voces que ya no sabemos descifrar.

Un idioma puede ser un mapa o un recuerdo. Una cosmogonía o un réquiem. No es de extrañar que, en griego, logos signifique lenguaje y pensamiento. Al desaparecer una lengua, sólo queda el silencio de las piedras. En un espiral de olvido, siguen las tradiciones, las historias y todo el arte de los sonidos de una cultura. Hay alrededor de 7.000 idiomas en el mundo, la mayoría de ellos hablados por pueblos indígenas. Son orales, sin ortografía ni diccionarios. Según un informe de 2014 (Loh, Harmon), el 25% de las lenguas están ahora en peligro de extinción, un porcentaje mayor que el de los mamíferos (21%), los reptiles (15%) o las aves (13%).

La disminución de la diversidad lingüística está asociada a elementos sociales, políticos y económicos, como la migración forzada o la urbanización. El camino del grupo indígena de los Kuruaya, de la región del Medio-Xingu de Pará, es una suma de estos factores. Perdieron sus territorios a lo largo del río Curuá cuando fueron perseguidos por misioneros y colonos a principios del siglo XX. En 1934, quedaban unos 30 indígenas Kuruaya en un lugar llamado el Picudo de Barbado (Handbook of South American Indians, Smithsonian Institute, 1948). Los que sobrevivieron, tomaron el ferry y bajaron por el Curuá, el Iriri y el Xingu, hasta llegar a la ciudad de Altamira.