Por si la bruma del sudeste asiático, también conocida como "problema recurrente de contaminación atmosférica transfronteriza", no fuera suficiente, hay muchos otros recordatorios de lo perjudicial que es la industria del aceite de palma para este planeta.
Es bien sabido que las operaciones de tala masiva de la agroindustria del aceite de palma queman los bosques tropicales y causan la bruma que ennegrece el cielo, pero el daño se extiende mucho más allá. En Occidente, la oposición a esta destrucción suele ser bastante directa, en forma de boicots, protestas contra determinadas empresas, libros o artículos como éste, desde perspectivas externas que difieren mucho de las de las personas, especies y hábitats directamente afectados.
En primer lugar, en el llamado mundo desarrollado, por su asombrosa magnitud, que fomenta constantemente pautas de consumo derrochadoras establecidas por un mercado inundado de productos innecesarios que generan dinero. Entre ellos se incluyen, por nombrar algunos, casi todos los productos envasados que los occidentales utilizan a diario: mantequilla, margarina, cremas para untar, pan, cereales, tés, bebidas embotelladas, ofertas de cafeterías, comida rápida, comida para llevar, pizzas, comida para mascotas, perfumes, productos de belleza, productos de limpieza, aperitivos, galletas, chocolatinas, patatas fritas, pintalabios, champú, jabones, fideos, helados, chocolate, mostaza, comida para bebés, ketchup, mayonesa, Jack Daniels, postres envasados, Lea & Perrins, McDonalds, Nutella, alimentos dietéticos, leche de soja, bebidas Schweppes y biodiésel (que representa la mitad de las importaciones europeas de aceite de palma en 2018), que genera tres veces más emisiones de carbono que los combustibles fósiles. La gente cree que esos productos son el non plus ultra de una sociedad civilizada y hacen que los seres humanos sean excepcionales.