Con sus suaves manos, Lourdes masajea el vientre de su nuera. Se percata de que el bebé, de siete meses de gestación, esté bien acomodado en el útero. Usa aceites naturales de plantas de la selva amazónica para frotar el abdomen de la madre y así armonizarla y tranquilizarla a ella y a su criatura. Ambas están en la habitación de la vivienda de Lourdes, que se ilumina con una cálida luz que llega de la ventana. Lourdes le dice a la madre que todo va bien, la aconseja y la va preparando para el nacimiento de su hijo.
A sus 53 años, Lourdes Firmino Araújo lleva más de cuarenta viviendo encuentros como este, entre madre y partera. Cuando tenía doce años, acompañó a su abuela a un parto. Recuerda que se ubicó al lado de la baranda de la cama en donde estaba la entonces madre y siguió la voz de su abuela: “Solo escúcheme a mí, usted no puede ver nada porque todavía está muy pequeña”. Aquella vez, la abuela recibió a cuatro niñas. “Las acomodó una enseguida de la otra y atendió a la mamá con mucho cuidado”, cuenta Lourdes con admiración. Ese momento marcó su vida y labró su camino: comprendió que llevaría consigo el legado de la partería comunitaria.