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Covid-19 y el nuevo caos global

A partir de las luchas de nuestro tiempo, es necesario un movimiento global para disputar los rumbos de este nuevo momento alterglobalización. Sólo así podremos movernos de una globalización destructiva a un “pluriverso”.

Breno Bringel
18 June 2020
Huelga Nacional en Colombia: una manifestante corta el tráfico frente a la fiscalía contra el gobierno del presidente Ivan Duque, el 15 de junio de 2020 en Bogotá, Colombia.
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Sebastian Barros/NurPhoto/PA Images

Podríamos definir el actual momento como de caos global. El caos no implica la ausencia total de algún tipo de orden, sino que evoca la turbulencia, la fragilidad y la indefinición geopolítica contemporánea ante los múltiples “riesgos globales” y destinos posibles.

La imprevisibilidad y la inestabilidad pasan a ser la regla y eso se refiere no sólo a la mayor volatilidad ante amenazas, sino también a la propia dinámica de las fuerzas políticas y del capitalismo contemporáneo.

El orden mundial que emergió con la caída del Muro de Berlín buscó extender la democracia formal en el mundo (por más que las principales potencias la desestabilizara y la interrumpiera siempre que juzgaban conveniente) de manos dadas de la globalización neoliberal en una especie de “social-liberalismo global”.

Se creó una narrativa de “prosperidad” y de “estabilidad” mundial que confinaba la democracia al capitalismo. Esta estrategia está hoy en entredicho ante las apuestas de que el mercado internacional pueda seguir manteniéndose bien incluso con las derivas autoritarias, los neofascismos y las constantes violaciones de derechos individuales.

Si la pandemia produce una inflexión geopolítica, es necesario discutir algunas de las principales tendencias y representaciones geopolíticas emergentes, bien como los escenarios en disputa a nivel global. Este es el foco de este artículo.

Ni desglobalización ni el fin de la globalización capitalista

No estamos, como posturas precipitadas argumentan, ante el fin de la globalización y la emergencia de la “desglobalización”, aunque sí posiblemente frente al fin de la globalización capitalista as we know it.

El grado de radicalización de la expansión territorial y financiera del capital a lo largo de las últimas décadas fue posibilitado por la construcción de un gran acuerdo capitaneado por Occidente – con Estados Unidos a la cabeza (por más que su hegemonía esté cada vez más mermada)–, que permitió construir una narrativa dominante de crecimiento, sintonizada con la expansión sin límites de las empresas transnacionales y el beneplácito de diversos grupos de poder y de organizaciones nacionales e internacionales.

Su despliegue se dio, como es conocido, bajo la retirada de cualquier tipo de barreras ante una gramática de desregulación, flexibilización y liberalización que afianzó el neoliberalismo en el mundo, a la vez que destrozaba el medioambiente y el tejido social. Junto a eso, vino un proceso de disputa cultural para arraigar la globalización neoliberal como un modelo no sólo económico, sino también societal.

Posturas “antiglobalistas” y nacionalistas emergen a doquier, sea en el corazón del sistema, en las “potencias emergentes” o en países periféricos, tratando de reorganizar el capitalismo de manera más cerrada y autoritaria

A pesar de las feroces críticas del movimiento alterglobalización y de una diversidad de resistencias territoriales - y por más que la crisis de 2008 haya destapado la dimensión más trágica y letal del capitalismo financiero y de la globalización –, la respuesta no fue una alternativa a eso, sino una radicalización del modelo.

Las pérdidas fueron socializadas con toda la población y los Estados aplicaron políticas de ajuste y austeridad, mientras salvaban a los bancos, quienes, a su vez, privatizaron los beneficios. La globalización capitalista pudo así seguir su curso de acumulación y expoliación, profundizando el modelo extractivista.

