A menos de un mes de las elecciones generales del 2 de octubre, parece que las cosas no van bien para el actual presidente Jair Messías Bolsonaro. Para empezar, el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva mantiene una fuerte ventaja (44% frente al 33% del 31 de agosto). Y las cartas que han estado guardadas en la manga se están jugando ahora.
Sin embargo, si se examinan de cerca, esas cartas revelan más sobre los viejos problemas sistémicos de la política brasileña y también sobre cuestiones globales que sobre las posibilidades reales del hombre que se jactó de que "todo puede pasar".
El 1 de septiembre, el Tribunal Permanente del Pueblo (TPP) condenó a Bolsonaro por crímenes de lesa humanidad por las (anti)políticas de la Covid-19 que provocaron la muerte de al menos 100.000 personas (de hecho, el número oficial de muertos supera los 683.300). El juez Eugenio Zaffaroni aceptó que "hubo intencionalidad por parte de Jair Bolsonaro detrás de las muertes durante la pandemia". No sólo eso, sino que hay tantas pruebas de genocidio contra los pueblos originarios que recomendó que el caso se remitiera a la Corte Penal Internacional y, de hecho, el abogado de la Asociación de Pueblos Indígenas, Mauricio Terena, confirmó que va a La Haya.