El sábado 14 de agosto, los haitianos se despertaron en medio de una pesadilla que ya conocían: un terremoto de 7,2 de magnitud azotaba el suroeste del país dejando más de 2.000 muertos y cerca de 10.000 heridos, en cifras provisionales facilitadas por la oficina de Protección Civil de Haití.
A tan solo semanas del asesinato de su presidente, Jovenel Moïse, que sigue pendiente de esclarecimiento, esta nueva crisis vino a sumarse a una nación ya previamente devastada.
Después del terremoto la situación en el territorio ha sido desesperada. El gobierno haitiano no está en posición de ofrecer ayuda a los damnificados y la ayuda internacional no se ha visto como en el pasado. A eso se suma que muchas de las iglesias, lugares que habitualmente acogen a quienes se han visto afectados por los desastres, están en ruinas.