El escenario reciente, amplificado en tiempos de pandemia, parece ser algo distinto: entre diferentes sectores de la derecha y la extrema derecha, posturas “antiglobalistas” y nacionalistas emergen a doquier, sea en el corazón del sistema, en las “potencias emergentes” o en países periféricos, tratando de reorganizar el capitalismo de manera más cerrada y autoritaria.

No hay una estrategia o un rumbo unívoco. De hecho, Luis González Reyes y Lucía Bárcena muestran cómo los tres principales nodos de la globalización capitalista están siguiendo estrategias diferentes: Estados Unidos promueve políticas proteccionistas, a la vez que fortalece la guerra comercial con China que, así como la Unión Europea, busca reforzar las cadenas económicas globales, aunque lo hacen de maneras distintas. En el primer caso, impulsando un ambicioso plan de expansión económica, en el cual destaca la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda; en el segundo, con negociaciones comerciales e inversiones bilaterales.

Mientras tanto, el comercio internacional, las privatizaciones y los flujos de capitales pueden tropezar con más regulaciones públicas propuestas por actores diversos; la dependencia de insumos y de productos de otros países (visible en la pandemia con las mascarillas o los respiradores, pero cuya realidad se amplía, en muchos casos, a productos esenciales), está llevando a muchos países a revisar sus políticas de cara al futuro, pensando en la autosuficiencia o, al menos, en reducir la dependencia.

Las estrategias de especialización y de internacionalización de la producción, por otro lado, se están reelaborando y los Estados centrales y las empresas transnacionales se están reorganizando, con inversiones crecientes en tecnologías como la robotización o la inteligencia artificial.

El mundo parece, por lo tanto, caminar en el corto plano no a la desglobalización, sino hacia una globalización capitalista más descentrada, reticular y ultra-tecnológica.

Las cadenas globales de valor tenderán a reorientarse, aunque seguramente sigan teniendo bastante peso. El entramado institucional supranacional diseñado para facilitar las lógicas de acumulación, a su vez, puede perder fuerza ante una trama económica y política más compleja de acumulación en las ciudades y en redes jerárquicas.

No todo son novedades, pero la pandemia puede acelerar y consolidar cambios geopolíticos que ya venían precipitándose durante la última década. Este es el caso del fortalecimiento relativo de China que, aunque tendrá un papel más decisivo en el sistema mundial, está lejos de convertirse, en el corto plazo, en un hegemón.

Parece difícil que una nueva gobernanza global de la salud pueda emerger

La brecha entre centro y periferia, por otro lado, tiende a aumentar todavía más, debido tanto a la centralidad del desarrollo tecnológico como a la recesión económica, que ha solido acompañarse de un recetario macroeconómico conocido y nefasto para los países del Sur.

Estos escenarios y tendencias refuerzan que el orden geopolítico vigente estará previsiblemente marcado por una mayor rivalidad en el sistema interestatal, desconfianza entre actores políticos y económicos, pero también por la profundización, por parte de los actores dominantes, de la militarización global, que podrá fortalecer el caos sistémico.

Parece difícil que una nueva gobernanza global de la salud pueda emerger, tanto por el papel vacilante de la OMS como por la propia falta de compromiso de los Estados. Las organizaciones internacionales y multilaterales de todo tipo tampoco han estado a la altura de la tragedia de la pandemia, sea por silencio, incapacidad o incongruencia. Precisamente por ello, necesitan reinventarse, como argumentaron recientemente Bernabé Malacalza y Mónica Hirst en Nueva Sociedad.

La mayoría de los bloques regionales salen fragilizados y, en algunos casos, desmantelados y sin autoridad moral ante la pandemia. Este es el caso de la Unión Europea que durante la crisis sanitaria global perdió la oportunidad de erigirse como una alternativa al fracaso de la respuesta a la pandemia de Estados Unidos, pero también frente al modelo centralizado y autoritario chino.

