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A dos años de la elección de Bolsonaro: Brasil en una campaña perpetua

Bolsonaro continúa comportándose como si estuviera fuera del “sistema”, alejándose consistentemente de cualquier evento que pueda no ser favorable a su popularidad.

Katerina Hatzikidi
10 November 2020
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, saluda a sus seguidores después de una ceremonia en Brasilia, Brasil, 27 de octubre de 2020
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Andre Borges/NurPhoto/PA Images

El 28 de octubre pasado se cumplieron dos años del certamen electoral que catapultó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil. Aunque el gobierno se ha esmerado en mostrar el trabajo que ha venido haciendo desde entonces, poniendo énfasis en sus proyectos de infraestructura, su combate contra el narcotráfico y la expansión de la agroindustria, los brasileños enfrentan altísimas tazas de contagio por Covid-19 y una aumentación sin precedentes de incendios forestales y de la deforestación. Con las elecciones municipales cada vez más cerca, Bolsonaro ha abandonado su disposición inicial de no apoyar candidatos a alcaldías y consejos municipales – temiendo que una eventual derrota pueda dañar su propia imagen – y ha patrocinado públicamente unos cuantos rostros, principalmente en las ciudades más grandes del país. Este vuelco, lejos de ser una maniobra política heterodoxa, resulta en realidad bastante congruente con el enfoque flexible que viene adoptando el presidente en materia de gobernanza, y que parece dar prioridad a la popularidad y a las alianzas estratégicas por encima de la planificación y la coherencia.

Propenso al populismo, Bolsonaro supo presentarse como un candidato “antisistema”, capaz de hacer frente a las elites culturales y políticas y poner término a las dolencias que aquejaban a la política. En efecto, a pesar de su dilatada carrera como consejero y parlamentario, que se iniciara en 1989, Bolsonaro no solo logró distanciarse de la imagen mancillada del hombre político en un momento en que el país fue sacudido y afrentado por la revelación de una serie de escándalos de corrupción, sino que, al subrayar su pasado militar e invitar al general retirado del Ejército Hamilton Mourão a integrar su papeleta, se reposicionó efectivamente fuera del establishment político.

Ahora bien, dos años después de su elección, Jair Bolsonaro continúa comportándose como si estuviera fuera del “sistema”, alejándose consistentemente de cualquier evento que pueda no ser favorable a su popularidad. Determinado a conservar el apoyo de su base “ideológica” más leal y a expandir su electorado más allá de los grupos que votaron por él en 2018, el presidente brasileño se empecina en cultivar su imagen de outsider; de quien se debate para gobernar con seriedad a pesar de los múltiples obstáculos y trabas que enemigos de toda índole ponen en su camino. En su esfuerzo por forjarse la imagen de un honesto y humilde “soldado”, un servidor que trabaja en aras de su país y su pueblo, Bolsonaro no duda en renegar de las decisiones tomadas o en evadir la responsabilidad de sus propios actos, prefiriendo muy a menudo culpar a terceros.

A este respecto, su manejo de la epidemia de Covid-19 resulta paradigmático. Ante el nuevo virus, la actitud inicial de Bolsonaro fue restarle importancia y minimizar sus efectos. “Ya pasó lo peor”, afirmaba de manera optimista el 5 de mayo. La “gripecita” aquella, no obstante, tuvo efectos mucho más devastadores de lo que el presidente estaba preparado a admitir y, en buena parte por la ausencia de políticas de prevención a nivel nacional, Brasil se transformó rápidamente en uno de sus epicentros mundiales de propagación. Bolsonaro presentó entonces al pueblo brasileño un falso dilema entre la protección de vidas humanas y la de la economía. Escogió la segunda, arguyendo que se trataba del único camino a seguir, puesto que una buena parte de la población que trabaja en los sectores informales no podría de todos modos quedarse en casa y confinarse.

