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El buen negocio de ser mal perdedor en Mexico

El poder (mal habido) de los candidatos derrotados en México.

El buen negocio de ser mal perdedor en Mexico
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“Este país no avanza con procesos electorales, avanza con movilizaciones sociales.”

-Andrés Manuel López Obrador


Las noches electorales marcan para los candidatos en liza el final de un ciclo político y el inicio de uno nuevo. Para el triunfador es el principio de facto de su gobierno. El perdedor, sin embargo, tiene dos opciones. Una es aceptar su derrota e irse a su casa sin más, a lamerse las heridas y jugar con los nietos. “¿A qué le supo la derrota?”, le preguntaron alguna vez a Francisco Labastida Ochoa, candidato presidencial derrotado en las elecciones mexicanas de 2000. “¿A dolor, tristeza?” “No. Me supo a tequila”, respondió. La otra opción para el perdedor es no conceder la derrota y retar el orden constitucional. “¡Al diablo con sus instituciones!”, exclamó en 2006 el hoy presidente de México Andrés Manuel López Obrador (AMLO) cuando el Tribunal Electoral confirmó su derrota en las elecciones de ese año. Sobre esta última opción versa este artículo.