Las fisuras y las asimetrías al interior del bloque volvieron a aflorar, dificultando la coordinación hacia dentro y la proyección hacia fuera. Ya aquellos proyectos regionales que intentaban hace unos años proyectarse en América Latina como regionalismos contra-hegemónicos, tales como la UNASUR, la CELAC y el ALBA-TCP, han pasado casi desapercibidos en la pandemia y no han tenido envergadura suficiente para construir cualquier respuesta política supranacional relativamente bien articulada.

En el caso donde sí funcionaron mínimamente, como en el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), eso ocurrió principalmente con el objetivo de intercambiar informaciones y coordinar políticas de estímulo al comercio y a los negocios. De esta manera, en algunos casos, la pandemia puede suponer el entierro definitivo de algunos proyectos regionales. En otros, el regionalismo tenderá a reorganizarse en función de los cambios geopolíticos y geoeconómicos más amplios.

Entre la contención del virus y la contestación social: shock nacional y alternativas locales

Durante la pandemia, los sentimientos nacionales se movilizaron masivamente y el Estado interventor fue reivindicado hasta por los neoliberales. Emergió una especie de “Leviatán sanitario transitorio”, como bien planteó Maristella Svampa. Con él vinieron, en buena parte de los casos, las políticas de protección social y sanitaria, pero también los militares en las calles, los estados de emergencia en los que todo se suspende y la instalación de una peligrosa narrativa bélica.

Hay una frontera muy tenue entre eso y las prácticas autoritarias

Y es que la vigilancia permanente –de las formas más clásicas a los rastreos digitales y drones–, el control y el manejo de big data, los nuevos dispositivos de reconocimiento facial y otras formas sofisticadas de control social no se están profundizando sólo para combatir a un virus. Medidas de concentración de poder adoptadas para combatir la Covid-19 pueden incluso ser necesarias para posibilitar el atendimiento público de la salud y la “protección” de la población. Sin embargo, hay una frontera muy tenue entre eso y las prácticas autoritarias.

Las respuestas estatales han sido diversas, variando también según los perfiles de los regímenes políticos. En algunos casos, primó un capitalismo de Estado autoritario, mientras en otros la cara más social del Estado se asomó. Sin embargo, buena parte de los análisis sobre la gestión estatal de la crisis buscaron subrayar los casos de “éxito” y de “fracaso”.

La variable principal, para ello, fue la contención de los casos de contagiados y de muertos. Por supuesto, puede haber estrategias más acertadas que otras y casos en los que el negacionismo, unido a la incompetencia (en esto es difícil ganarle a Bolsonaro y a Trump), ofrece la peor cara de la respuestas ofrecidas. Pero no podemos olvidar que en el caso de los Estados dependientes de la periferia y la semiperiferia mundial, las dificultades para afrontar la pandemia son todavía mayores: sistemas de salud pública prácticamente inexistentes, derecho al agua socavado, viviendas precarias y ultrapobladas en las periferias urbanas y capacidades estatales limitadas.

No obstante, la importancia del Estado y de lo nacional coexistió con una fuerte revalorización de los lugares y de la escala local. En todo el mundo proliferaron una serie de iniciativas locales que trataron de generar dinámicas de apoyo mutuo y de construir barrio y comunidad con el objetivo de dar respuestas colectivas desde abajo a partir de las necesidades cotidianas de las personas.

Ante la dificultad de protestar en las calles en varias partes del mundo, buena parte de los análisis sobre las resistencias en tiempos de coronavirus han tendido a subrayar el rol clave del activismo digital, pero también la creatividad de los movimientos sociales para generar espacios y propuestas innovadoras.

La prensa, como de costumbre, suele mirar a la parte más visible de las acciones ciudadanas y de los movimientos sociales, como los flash mobs, cacerolazos o peticiones electrónicas. Pero si bien ésta ha sido una parte importante de las acciones de contestación durante la pandemia, es fundamental observar también lo que se mueve por debajo de la superficie de lo visible, como la auto-organización y la protección de los trabajadores que han tenido que seguir trabajando, sea por cuestiones de sobrevivencia o por que sus tareas entran en aquello que son considerados “servicios esenciales”.

