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Las mujeres en la iglesia católica: un asunto no resuelto

“Hemos caído en la cuenta de que las mujeres tenemos un pensamiento, una mirada propia,” asegura la teóloga colombiana Isabel Corpas de Posada. Entrevistada por José Zepeda para democraciaAbierta.

José Zepeda Isabel Corpas de Posada
6 October 2020
El Papa Francisco durante la audiencia general semanal en el patio de San Dámaso en el Vaticano, miércoles 30 de septiembre de 2020. | Foto: Stefano Spazian /DPA/ PA Images

Este artículo nace de dos pensamientos complementarios. El primero se hace necesario al leer el pronunciamiento de unas mujeres teólogas católicas mexicanas, publicado el nueve de marzo de este año 2020, en el que se suman al paro nacional de mujeres:

"Para denunciar el patriarcado jerárquico kyriocéntrico que se ha adueñado de lo sagrado, de la espiritualidad y del liderazgo con el pretexto de una corporalidad más crística, y ha negado a las mujeres el reconocimiento a los ministerios ordenados. Porque tampoco la iglesia ha sido un lugar seguro para las mujeres, y muchas han sido víctimas de la depredación sexual, de abusos, amenazas y acoso por parte de jerarcas, sacerdotes, teólogos y hombres laicos que han participado en estas violaciones hacia las mujeres”

El segundo pensamiento se hace presente para corregir una omisión derivada seguramente de resabios machistas. El autor ha entrevistado a lo largo de los años a aproximadamente 15 teólogos y a ninguna teóloga. Espero que el reconocimiento de esta torpeza sea el comienzo de un abordaje más justo y equilibrado.

Todo el sistema patriarcal se sostiene en la convicción de que el hombre está predestinado a mandar y la mujer a obedecerlo. El cuestionamiento a esta práctica cobra relevancia a partir del siglo XX, hasta el grado que el sector más retrógrado de la masculinidad reacciona con un aumento de los feminicidios, que en su gran mayoría permanecen impunes.

En un momento álgido de la lucha por los derechos de la mujer, conversamos con la colombiana Isabel Corpas de Posada, doctora en teología y autora del libro ¿Ordenación de mujeres? Un aporte al debate desde la eclesiología de Vaticano II y la teología feminista latinoamericana. Obra disponible en Amazon.

José Zepeda: Comencemos por una definición básica que, me parece, aclara mucho a la gente, ¿cuál es la diferencia fundamental entre las teólogas cristianas y las teólogas cristianas feministas?

Isabel Corpas: Tradicionalmente la teología no tenía género, porque los únicos que hacían reflexiones teológicas eran hombres. Más aún, eran lo que suelo llamar hombres de iglesia. Cuando entramos en el mundo del quehacer teológico de las mujeres, y esto es realmente reciente, a pesar de que hay ejemplos históricos en forma de chispazos, en la Edad Media, en la época de la Ilustración. Pero es en los últimos setenta años que las mujeres hacemos camino teológico. Hemos llegado a ser profesoras en las facultades de teología, cosa que anteriormente era inconcebible. Hemos logrado hablar con voz propia.

Las mujeres, no solamente desde la teología, sino desde la filosofía, fuimos pensadas por los hombres. Rousseau, en el Emilio, decía cómo se debía educar a las mujeres y cómo había que convencerlas de cuál era su papel: cuidar a los hombres. Así hemos funcionado a nivel teológico y de la evidencia de la Iglesia, concretamente de la Iglesia Católica, a la cual pertenezco.

“Se produce un cambio en la segunda mitad del siglo XX, pero en la iglesia todavía nos siguen poniendo a un ladito, invisibilizando, silenciando.”

De pronto caímos en cuenta de que teníamos un pensamiento, una mirada propia, porque nuestra condición dentro de la sociedad y de la Iglesia nos hace observar las cosas de una manera distinta a la que pueden tener los hombres.

JZ: ¿Cómo es esa mirada distinta?

