El espectáculo se montó meticulosamente, en magníficos escenarios y con una coreografía técnicamente perfecta.
Primero fue la reunión bilateral entre Joe Biden y Boris Johnson, los líderes de las dos grandes potencias que han estado en el centro del poder mundial durante los últimos 300 años. La firma de una nueva Carta Atlántica fue la forma simbólica de reafirmar la prioridad de la alianza angloamericana frente a los demás miembros del G7 y sus cuatro invitados, que se reunieron los días 11 y 12 de junio en una playa de Cornualles, al sur de Inglaterra, como un ritual del regreso de Estados Unidos al liderazgo de la "comunidad occidental" después de los años aislacionistas de Donald Trump.
Luego, los siete gobernantes se reunieron nuevamente en Bruselas, en la cumbre de la OTAN encargada de redefinir la estrategia de la organización militar euroamericana para las próximas décadas del siglo XXI. Y allí mismo, en la capital de Bélgica, el presidente estadounidense se reunió con los 27 miembros de la Unión Europea por primera vez desde el Brexit y, por tanto, sin la presencia de Gran Bretaña. Finalmente, para coronar este verdadero tour-de-force de Joe Biden en territorio europeo, el nuevo presidente de Estados Unidos tuvo un encuentro cinematográfico con Vladimir Putin en un palacio del siglo XVIII, en medio de un pinar, a orillas del lago Lemán, en Ginebra, Suiza.