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Crear enemigos para poder (des) gobernar Brasil

Bolsonaro ha expresado su xenofobia porque las ONG extranjeras han sido fuentes de denuncia internacional de su política ambiental depredadora y negligente con respecto a la crisis climática derivada del calentamiento global. English

Jean Wyllys
30 July 2019
Marcha de mujeres diversas, Brasil 2015. Wikimedia Commons.

"Tenemos una profunda repulsión a los que no son brasileños", dijo Jair Bolsonaro al referirse a las organizaciones no gubernamentales (ONG) extranjeras que actúan en Brasil en defensa del Amazonas y los pueblos indígenas, amenazados por una política ambiental depredadora e insostenible por parte de su gobierno.

Esta frase impactante se vuelve aún más grave porque proviene del Presidente de la República y no de uno de sus milicianos anónimos en las redes sociales. Sin embargo, parte de la prensa comercial ha tratado esta manifestación expresa de xenofobia y racismo como si solo fuese una declaración "polémica". Quizás esta parte de la prensa esté entumecida por la secuencia de estupideces de Bolsonaro (la declaración xenófoba se produce poco después de que el presidente insultase a los gobernadores del noreste de Brasil y, por lo tanto, a todos los habitantes del noreste con palabras y estereotipos racistas) o tal vez, simplemente, esta parte de la prensa sea cínica.

La xenofobia de Bolsonaro debe ser abordada de una manera más seria de lo que lo ha hecho ha prensa. Primero, porque habló en plural ("Tenemos una profunda repulsión por quien no es brasileño"), como si su aversión a los extranjeros fuera compartida por todos los brasileños y brasileñas. A los líderes fascistas les gusta hablar en nombre del "pueblo", de las mayorías, mientras crean y señalan a sus enemigos, pero en realidad solo hablan en nombre de sí mismos y de aquellos que constituyen sus gobiernos dictatoriales, autocracias o teocracias.

Pero la mayoría de los brasileños no rechazan a los extranjeros. El país es el resultado de italianos, japoneses, alemanes, sirio-libaneses, turcos, españoles, chinos, senegaleses, haitianos e inmigrantes de países de América Latina y el Caribe, por no mencionar a los portugueses, los primeros extranjeros en colonizar las tierras brasileñas y a traer al país, como esclavos, extranjeros provenientes de África subsahariana.

Todos lo sabemos, ya sea por haber estudiado la historia o por la experiencia empírica y, hasta que la extrema derecha no comenzó a surgir en la escena política durante el juicio político de la Presidenta Dilma Rousseff, siempre vivimos bien con esta diversidad cultural. Quiero creer que las personas de origen extranjero en Brasil, votaran o no por Bolsonaro, están ahora escandalizadas por esta declaración xenófoba. También espero que los miembros de la comunidad judía, que en su momento aplaudieron su racismo contra los negros quilombola durante la campaña electoral, ahora se hayan estremecido ante la promesa de Bolsonaro de que va a nombrar como presidente del Tribunal Supremo a alguien "terriblemente evangélico".

Al final, un evangélico fundamentalista no será tolerante con aquellos que no creen que Jesús es el Mesías, como es el caso de los judíos. En este sentido, la comunidad judía ha tenido hasta ahora suerte, si se la compara con las comunidades Umbanda y Candomblé, ya que. incluso antes de la llegada de un magistrado "terriblemente evangélico" al Tribunal Supremo, muchos terreros de Candomblé y los centros de Umbanda ya han sido violados por la milicia pro-Bolsonaro. Las sinagogas, hasta ahora, se han salvado de este horror, pero ¿hasta cuando?).

En segundo lugar, la repulsión del Presidente de la República hacia los extranjeros debe ser tratada como algo más grave, no sólo "polémico" porque, para Bolsonaro, se trata de una repulsión selectiva, de un "nacionalismo" para engañar a los incautos o personas ignorantes.

Lo que hace Bolsonaro es rechazar a aquello que le impide convertirse en el tirano ridículo de una república evangélica.