IC: Hemos comprendido en las prácticas históricas de la Iglesia, en los textos fundacionales, como la Sagrada Escritura, inequidades que pasaban desapercibidas para los hombres. ¿Por qué? Porque empezamos a pensar que todo esto no es justo. Los hombres no habían caído en cuenta, no por cuestión de genética, sino por vivencia cultural, por la manera cómo nos relacionamos hombres y mujeres en la sociedad y dentro de la Iglesia. Ahora se produce un cambio en la segunda mitad del siglo XX, pero en la iglesia todavía nos siguen poniendo a un ladito, invisibilizando, silenciando.

JZ: Tengo entendido que, en los primeros tiempos, en los primeros siglos del cristianismo, se trataba de una organización comunitaria en la que había una igualdad entre hombres y mujeres y, en un momento determinado, en un plazo no superior a 70 años, las mujeres fueron definitivamente excluidas de la Iglesia.

IC: No de la Iglesia, sino de la organización, de quienes ejercen la autoridad. Tanto en el mundo judío como el griego las mujeres no tenían lugar en el espacio público.

Cuando surge el movimiento de Jesús y el de sus discípulos, se da un cambio radical. Probablemente en consonancia con la actitud misma de Jesús. Las mujeres en el mundo judío no podían entrar al templo de Jerusalén, no participaban en el culto, y había una estructura en la que el lugar central era el del sumo sacerdote, luego el de los sacerdotes, después el de los judíos, que eran únicamente los varones que llevaban en la carne el signo de pertenencia del pueblo judío. Finalmente se encontraba un atrio hasta donde podían llegar las mujeres. Además, les estaba vedado aprender a leer la Torá. Las mujeres no podían ser discípulas de un rabino, de un maestro de la ley. Sin embargo, el Evangelio nos muestra que hubo discípulas de Jesús. El Evangelio de Lucas nombra a siete mujeres. Son las mismas que se mantienen en las comunidades que surgieron después de la muerte y la resurrección, las que ocuparon puestos de responsabilidad codo a codo con los hombres en la difusión del Evangelio.

San Pablo, a quien se le ha echado toda el agua sucia imaginable, era un misógino y un enemigo acérrimo de las mujeres. Por el contrario, no recuerdo cuántas (Epístola a los Romanos, Capítulo 16, en la lista de casi 30 cristianos primitivos activos, al menos nueve son mujeres) pero nombra al lado de los hombres a las mujeres que contribuyeron a la difusión del Credo. Menciona a Febe, Pérside, Priscilla, Junia, Gise.

Y esto ¿por qué? Porque las comunidades de creyentes se reunían en espacios domésticos en las casas. No era una religión oficial, no era pública todavía, era absolutamente privada y las mujeres podían llevar la voz en estos espacios hogareños. Después de que el cristianismo se convirtiera en religión oficial del imperio, entonces se hace pública y reemplaza a la religión romana. En ese entorno, la mujer ya no podía participar públicamente.

"Entonces mi conclusión fue, aquí no hay nada que hacer."

El momento coincide con el esfuerzo de interpretar qué era lo que Jesús había dicho, qué era lo que el evangelio recogía de su enseñanza. Hubo algunos grupos que decían que no existía continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Para responderles, algunos de los padres de la iglesia empezaron a mostrar que la continuidad se daba en los cargos de los dirigentes. En el Antiguo Testamento o en el mundo judío había el sumo sacerdote, los sacerdotes y levitas. En el Nuevo Testamento que representaba la nueva Iglesia había obispos, presbíteros y diáconos, los tres servicios, los tres ministerios. Y ahí las mujeres estaban fuera.

Además, se produjo un proceso de sacerdotización ligada al culto. Téngase presente que las mujeres eran consideradas impuras. Entonces ahí se le cierran las puertas de acceso al altar. Y los ministros, que eran animadores de la comunidad, que presidían el encuentro eucarístico para convocar la presencia del Resucitado, en ese momento se convirtieron en un culto público al cual la mujer no podía tener acceso.

JZ: Dos cosas finales sobre este primer capítulo. Me parece indispensable citar a Pablo VI y su carta de noviembre de 1975 porque es muy clarificadora. Dice lo siguiente:

“No es admisible ordenar mujeres para el sacerdocio, por razones verdaderamente fundamentales. Tales razones comprenden: el ejemplo, consignado en las Sagradas Escrituras, de Cristo que escogió sus Apóstoles sólo entre varones; la práctica constante de la Iglesia, que ha imitado a Cristo, escogiendo sólo varones; y su viviente magisterio, que coherentemente ha establecido que la exclusión de las mujeres del sacerdocio está en armonía con el plan de Dios para su Iglesia”

Es decir, este texto establece que el plan de Dios excluye a las mujeres.

