En un reciente debate con la historiadora Lilia Schwarcz, respondiendo a una de sus preguntas, volví a un tema ya abordado en mis dos libros más recientes, "Tempo bom, tempo ruim" (2015) y "O que será" (2019): la profunda relación entre la subjetividad LGBTQ y la homolesbotransfobia. Es decir, desde la primera infancia, cuando iniciamos y expresamos nuestras primeras identificaciones con las representaciones de los roles de género asignados a los sexos biológicos, los gays, lesbianas y transexuales estamos sometidos a diferentes expresiones de homofobia y/o transfobia, empezando por su expresión lingüística: la maldición, el insulto, el improperio: "maricón, sé hombre", "maricón, compórtate como una mujer".
De este modo, la subjetividad de los LGBTQ es inseparable de esta violencia que la estructura y le deja profundas heridas y traumas más o menos inconscientes. La más grave de estas heridas es la vergüenza y el odio a uno mismo y, en consecuencia, la vergüenza y el odio a los que son como uno.
Como toda psique quiere sobrevivir, gays, lesbianas y transexuales recurren primero inconscientemente y luego conscientemente a diferentes recursos para protegerse de esta violencia que no cesa y que opera en dos direcciones: de fuera a dentro y de dentro a fuera. El más común de estos recursos es el armario.