democraciaAbierta: Analysis

Disciplina fiscal en Brasil, una letanía interminable

Brasil necesita un gobierno con poder para transmitir su apuesta definitiva por una sociedad más justa e igualitaria y superar la eterna batalla entre los economistas liberales y los desarrollistas

José Luís Fiori
8 diciembre 2022, 6.42pm

CBD, centro financiero, Bela Vista, São Jorge, en la Avenida Paulista, de noche, .São Paulo, Brasil

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Image ID: EAKA1W / Alamy

El debate económico sobre la cuestión del "equilibrio fiscal" es tan antiguo y repetitivo que a veces se asemeja a una polifonía medieval, en la que las voces se turnan para repetir una y otra vez las mismas frases y acordes, como si se tratara de un mantra, o de una "letanía interminable".

La redacción puede cambiar con el tiempo, pero la esencia de los argumentos es siempre la misma, desde hace más de 200 años. Ya sea del lado de los liberales o monetaristas, que defienden el imperativo absoluto del "equilibrio fiscal", o del lado de los desarrollistas o keynesianos, que consideran que el crecimiento económico requiere políticas fiscales menos rígidas y más expansionistas.

Aunque antiguo, este debate nunca tuvo ni tendrá una conclusión clara y definitiva, sencillamente porque no se trata de un desacuerdo académico o puramente científico, y en él intervienen siempre intereses de "agentes económicos" y clases sociales a menudo antagónicos y excluyentes. Además, para confundir aún más el debate, la historia demuestra que, en distintas circunstancias, las mismas políticas económicas pueden tener resultados completamente diferentes, según el poder y el grado de soberanía de cada gobierno.

Pocos economistas son capaces de reconocer y aceptar que éste nunca ha sido un debate teórico, y que en el ámbito de la política económica no existen verdades absolutas. Por el contrario, cualquier decisión que se tome implicará siempre un arbitraje político, que deberá hacerse en función de los objetivos estratégicos y los intereses particulares que cada gobierno se proponga defender o priorizar.

No hay más que ver el caso del actual gobierno paramilitar y ultraliberal brasileño, que fue apoyado incondicionalmente por el mercado financiero y sus economistas "ortodoxos", que nunca se alarmaron ni protestaron cuando el gobierno superó su propio "techo fiscal" en más de 700.000 millones de reales (US$135.000 millones). Muy diferente del comportamiento alarmista que han adoptado recientemente ante las primeras medidas sociales anunciadas por el gobierno progresista que acaba de ser elegido, y cuyo coste ni siquiera se acerca al "gasto electoral" apoyado por los militares, sus economistas y todo el mercado financiero.

En Brasil, esta "polifonía inconclusa" comenzó ya en la segunda mitad del siglo XIX, con la oposición entre los "metalistas" y los "papelistas", y sus diferentes puntos de vista sobre el gasto público y la "neutralidad del dinero".

Una divergencia que duró todo el siglo XX, colocando de un lado a los monetaristas, ortodoxos o liberales, como Eugenio Gudin, Roberto Campos y sus discípulos; y del otro, a los estructuralistas, keynesianos o desarrollistas, como Roberto Simonsen, Celso Furtado y todos sus discípulos, hasta nuestros días.

Fue en el vano intento de incorporar y conciliar a los dos bandos que Getúlio Vargas inauguró una solución práctica que luego se convirtió casi en una regla de los "gobiernos desarrollistas", incluso conservadores, colocando a un "monetarista" o "fiscalista ortodoxo" en el Ministerio de Hacienda, y a un "desarrollista" o "derrochador", en la presidencia del Banco de Brasil, y tras su creación, en el Ministerio de Planificación.

Esta disyuntiva se la han planteado todas las potencias territoriales que se propusieron aumentar su producción de excedentes económicos para expandir sus territorios

Esta disputa, sin embargo, comenzó mucho antes de las penurias brasileñas. No por casualidad, la obra fundacional de la Economía Política publicada por William Petty se titulaba "Tratado sobre Impuestos y Contribuciones", y fue publicada en 1662 para dar cuenta de los desequilibrios entre "ingresos" y "responsabilidades fiscales" de la Corona inglesa, envuelta en ese momento en varias guerras sucesivas con Holanda, y poco después, en una prolongada disputa militar con Francia.

Y lo mismo puede decirse de la obra más famosa de Adam Smith, "La riqueza de las naciones", publicada en 1776, en el momento exacto en que Gran Bretaña se enfrentaba al problema de la gran "pérdida fiscal" de su principal colonia norteamericana.

Si nos remontamos aún más en el tiempo, descubriremos que esta misma pregunta o disyuntiva se la han planteado todos los grandes imperios o potencias territoriales que se propusieron aumentar su producción de excedentes económicos para expandir sus territorios.

Releamos brevemente un episodio de la historia china, paradigmático y ejemplar, que puede ayudarnos a aclarar nuestro argumento central sobre esta vieja polémica que vuelve a rondar la escena política brasileña. En el siglo XIV, tras un largo periodo de fragmentación territorial y guerras intestinas, China experimentó un gran proceso de centralización del poder, bajo la dinastía Ming (1368-1644), responsable de la reorganización del Estado chino y de un verdadero renacimiento de su cultura y civilización milenarias.

