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Durante los embriagadores días de la Asamblea Constituyente finalizada con la proclamación de la nueva Constitución de 2008, se figuró mucho lo que sería la nueva economía de país – la del Buen Vivir. La economía de un nuevo mundo feliz: respeto por el medio ambiente, el combate contra la desigualdad y la posibilidad de salir de la pobreza serían los pilares de ese nuevo mundo. Uno de los motores de esa nueva economía, se dijo, sería el turismo – en particular, el turismo comunitario. Pero algo salió mal, y no sólo con la Constitución.
Para lograr que el turismo comunitario despegase resultaba esencial que el país hiciera esfuerzos por dejar atrás su dependencia del petróleo y otros proyectos extractivos. Se trataba de pensar de otro modo, de estimular nuevas formas de economía tales como las que parecían celebrarse en la nueva Constitución. No sucedió así. Claro está, hay carreteras nuevas y buenas, hay proyectos hidroeléctricos, hay nuevos hospitales todo necesario, pero insuficiente. Los grandes planes para construir una economía basada en el turismo, la tecnología, el conocimiento, la biodiversidad se quedaron truncos.