A pesar de las restricciones y dificultades inherentes a la protesta, la revuelta siempre se puede desplegar a través de algún evento catalizador, incluso en momentos improbables como una pandemia. Este fue el caso del brutal asesinato el 25 de mayo de 2020 de un hombre afroamericano, George Floyd, por un policía blanco en Minneapolis, que desató un ciclo de protestas antirracista sin precedentes en Estados Unidos desde las luchas por los derechos civiles en los años 1960, impactando todo el mundo.

Las posibilidades de morir por el racismo estructural son mayores que por el coronavirus, lo cual ha hecho que la protesta en tiempos de pandemia se relativice

Aunque se diga habitualmente que la población con edad más avanzada son los más vulnerables al coronavirus, los acontecimientos recientes han dejado claro que ser afroamericano en Estados Unidos (o negro en Brasil) sí significa pertenecer a una “población de riesgo”. En otras palabras, las posibilidades de morir por el racismo estructural son mayores que por el coronavirus, lo cual ha hecho que la protesta en tiempos de pandemia se relativice.

Más allá de las carencias materiales y de lo inmediato, la apuesta de muchos grupos y colectividades por lo comunitario y por la reconstrucción del vínculo social en tiempos de profunda individualización de la sociedad ha sido uno de los rasgos más significativos. Se buscó también visibilizar la desigualdad en el reparto de los cuidados, la solidaridad y la soberanía alimentaria y energética. El confinamiento de 1/3 de la población mundial sirvió, asimismo, para difundir un mensaje en el que las feministas llevan tiempo insistiendo: el cuerpo también debe ser considerado como una escala.

Pero la escala local no ha sido importante sólo en un sentido transformador no institucional y, en algunos casos, anti-institucional. En los países que no lograron impulsar medidas contundentes para todo el territorio nacional, hubo un fuerte pulso con líderes locales y regionales que, junto con las iniciativas extraoficiales, asumieron el protagonismo institucional del combate a la pandemia. En otros casos, municipalidades progresistas buscaron también impulsar y fomentar plataformas colaborativas de cuidado o tomaron directamente las riendas de la gestión de la crisis.

Este “nuevo regreso” de los lugares y su centralidad para las resistencias sociales y los movimientos sociales en tiempos de coronavirus, no nos puede llevar a volver a caer en dicotomías que parecían ya superadas, pero que vuelven a circular ampliamente hoy, como que la escala global es el lugar del capitalismo y la escala local el locus de las resistencias.

Como he insistido en varias ocasiones, en las últimas dos décadas las luchas sociales localizadas han sido las más globalizadas o, si se prefiere, son los movimientos territorializados aquellos que más lograron internacionalizarse.

Esto fue así, por ejemplo, en el caso de los movimientos campesinos e indígenas desde los años 1990, pero también con las diversas experiencias reunidas alrededor del movimiento alterglobalización y de justicia global y ambiental. Sin embargo, la emergencia de lo que he definido como una nueva “geopolítica de la indignación global”, durante la última década, parece haber llevado a una menor intensidad de densidad organizativa entre las luchas sociales en el mundo.

Que la protesta se expanda globalmente, o mejor, por diferentes países del mundo, no quiere decir necesariamente que se esté globalizando en un sentido fuerte

Que la protesta se expanda globalmente, o mejor, por diferentes países del mundo, no quiere decir necesariamente que se esté globalizando en un sentido fuerte, es decir, que se esté articulando con lazos sólidos y construyendo una respuesta realmente global al sistema-mundo capitalista.

Por un lado, hay que distinguir entre acciones globales y movimientos globales. Por otro, ante el planteamiento de que estaríamos ante nuevas culturas políticas sin tanto arraigo internacionalista, como sugiere un artículo reciente de Christophe Ventura y Didier Billion, habría que profundizar más en el debate sobre los cambios en la “forma-movimiento” y en las modalidades de activismos hoy en el mundo. Aunque sigan coexistiendo con formatos más tradicionales, nos obligan a cuestionar lentes previas para captar desplazamientos cognitivos, generacionales e identitarios, con repercusiones importantes sobre las prácticas de resistencia, las articulaciones políticas y las concepciones y los horizontes de transformación social.