También fue responsable del inicio de un movimiento expansivo de China en varias direcciones, dentro y fuera de su espacio geopolítico inmediato, especialmente durante el reinado del emperador Yung-Lo. Todo ello hasta la muerte del emperador en 1424, cuando China suspendió sus expediciones marítimas y todas sus guerras de conquista continental. Un cambio de rumbo que sigue siendo hoy una de las grandes incógnitas de la historia universal. Cuesta creerlo, pero aquel cambio de rumbo -verdaderamente histórico- estuvo asociado, de un modo u otro, a una "disputa fiscal" similar a las que se reproducen hasta hoy en nuestro entorno económico.

Para entender lo que decimos, remontémonos al reinado de Yung-lo (1360-1423), que fue uno de los emperadores chinos con mayor visión estratégica y expansionista de China. Fue él quien terminó las obras del Gran Canal, que conectaba el mar de China y la antigua capital, Nanjing, con la región más pobre del norte del imperio, y quien decidió construir una nueva capital, que se convirtió en Pekín.

Un gigantesco "proyecto de desarrollo" que movilizó y empleó durante muchos años a miles de trabajadores, artesanos, soldados y arquitectos chinos. Además, Yung-Lo extendió la hegemonía china -política, económica y cultural- en todas direcciones, más allá de las fronteras territoriales de China, e incluso hacia los mares del Sur, el océano Índico, el golfo Pérsico y la costa africana.

Fue durante su reinado cuando el almirante Cheng Ho dirigió seis grandes expediciones navales que alcanzaron las costas de África, cuando los portugueses acababan de llegar a Ceuta. Pero a lo largo de su reinado, las políticas "desarrollistas" del emperador Yung-Lo se enfrentaron a la feroz oposición de la élite económica china, encabezada por su propio ministro de Finanzas, Hsia Yüan-Chi, implacable defensor del "equilibrio fiscal". Incapaz de lograr una conciliación, el emperador Yung-Lo hizo arrestar al ministro en 1421.

Pero poco después el emperador murió en una batalla, y su sucesor, el emperador Chu Kao-Chih, sacó al viejo ministro de la cárcel y lo reinstaló en el Ministerio de Finanzas, con plenos poderes para suspender todas las obras y expediciones de Yung-Lo, todo en nombre de la necesidad de recortar gastos para contener la inflación y mantener la credibilidad del imperio. Y así fue como el Imperio Ming perdió su aliento expansivo y se encerró en sí mismo, cayendo en un aislamiento casi total durante casi cuatro siglos.

No se puede decir que la victoria de la postura "fiscalista" del ministro Hsia Yüan-Chi frente a la postura "expansionista" del emperador Yung-Lo retrasara 600 años la expansión global de la economía y la civilización chinas. Pero se puede afirmar con toda certeza que la victoria política y la imposición de las ideas "contencionistas" del ministro de Finanzas chino durante el reinado del emperador Chu Kao-Chin cambiaron radicalmente el curso de la historia de China después de 1424.

En aquel momento, como dijo un historiador inglés, "para llevar adelante la estrategia 'desarrollista' de Yung-Lo habría hecho falta una sucesión de líderes con su misma visión vigorosa y estratégica, la visión de un constructor de imperios que no tenía seguidores".

De esta auténtica "fábula china" pueden extraerse al menos dos lecciones principales: La primera es que cualquier "opción contencionista" a corto plazo implica opciones más dramáticas con consecuencias a largo plazo que pueden afectar a las trayectorias futuras de un pueblo e incluso de una civilización, como en el caso chino; y la segunda es que el éxito de una "opción expansionista" depende casi por completo de la existencia de un gobierno y un bloque de poder capaces de sostener esta opción durante un periodo prolongado de tiempo, guiados siempre por una "visión vigorosa y estratégica", como dice el historiador inglés.

Para avanzar en una dirección más expansionista, Brasil necesita un gobierno con disposición y poder para transmitir a la sociedad y a sus "agentes económicos" su opción definitiva e ineludible por la conquista de una sociedad más justa e igualitaria, aunque se enfrente a la resistencia de los "operadores del mercado" (que, en conjunto, no suman más del 1% de la población brasileña, incluso incluyendo al personal que hace el café y limpia sus oficinas).

De una vez por todas, debe entenderse que esta pequeña minoría afortunada de la población no siente ningún tipo de responsabilidad material o moral por la "calidad de vida" del 30 al 40% de los brasileños que pasan hambre y viven en la miseria o en la indigencia total.

De hecho, la mayor parte de la burguesía empresarial brasileña no necesita y nunca necesitó aliarse con su propio pueblo para obtener éxito con sus negocios y aumentar sus ganancias privadas, que crecen geométricamente incluso en períodos de bajo crecimiento del PIB nacional.

Es como si hubiera en Brasil dos universos paralelos y absolutamente incomunicables: en uno viven los pobres, los parados, los indigentes y los "condenados de la tierra" en general; y en el otro vive una burguesía muy satisfecha, campechana o cosmopolita, pero ambos igualmente de espaldas a su propio pueblo.

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