IC: A mí me pasó personalmente cuando la conocí, era profesora de una facultad de teología y enseñaba Sacramento del Orden. De manera que estudié toda esta historia y lo hice con mirada de mujer, porque no tengo otra, porque es la mía. No puede ser de otra manera, que sea muy distinta a la mirada de los hombres de iglesia que van diciendo: “Oh, qué bueno, esto es importante. Esto es fundamental. Evidentemente esto es así” Mi lectura también hacia cuestionar a mis estudiantes, y a más de uno de ellos inclusive le molestaba que una mujer enseñara sobre algo que correspondía únicamente a los hombres de iglesia.

Cuando llegué a este texto de Pablo VI, que es la carta del Papa al arzobispo de Canterbury, porque la Iglesia Anglicana estaba ordenando mujeres. Estas llamadas razones verdaderamente fundamentales pasaron al documento que escribió la Congregación para la Doctrina de la Fe, siendo su prefecto el Cardenal Joseph Ratzinger, y que Pablo VI avaló con su firma. Cuando llegué ahí, me dije, como en el Quijote: “Con la Iglesia hemos topado, Sancho”

Entonces mi conclusión fue, aquí no hay nada que hacer. Voy a trabajar más para participar en la diversidad ministerial que el mismo Pablo VI, ese mismo año, en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, menciona. Habla de la diversidad de servicios necesarios en la Iglesia, además de los tradicionales tres ministerios ordenados. Me contenté con eso. Cuando en el 2017 salió el documento preparatorio elaborado por la secretaría para el Sínodo Regional de los Obispos sobre la región Panamasónica, que hablaba de hacer propuestas valientes, quedó por ahí también en el aire, el reconocimiento. Yo pensaba, no es que se los den, sino que reconozcan a las mujeres, algunos ministerios en la iglesia, sobre todo en la región amazónica, en donde son mujeres quienes están ejerciendo la labor de evangelización y de animación de las comunidades, allá donde nunca llegan los curas, o si llegan, es cada tres o cuatro años. Quienes mantienen la vida de una comunidad eclesial son las monjas.

En ese momento en el que había dejado de enseñar en una facultad de teología, me dije, esto no se puede quedar así. Fue entonces cuando recogí mis apuntes de clase y empecé a reelaborarlos para armar las propuestas valientes que nos interpelaban.

La consulta sinodal que hizo la red eclesial para la Amazonía escuchó las voces de al menos 23 mil personas, en ochenta y siete foros amazónicos y de otros lugares. En ellos se clamaba por una reforma en los ministerios eclesiales para reconocerle a las mujeres un lugar de responsabilidad, porque de hecho lo ejercen, pero de facto.

“Mi lectura también hacia cuestionar a mis estudiantes, y a más de uno de ellos inclusive le molestaba que una mujer enseñara sobre algo que correspondía únicamente a los hombres de iglesia.”

¿Qué pasó? En el Sínodo de los Obispos, que piensan como hombres de Iglesia, se preguntaban, “Pero ¿qué es lo que piden las mujeres? Pero si lo que están haciendo, ¿qué es finalmente lo que quieren? Es absurdo.”

Yo digo que no hicieron suficiente ruido teológico. Lo digo porque me lo documentaron mis amigos que estaban ahí en el Sínodo. Me dijeron, les faltó ruido. Se quedaron felices con solo participar. Y es cierto, por favor, estar dentro de un Sínodo de obispos es ya bastante logro para unas mujeres.

Por otra parte, era un momento en que estaban presentes los enemigos de Papa Francisco, porque hay un grupo que lo ataca con todas las armas. Lo llaman hereje. No solamente dentro de la Iglesia, desde fuera hay quienes lo consideran un tipo peligroso. El gobernador de New Hampshire en días pasados lo llamó: “ese socialista argentino” Es la manera como se lo ve, sobre todo desde Estados Unidos. Hay un grupo que criticaba al Papa, sobre todo porque decían que cómo era posible que objetos provenientes del paganismo estuvieran dentro del Vaticano y dentro de la Basílica de San Pedro. Aludían a los representantes del mundo Amazónico y sus indumentarias étnicas. Les parecía que eran disfraces indebidos. El caso es que había muchos otros disfrazados. Finalmente, todo el aparato litúrgico tiene unos atuendos que, no nos digamos mentiras, son también disfraces.