Sí promovió en cambio, y con insólito fervor, la administración de la cloroquina, un medicamento para combatir la malaria cuya eficacia contra el coronavirus no ha sido aún probada. En un análisis de los mensajes de Bolsonaro en Twitter entre enero y abril de 2020, sólo se encontraron dos menciones del “aislamiento social” y del “cuarentena” – las únicas medidas efectivas de prevención conocidas hasta el momento – y 20 mensajes acerca de las “milagrosas” propiedades de la cloroquina, carentes todavía de certificación científica. La cloroquina y la hidroxicloroquina serían más tarde puestas a disposición a través del sistema de salud pública (SUS) para tratar en un primer momento a los pacientes con síntomas severos de coronavirus y luego también a los de menor gravedad, previo consentimiento de estos y del cuerpo médico. El presidente prefirió en resumidas cuentas la “receta mágica”, queriendo ofrecer una solución instantánea para un problema complejo, en lugar de aventurarse por rumbos menos populares o de más largo plazo, con beneficios probados.

La introducción de un bono de auxilio durante la pandemia no solo contribuyó a hacer remota la posibilidad de una destitución, sino que elevó la popularidad de Bolsonaro al 40 %

Fueron las autoridades locales las que tuvieron que decidir en definitiva a qué procedimientos recurrir. Así pues, alcaldes y gobernadores debieron implementar las medidas de distanciamiento social como mejor les pareciera. Esto produjo un conflicto entre el ejecutivo y los gobernadores de cada estado, lo cual se tradujo en mensajes contradictorios a la población con respecto a los mecanismos de cuarentena y otorgó a Bolsonaro la oportunidad para achacar la responsabilidad del catastrófico manejo de la crisis sanitaria y sus gravísimas repercusiones económicas a las autoridades locales. Cuando no era la culpa de los gobernadores, era de la Organización Mundial de la Salud o de China. Nunca de Bolsonaro.

Al mismo tiempo, el presidente ha estado trabajando arduamente con el fin de consolidar las alianzas en el Congreso y en el Tribunal Supremo Federal. En la primera mitad del año, Bolsonaro fue vehementemente criticado por su postura ante la pandemia, así como por su participación en manifestaciones antidemocráticas y anticonstitucionales. Las mociones de destitución en su contra fueron ganando terreno. Además, la dimisión de Sergio Moro, quien lo denunciara por obstrucción a la justica e intención de interferir en la labor de la policía federal, remeció la dinámica interna del gobierno y acaparó por algún tiempo prácticamente toda la atención pública. Bolsonaro, que rompió filas con el partido que lo llevó al poder y no tiene actualmente ninguna afiliación partidaria, concedió favores a políticos de carrera de un grupo de partidos de centroderecha conocido como Centrão, en un intento por asegurar su defensa en caso de iniciarse un proceso de destitución.

Pero muchas cosas han cambiado desde entonces; entre otras, la entrega de un bono de auxilio destinado a trabajadores informales y desempleados, que no solo contribuyó a volver mas bien remota la posibilidad de una destitución, sino que reforzó incluso la popularidad de Bolsonaro hasta un 40 % – cifra que no alcanzaba desde el inicio de su mandato. Entretanto, su decisión de nombrar a Kássio Nunes Marques en el Supremo Tribunal Federal indignó a su base “ideológica”, que esperaba ver en su lugar a algún representante de la línea dura del conservadurismo cristiano. En un intento por apaciguar su descontento, Bolsonaro aseguró a sus adeptos que pronto nombraría un segundo juez, al fin, como lo había prometido, alguien “terriblemente evangélico”, y los instó – con tono mesiánico – a confiar en él aunque desaprobaran sus decisiones o no entendieran sus motivos.

