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A dos años de la elección de Bolsonaro: Brasil en una campaña perpetua

Bolsonaro continúa comportándose como si estuviera fuera del “sistema”, alejándose consistentemente de cualquier evento que pueda no ser favorable a su popularidad.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, saluda a sus seguidores después de una ceremonia en Brasilia, Brasil, 27 de octubre
El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, saluda a sus seguidores después de una ceremonia en Brasilia, Brasil, 27 de octubre de 2020
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El 28 de octubre pasado se cumplieron dos años del certamen electoral que catapultó a Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil. Aunque el gobierno se ha esmerado en mostrar el trabajo que ha venido haciendo desde entonces, poniendo énfasis en sus proyectos de infraestructura, su combate contra el narcotráfico y la expansión de la agroindustria, los brasileños enfrentan altísimas tazas de contagio por Covid-19 y una aumentación sin precedentes de incendios forestales y de la deforestación. Con las elecciones municipales cada vez más cerca, Bolsonaro ha abandonado su disposición inicial de no apoyar candidatos a alcaldías y consejos municipales – temiendo que una eventual derrota pueda dañar su propia imagen – y ha patrocinado públicamente unos cuantos rostros, principalmente en las ciudades más grandes del país. Este vuelco, lejos de ser una maniobra política heterodoxa, resulta en realidad bastante congruente con el enfoque flexible que viene adoptando el presidente en materia de gobernanza, y que parece dar prioridad a la popularidad y a las alianzas estratégicas por encima de la planificación y la coherencia.

Propenso al populismo, Bolsonaro supo presentarse como un candidato “antisistema”, capaz de hacer frente a las elites culturales y políticas y poner término a las dolencias que aquejaban a la política. En efecto, a pesar de su dilatada carrera como consejero y parlamentario, que se iniciara en 1989, Bolsonaro no solo logró distanciarse de la imagen mancillada del hombre político en un momento en que el país fue sacudido y afrentado por la revelación de una serie de escándalos de corrupción, sino que, al subrayar su pasado militar e invitar al general retirado del Ejército Hamilton Mourão a integrar su papeleta, se reposicionó efectivamente fuera del establishment político.

Ahora bien, dos años después de su elección, Jair Bolsonaro continúa comportándose como si estuviera fuera del “sistema”, alejándose consistentemente de cualquier evento que pueda no ser favorable a su popularidad. Determinado a conservar el apoyo de su base “ideológica” más leal y a expandir su electorado más allá de los grupos que votaron por él en 2018, el presidente brasileño se empecina en cultivar su imagen de outsider; de quien se debate para gobernar con seriedad a pesar de los múltiples obstáculos y trabas que enemigos de toda índole ponen en su camino. En su esfuerzo por forjarse la imagen de un honesto y humilde “soldado”, un servidor que trabaja en aras de su país y su pueblo, Bolsonaro no duda en renegar de las decisiones tomadas o en evadir la responsabilidad de sus propios actos, prefiriendo muy a menudo culpar a terceros.