Se llegó tanto que inclusive se robaron una estatua de la Pachamama y la tiraron al Tíber. Fue una manera de desacralizar y ofender.

Creo que todo ello fue un ambiente que puso al Papa en prevención. Aunque el documento final que elaboraron los obispos durante el Sínodo más o menos decía, démosles algún reconocimiento a los ministerios femeninos, pero jamás la ordenación.

Durante el Sínodo y en los espacios del chismorreo en los alrededores, muchos de los obispos brasileros estaban claramente a favor de la ordenación de mujeres, pero se les atemorizó y el Papa no podía dar un paso más adelante.

JZ: Decía que había dos cosas finales sobre este primer capítulo. La segunda tiene que ver con Jesucristo. Yo sé, y me parece legítimo que cada sector, que cada estudioso recurra a aquellos elementos más favorables para defender su posición. Creo que es un rasgo humano. Más allá de eso ¿realmente Jesucristo tenía una relación particular con las mujeres por el solo hecho de que son las mujeres las que lo vieron primero resucitado?

IC: Usted lo ha dicho. Digamos que entre las muchas rupturas que el hombre Jesús de Nazaret hace con su entorno está el haber permitido que las mujeres fueran discípulas, cosa que no era permitido en el mundo de los maestros de la ley. Él es un maestro de la ley que interpreta y enseña durante el período en que las mujeres no se podían sentar a los pies de un rabino y lo hicieron a los pies de Jesús.

Número uno. Número dos: Jesús rompe con muchas de las prácticas del mundo judío. Por ejemplo, las prácticas de pureza ritual prohibían que un hombre se dejase tocar por una mujer y a Jesús lo toca una mujer. No podían entrar a la casa de un extranjero. Y Jesús va a la casa de un extranjero. No podían trabajar el sábado y Jesús dice, el hombre no se hizo para la ley, sino la ley se hizo para el hombre. El Evangelio muestra ese debate que se da entre los defensores de la ley judía y Jesús, que los contradice.

Es muy llamativo que, en la mañana de la resurrección, cumpliendo con un rito que era propio de las mujeres, embalsamar a un cadáver y que no lo hayan podido hacer en su momento. Ellas se fueron al sepulcro y no lo encontraron. Hay varios relatos que son en realidad confesiones de fe para decir que Jesús resucitó y que vive en una realidad diferente, que es la vida del Resucitado.

Los discípulos estaban escondidos, muertos del miedo, porque si al Maestro lo habían matado, ellos seguían después. Las mujeres, en cambio, no tuvieron miedo. Pero resulta que el capítulo se transforma en una historia de misoginia de los padres de la Iglesia. La manera como ellos se expresan de las mujeres es aterradora, se las culpa a todas como la personificación de Eva, que es la causante de todos los males.

Sí, llama mucho la atención que ese hecho fundacional se oscurezca y a María Magdalena le van a armar una historia que la convierte en una prostituta. Juntan varios relatos del Evangelio y la convierten en la prostituta arrepentida. Y la iconografía la exhibe con llagas y prácticamente desnuda. Son dos personajes diferentes de la tradición ¿Para qué? No nos digamos mentiras, para ocultar el hecho principal. No creo que lo hicieran por maldad. Es la mentalidad la que estaba ahí de por medio, en la que los hombres fueron educados y las mujeres contribuyeron a esa educación, obviamente, que impedía ver estos hechos aislados, que son fundamentales y fundacionales.

La palabra apóstol significa enviado, los doce fueron enviados. Pero María Magdalena también fue enviada, la primera enviada a contar la buena nueva. Por eso recientemente se ha empezado a hablar de ella en un proceso que busca devolverle la honra, en reconocerla como la primera apóstol.