Bolsonaro ha empujado a Brasil a una campaña perpetua que amenaza con trivializar la intolerancia y comprimir el espacio democrático frente a la discrepancia y la posibilidad del diálogo

En lo que muchas veces pareciera ser una interminable campaña electoral, Bolsonaro hace constantemente guiños a preocupaciones que movilizan a su base – como cuando se refirió a la “cristianofobia” en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas a principios de este año –, manteniendo a su electorado implicado, pero respondiendo también con presteza a sus demandas. Aunque no anuló su decisión de nombrar a Nunes Marques en el Supremo Tribunal Federal – decisión favorablemente acogida por gran parte de la clase política por su moderación–, sí desacreditó públicamente al Ministro de Salud, general de división Eduardo Pazuello, después de que este anunciara un acuerdo entre el gobierno federal y el estado de São Paulo para comprar 46 millones de inyecciones de la vacuna CoronaVac, actualmente desarrollada por la empresa farmacéutica china Sinovac y producida en Brasil por el Instituto Butantan. “Ya la mandé a cancelar”, dijo Bolsonaro, en un esfuerzo por garantizar a su “base ideológica” que no se comprarían “vacunas chinas” bajo su supervisión, combinando su exaltada retórica anticomunista con las políticas gubernamentales para combatir la pandemia.

Pero Bolsonaro no busca complacer exclusivamente a su base – ya menos o más consolidada –, sino que se dedica activamente a apelar a diferentes segmentos socioeconómicos de la población que pueden contribuir a reelegirlo en 2022. La popularidad de Bolsonaro ha crecido especialmente en las regiones del Sur y del que fuera hasta hace poco un tradicional bastión de oposición, el Noreste. El bono de auxilio de emergencia (600 BRL mensuales, vale decir aproximadamente 90 euros), implementado a regañadientes por el gobierno, que insistía inicialmente en limitarlo a 200 BRL por mes (aprox. 30 euros), mejoró significativamente las condiciones de vida en las zonas económicamente más desfavorecidas de Brasil, y contribuyó a aumentar la tasa de aprobación del presidente entre aquellos cuyos ingresos son iguales o inferiores al salario mínimo.

Este idilio del presidente con el Noreste se refleja en sus frecuentes visitas a la región, documentadas en detalle en sus perfiles de las redes sociales. Sin embargo, aunque intenta ganar a los nordestinos y dejar atrás una historia de declaraciones cargadas prejuicios contra la región y su gente, sus esfuerzos resultan a menudo torpes. En una reciente visita a Maranhão, cuyo gobernador, el comunista Flávio Dino, tiene fama de no ser del gusto de Bolsonaro, el presidente desató una nueva controversia al hacer una broma homofóbica que asociaba el color rosado de una popular bebida gaseosa maranhense con el hecho de ser gay. Dino prometió demandar al presidente, quien más tarde se disculpó por su “inocente” salida, sugiriendo haber sido (una vez más) tergiversado.

Atravesar una coyuntura política extremadamente difícil con la mirada puesta en las elecciones presidenciales de 2022 puede resultar una estrategia ventajosa para la apuesta de Bolsonaro por la reelección; también puede ser perjudicial para la estabilidad democrática del país. Con diferencias que amenazan con volverse factores de polarización, la continua campaña electoral está facilitando la acentuación de posicionamientos políticos radicales, la necesidad de tomar una posición “con nosotros” o “contra nosotros”. La caza de brujas anticomunista al estilo de la guerra fría, que surgió con fuerza durante el juicio político de la presidenta Dilma Rousseff en 2016 y se intensificó durante la campaña presidencial de 2018, sigue siendo relevante en la “radicalización permanente” en la que estriba la perenne campaña electoral de Bolsonaro, junto con cuestiones como la estructura familiar tradicional, los valores del conservadurismo cristiano y un “patriotismo” que estima antipatriótica toda disidencia.

Bolsonaro ha empujado a Brasil a una campaña perpetua que amenaza con trivializar la intolerancia y comprimir el espacio democrático frente a la discrepancia y la posibilidad del diálogo. En medio de un clima político hostil, las instituciones democráticas brasileñas tienen que seguir luchando contra su erosión desde adentro y demostrar que son más fuertes que los desafíos que actualmente encaran.

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