Queda ya menos de un año para que brasileños y brasileñas se pronuncien sobre una eventual reelección de Jair Bolsonaro. A medida que los comicios presidenciales de octubre próximo se avecinan, todo indica que el presidente de la extrema derecha, cuya popularidad sufrió un franco revés tras su disparatada gestión de la crisis de la covid-19, tendrá que hacer frente a un arduo desafío para imponerse en las urnas.
Su principal inconveniente es Luiz Inácio Lula da Silva (Lula, como se le conoce popularmente). A la cabeza del gobierno entre 2003 y 2010, Lula fue juzgado por presunta corrupción y condenado a más de nueve años de prisión en 2017. La condena, no obstante, sería anulada por un juez del Tribunal Supremo tres años más tarde, en marzo de 2021, lo que dejó al candidato de la centro-izquierda en libertad para emprender una nueva campaña presidencial.
El carácter dicotómico de la elección salta a la vista. En los medios de comunicación brasileños la batalla entre Bolsonaro y Lula ha sido retratada a menudo en términos de una “polarización”. El voto por este o aquel es visto como un asunto puramente emocional, una disyuntiva cuya resolución en uno u otro sentido empujaría al país hacia los extremos del espectro político. Son varios sin embargo los comentaristas que creen percibir un camino intermedio, el de la así llamada “tercera vía”, representada por un candidato presuntamente “moderado”, la mejor opción —según afirman— para el futuro del país.