¿Qué pasa? Las mujeres ocupaban un lugar de inferioridad con respecto a los hombres. Pero resulta que ha habido un cambio. Juan XXIII hablaba de los signos de los tiempos. Esta nueva presencia de las mujeres en la sociedad, codo a codo, hombro a hombro, construyendo la sociedad y ejerciendo en todo por todas partes. No únicamente cargos de segundonas de servicio.

Yo entiendo que cuesta trabajo estos cambios, porque las mutaciones de mentalidad son muy difíciles. Suponen una conversión, una transformación cultural. Pero de ahí a decir, como lo deja abierto la palabra de Pablo y luego Juan Pablo lo repita, que es sabia decisión del Creador del universo excluir a las mujeres, es desconocer que los hechos se producen alrededor de contextos históricos. Es simplemente desconocer la historia.

JZ: Le hago la próxima pregunta porque usted es una teóloga latinoamericana. Entonces, estoy pensando en Puebla y Medellín, en la opción preferencial por los pobres, que son los que más están padeciendo la pandemia de la Covid-19. ¿Qué tiene que decir la fe en estos momentos a esa gente?

IC: Creo que no es tanto decir, sino hacer. Es acompañar el dolor por las pérdidas de los seres queridos. Un acompañar solidario para ayudar a satisfacer las necesidades que padecen. Atravesamos un momento muy doloroso, muy duro, que afecta al bolsillo, al diario vivir de muchas familias.

Me parece que no nos podemos quedar simplemente en el cuidado personal, sino apoyar la satisfacción de las necesidades básicas. Hay algo que a mí me ha llamado mucho la atención, sobre todo al principio de la pandemia, en el momento del comienzo del confinamiento. Cuando nos cogió de imprevisto este virus mortal. Lo recuerdo como un proceso para ir entendiendo lo que estaba pasando. Me llamó mucho la atención la invitación de cuídese usted, para cuidar luego a los demás. Eso es puro evangelio. El Evangelio es poner al otro en primer lugar antes que a mí. Obviamente me cuido yo, pero sobre todo cuido a los demás y lo hago por mi responsabilidad. De modo que ahí hay un acto de fe.

Creo que es prioritario para quienes creemos la invitación de Jesús a reconocer su presencia en los que están al borde del camino y en este caso son los pobres.

JZ: Es ampliamente conocida la crisis de la Iglesia, gravísima en Europa menos en América Latina, pero está allí. ¿Qué debemos hacer para superarla?

IC: Primero, que la Iglesia es la mediación entre la propuesta de Jesús y las circunstancias personales del aquí y del ahora. Creo firmemente en el anuncio que hizo Jesús de que no nos dejaría huérfanos, que el Espíritu estaría presente y acompañándonos. A pesar de tantas calamidades uno dice, pero ¿cómo ha podido superar la Iglesia estos capítulos borrascosos de su historia? Hay crisis porque creo que hay un proceso de cambio, de transformación. Creo en el Papa Francisco y profundamente en su voluntad de introducir cambios que son difíciles de conseguir. Él está en la cúpula del poder de esta iglesia, rodeado también de personas a quienes les cuesta trabajo aceptar las transformaciones. El Papa habla de la conversión eclesial, es decir, no quiere quedarse solo con un cambio en la Iglesia, que tiene que modificar las estructuras, también aspira a un compromiso mayor con aquellos que necesitan nuestra solidaridad.

JZ: Tengo la certeza de que no sólo es la jerarquía la que mira con desdén la labor de las teólogas. También lo hace una parte significativa, no todos, por cierto, pero de los pares, de los teólogos que miran con recelo, hasta el día de hoy, la labor, el pensamiento, las reflexiones de las teólogas. ¿Es posible, si no prever, auspiciar un futuro distinto?

IC: Es que les cuesta mucho trabajo aceptar una mujer como dialogante cuando han estado acostumbrados a ser lo que suele llamarse la iglesia enseñante y la iglesia obediente de la verdad. Entonces que podamos hablar de igual a igual los altera. No están preparados para eso. Ahora no solamente hay temores, recelos, inclusive rechazo entre los teólogos, sino entre las teólogas, porque hay algunas que sienten que las cosas están bien así, que para qué hay que cambiarlas. Y los cambios solamente se producen cuando uno reconoce que las cosas como están no están bien.

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