Si algo nos ha enseñado la pandemia de Covid-19, es la relevancia de los instrumentos de gobernanza globales. En este último año y medio, observamos que desafíos globales y complejos —como la pandemia misma— no pueden ser resueltos por ningún país en solitario, al mismo tiempo que sufrimos la fragilidad de los mecanismos de integración global y regional actuales. América Latina necesita (re)construir instrumentos de coordinación regional, pero con un nuevo enfoque que impulse un estilo de gobernanza que sea multilateral, multinivel y multiactoral.
Un mundo desordenado
Desgraciadamente, la pandemia irrumpió en un mundo desordenado, en el que predominan dos procesos que se refuerzan recíprocamente: el progresivo declive del multilateralismo liberal y la creciente rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China.
Por un lado, el declive del multilateralismo liberal ya venía poniéndose en evidencia con mayor fuerza luego de la crisis económica del 2008. Este orden internacional se construyó sobre la base del sistema de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), las instituciones incluidas en los acuerdos de Bretton Woods y otras instituciones como la Organización del Tratado del Atlántico Norte y la Organización Mundial de la Salud (OMS). A pesar de los distintos avatares que adoptó, por casi 70 años esta arquitectura institucional sentó las bases, en palabras de John Ikenberry, de “un orden internacional multifacético y extenso, organizado en torno a la apertura económica, las instituciones multilaterales, la cooperación en materia de seguridad y la solidaridad democrática”.