Entre abril y mayo de 2014, los arroceros colombianos de Montería y Cereté sembraron sus cultivos, como es usual, pero la lluvia no llegó y en agosto, el mes de cosecha, no hubo ni un bulto qué sacar. Solo un grupo de 179 campesinos dueños de 2.000 hectáreas de estas dos regiones de Córdoba pudieron esquivar la fatalidad: siguiendo el consejo de unos científicos, habían decidido no sembrar durante esos dos meses, así evitaron pérdidas que, sumadas, podrían haber ascendido a los 8.000 millones de pesos (unos 37 millones de dólares).
Un semestre después, a pesar de las evidencias, la historia se repitió: cientos de campesinos sembraron en septiembre, como lo dicta la tradición agrícola, y fracasaron por segunda vez, mientras que los mismos 179 cultivaron en noviembre y cosecharon en marzo.
La situación se replicó por todo el país, pero sin la excepción positiva: millones de campesinos cultivaron en las épocas en las que lo habían hecho siempre, siguiendo las enseñanzas de sus padres y abuelos, y se quedaron con las manos vacías: sin cosechas y sin dinero para vivir.