La historia contemporánea sugiere que Karl Polanyi tiene razón: los grandes avances de la internacionalización capitalista promueven grandes saltos económicos y tecnológicos, pero al mismo tiempo aumentan geométricamente las desigualdades en la distribución de la riqueza entre naciones y clases sociales. Y como consecuencia, al final de los grandes "ciclos de globalización", el descontento de las masas aumenta y se generaliza, y las revueltas sociales y las reacciones nacionalistas se multiplican en todo el mundo.
Esto es exactamente lo que él llamó el "doble movimiento" de las sociedades de mercado. Pero si esto parece ser cierto, no es verdad que estas "inflexiones reactivas" tengan siempre un sesgo progresista o revolucionario. Por el contrario, nunca han sido homogéneas, y pueden tomar direcciones radicalmente opuestas, lo que hace imposible deducir teóricamente y prever de antemano la orientación ideológica y el desarrollo concreto que tomará cada una de estas revueltas, y estas explosiones nacionalistas.
Basta con mirar lo que ocurrió en las primeras décadas del siglo XX, cuando las grandes masas se echaron a la calle en toda Europa, como reacción contra el aumento de la desigualdad y la miseria que crecía a la sombra de la acelerada internacionalización capitalista de las últimas décadas del siglo XIX, a lo que se sumaron las catástrofes sociales provocadas por la Primera Guerra Mundial, por la Gripe Española y por la crisis financiera y económica que comenzó a finales de los años 20 y se prolongó hasta el inicio de la Segunda Guerra Mundial.