Escenarios geopolíticos tras la crisis sanitaria: recuperación, adaptación o transición

En la geopolítica clásica hubo un fuerte “geodeterminismo” en el sentido de la disposición de las acciones políticas a las condiciones ambientales o de los lugares. Sumado a eso, el antropocentrismo imperante en la modernidad permitió que la expansión territorial y la acumulación del capital no tuviese límites desde que el hombre lograra “domesticar” la naturaleza y los recursos naturales.

Aunque los límites ecosistémicos ya fueron ultrapasados desde hace tiempo, la pandemia parece abrir una inflexión en lo que se refiere a la centralidad que adquiere el medioambiente y los escenarios geopolíticos posibles vis-à-vis los modelos sociales y económicos.

Tres proyectos diferentes disputan en el debate político contemporáneo los rumbos del mundo post-pandemia:

  • el business as usual, centrado en el crecimiento del PIB, en un desarrollismo depredador y en la búsqueda de nuevos nichos de mercado para salir de la crisis, a partir de políticas de ajuste que exigen, una vez más, el sacrificio de todos para maximizar el beneficio y el lucro de unos pocos;
  • el “Green New Deal”, que aunque surge inicialmente hace una década en el ámbito ecologista del Reino Unido, gana más resonancia en los últimos años a partir de una propuesta de diputados demócratas en Estados Unidos para generar reformas sociales y económicas que llevarían a una transformación del sistema energético. Se difunde, asimismo, muy rápidamente durante la pandemia, con apropiaciones diversas de empresas, organizaciones internacionales y de la propia UE que está creando su propio “European Green Deal”;
  • el cambio de paradigma hacia una nueva matriz económica y ecosocial, propuesto por movimientos ecologistas más combativos y diversos sectores anticapitalistas que apuestan por el decrecimiento y medidas más rupturistas como la única alternativa posible.

Estos proyectos parecen llevarnos a tres escenarios posibles que no se dan de forma “pura” y pueden imbricarse de múltiples maneras, aunque todos ellos tienen su lógica propia: la recuperación de la lógica más agresiva del crecimiento económico, la adaptación del capitalismo a un modelo “más limpio”, aunque desigual socialmente; o la transición hacia un nuevo modelo ecosocial y económico.

Frente a estos proyectos y escenarios es importante preguntarnos sobre las implicaciones de cada uno de ellos. La implementación del “business as usual” supondría un fortalecimiento todavía mayor de la globalización militarizada, de la biopolítica del neoliberalismo autoritario y de un modelo de expoliación destructivo que llevaría previsiblemente a escenarios todavía más catastróficos, entre los que se incluyen guerras y la profundización de la crisis ecosocial. La “vuelta a la normalidad” o incluso “la nueva normalidad” son discursos que justifican y avalan este tipo de escenario, apoyándose en la angustia de buena parte de la población por recuperar su sociabilidad y/o su empleo.

En el caso de la adaptación a un capitalismo verde, se prevén reajustes geopolíticos y geoeconómicos profundos. Según esta visión, ya no es suficiente sólo con un maquillaje verde, que empezó con la Cumbre de la Tierra de 1992 en Río de Janeiro, y con la “adjetivación” del desarrollo como “sostenible”. Ahora habría que dar un paso más.

Y sabemos que si el capitalismo acepta darlo, no lo hace necesariamente por el medio ambiente, sino por que ésta puede ser una vía para maximizar las ganancias. Las nuevas estrategias de coexistencia entre la acumulación del capital con el imaginario ambientalista podrán dar más margen de autonomía a la política local, pero podrían, igualmente, profundizar las desigualdades Norte/Sur y el racismo ambiental.

