Las carpas estaban armadas y todo el campamento estaba de pie. Las ollas en la cocina tenían aún estos de huevo, dejando rastros inconfundibles de un lugar recién habitado.
Pero los madereros ya habían huido. Probablemente alguien les advirtió de que los Guardianes de la Amazonía estaban cerca.
Cuando Paulo Paulino Guajajara llegó a la escena, su expresión era de tristeza, seguida de indignación.