Hemos asistido a escenas vergonzosas del vasallaje de Bolsonaro y sus hijos en relación a Donald Trump. Si este personaje rechazara de verdad a todos a los extranjeros, no saludaría a la bandera de los Estados Unidos, ni pondría a nuestro Estado al servicio de los intereses económicos de las grandes corporaciones extranjeras o del bienestar de los estadounidenses y los europeos occidentales, mientras agrava el desempleo, el hambre, la violencia, el envenenamiento por pesticidas y el desastre ambiental que propicia en su propio país.

Por ejemplo Petrobras, bajo la administración de Bolsonaro, acaba de venderse, por casi nada, el 35% de BR Distribuidora a 160 inversores del Reino Unido, Canadá y los Estados Unidos. ¿A qué "repulsión" a extranjeros realmente se refiere? ¿Y por qué la prensa comercial no ha podido desenmascarar, de manera mas clara y enérgica, esta artimaña?

En verdad, Bolsonaro ha expresado su xenofobia solo porque las ONG extranjeras han sido fuentes de denuncia internacional de su política ambiental depredadora y negligente con respecto a la crisis climática derivada del calentamiento global. Afortunadamente, las ONG extranjeras aún pueden llevar a cabo estas denuncias, ya que las ONG brasileñas, así como las propias instituciones estatales, como INPE y Fiocruz, han sido silenciadas por el gobierno.

De hecho, lo que hace Bolsonaro es rechazar a aquello que le impide convertirse en el tirano ridículo de una república evangélica fundamentalista (y aclaro que no me refiero a todos los evangélicos ni a todas las iglesias evangélicas, sino a aquellos que, aunque se dicen "evangélicos", están muy lejos de las lecciones de Jesús en los evangelios y muy cerca de la práctica del mal).

En realidad, Bolsonaro, y los ideólogos de la campaña que le dio la victoria, saben que este fascismo no se mantiene solo, no (des)gobierna si no es apelando a la construcción permanente de un enemigo; a la política recurrente del "nosotros contra ellos".

En boca de Bolsonaro, estos pronombres ("nosotros" y "ellos") son significados vacíos que pueden llenarse de acuerdo con la necesidad de (des)gobierno: "Nosotros" los heterosexuales, "ellos" los LGBTs; "Nosotros" los sureños, "ellos" los norteños; "Nosotros" los blancos, "ellos" los negros; "Nosotros" los varones, "ellas" las mujeres; "Nosotros" los modestos y caseros, "ellas" las feministas; "Nosotros" los buenos ciudadanos, "ellos" los desamparados y los sin tierra; y así sucesivamente.

Hoy, el presidente de Brasil y sus secuaces saben que la fabricación permanente de enemigos ha dado resultado.

En cada ocasión, y utilizando diferentes dispositivos, especialmente mentiras y noticias falsas, estos pronombres se están llenando de los significados que mejor se adaptan al (des)gobierno fascista, de modo que los bolsonaristas están permanentemente movilizados y odiando a alguien o un grupo de personas. El odio es la principal emoción política que impulsa esta estrategia.

Articulado con una extrema derecha que emerge en otras partes del mundo y amenaza la civilización (no por casualidad, Bolsonaro perpetró su xenofobia unos días después de que Donald Trump les dijera a dos estadounidenses, una de origen mexicano, una de origen somalí, que regresaran a "sus países"), hoy, el presidente de Brasil y sus secuaces saben que la fabricación permanente de enemigos ha dado resultado, y en consecuencia, han sido hábiles y han trazado límites entre las personas para poder (des)gobernar mejor.

La gran contradicción de esta estrategia fascista está en que, en su fabricación del enemigo, debe otorgarle muchos poderes y tratarlo como imposible, o por lo menos muy difícil, de derrotar. Los extranjeros resulta que son todopoderosos para esta retórica. Esta es una contradicción que el fascismo no puede superar. Y es a partir de esto que podemos desmantelar la artimaña que líder Bolsonaro, y oponernos a la violencia que presupone.

¡Me repugnan los fascistas!

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Esta columna de opinión fue publicada originalmente en portugués en la Blogosfera de UOL. Para leer el contenido original, haga clic aquí

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