Pero hay que ser justos: este escenario mayormente “adaptativo” vive todavía una fuerte disputa. Por un lado, parte importante de las colectividades dominantes, principalmente en Occidente, entienden que es un camino a seguir. Por otro, fuerzas políticas que defienden la justicia social y la sostenibilidad buscan tensionarlo de varias maneras hacia una ruptura y una reconfiguración integral.

Es el caso de propuestas que reivindican, desde el Sur, la “descolonización” de la lógica del Green New Deal; o que dialogan críticamente con sus presupuestos, pero aterrizándolos en otras realidades como la latinoamericana, dándole más centralidad al Estado y a las contribuciones de las luchas populares con el objetivo de fomentar, como sugieren Maristella Svampa y Enrique Viale, un gran pacto de justicia ecosocial y económica que pueda servir para algunas realidades nacionales y como base de imprescindibles diálogos Norte/Sur.

En un momento en el que los intentos de salida capitalista a la crisis se unen a autoritarismos políticos crecientes, es fundamental generar plataformas democráticas y transformadoras amplias.

Finalmente, el tercer escenario es el más difícil, pero también el más necesario para que el medioambiente no sea sólo, once again, una bandera para salvar el capitalismo, sino para salvar la humanidad y el planeta. Son los propios movimientos sociales, las experiencias territoriales y una diversidad de luchas y frentes populares y político-intelectuales quienes impulsan este escenario, tensionando los límites de las narrativas del capitalismo verde. La transición hacia un cambio de matriz ecosocial es un horizonte de varios movimientos sociales hoy. Sin embargo, éste difícilmente podrá darse sólo por la vía del autonomismo. Tampoco lo hará si todas las fichas se depositan en la vía estatal.

En un momento de inflexión sistémica en el que los intentos de salida capitalista a la crisis se unen a autoritarismos políticos crecientes, es fundamental generar plataformas democráticas y transformadoras amplias que articulen activistas, ciudadanos comprometidos y organizaciones sociales con el objetivo de frenar la destrucción de ecosistemas y las múltiples desigualdades visibilizadas con la crisis de la Covid-19.

No hay una receta, pero sí una multiplicidad de estrategias de desenganche de la globalización capitalista y de articulación de una nueva globalización de luchas translocales. Muchas ya están en marcha y buscan reinventar las solidaridades transnacionales y el internacionalismo militante, ampliando los horizontes de futuro.

Con este espíritu nasce el pasado 2 de junio de 2020 la propuesta de un Pacto Ecosocial del Sur, de carácter latinoamericano, apoyado una semana después de su puesta en marcha por más de 1.400 personas y 300 organizaciones. Uno de los puntos centrales de la iniciativa es la articulación de la justicia redistributiva con la justicia ambiental, étnica y de género.

Para ello, se combinan propuestas concretas, difundidas también en varios otros ámbitos (tales como la transformación tributaria solidaria, la anulación de las deudas externas de los Estados y una renta básica universal), con horizontes más amplios asociados a la construcción de economías y sociedades postextractivistas, el fortalecimiento de espacios comunitarios, de cuidado y de información/comunicación desde la sociedad.

Avanzar en esta dirección exigirá sacrificios y cambios drásticos que van de lo personal (cambio de hábitos, reducción del consumo o disminución de viajes) a lo más macro (políticas que posibiliten la relocalización de los alimentos y un cambio en el sistema alimentario o el decrecimiento en sectores como el petróleo, el gas y la minería), pasando también por las relaciones de trabajo y la vida social como un todo.

También implica resistir territorialmente buscando nuevas formas de articulación, conexión e inteligibilidad dentro del mapa global de luchas emergentes. O, en otras palabras, articular, a partir de las luchas de nuestro tiempo, un movimiento global para disputar los rumbos de este nuevo momento alterglobalización. Sólo así podremos movernos de una globalización destructiva a un “pluriverso”. Sólo así otros mundos posibles podrán emerger.

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