democraciaAbierta: Analysis

La invasión de Ucrania mueve el tablero geopolítico en Latinoamérica

A pesar de su lejanía geográfica, el conflicto europeo golpeó la región y dejó al descubierto las grietas entre los intereses de cada país

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Francesc Badia i Dalmases Juanita Rico
4 marzo 2022, 12.00am
Civiles evacuados a causa de la guerra en el este de Ucrania llegan a Kiev, el 3 de Marzo
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Mykhailo Palinchak/Alamy Live News

Por su carácter violento y sin precedentes desde la Segunda Guerra Mundial, la agresión rusa a Ucrania va a reconfigurar los espacios geopolíticos e ideológicos que venían definiendo el mundo desde el fin de la guerra fría. La batalla de Kiev no se libra ya entre el capitalismo y el comunismo, sino entre la democracia de corte liberal europeo y la tiranía de corte ruso-soviético.

Pero a veces la historia avanza más rápido que las mentes, y las tradiciones ideológicas heredadas son difíciles de actualizar cuando la realidad cambia súbitamente. Las heridas de las tropelías y violencias del imperialismo norteamericano en la región durante el siglo XX, y no digamos las del colonialismo europeo anterior y contemporáneo, están ahí y siguen vivas. Aún así, como es sabido, en América Latina como en todo el mundo, primero están los intereses, y luego todo lo demás.

Así, condicionados por estos factores, los gobiernos latinoamericanos se han pronunciado en los últimos días sobre la guerra entre Rusia y Ucrania.

El alejamiento de EE.UU de la región dejó un vacío que han llenado otros actores, desde el crimen organizado hasta los intereses chinos y rusos

Es clave entender de dónde vienen estos pronunciamientos, y sobre todo cómo y por qué se produjo el acercamiento entre algunos gobiernos del cono sur del planeta y el gobierno de Putin.

En febrero de este año, justo antes de la escalada del conflicto, el viceprimer ministro ruso, Yuri Borisov, estuvo de gira por varios países Latinoamericanos. Borisov se reunió con Nicolás Maduro, presidente venezolano, y con los líderes de Nicaragua y Cuba, tres regímenes apoyados por los rusos desde hace tiempo. Asimismo, Vladimir Putin, presidente ruso, se reunió con los presidentes de Brasil y Argentina, países tradicionalmente muy alejados de Rusia. Ambos mandatarios buscan negocios y ventajas con un interlocutor dispuesto a hacer negocios con tal de desestabilizar el orden establecido.

El alejamiento en las últimas dos décadas de Latinoamérica por parte de los Estados Unidos como potencia hegemónica, dejó un vacío que han venido llenando otros actores, desde el crimen organizado hasta los intereses chinos y rusos.

Tras unos titubeos iniciales, y a la vista de una peligrosa escalada del conflicto entre Rusia y Ucrania, Brasil y Argentina finalmente han condenado la invasión rusa. Sin embargo, hubo también una cierta ambivalencia, ya que ambos países se distanciaron de la constatación de que es una "invasión ilegal" merecedora de las más severas sanciones, algo fuertemente compartido entre los EE.UU. y la Unión Europea y que ha contado con la adhesión de países relevantes en la región, entre los que están Colombia, Ecuador, Costa Rica, Perú, y Chile, ordenados de derecha a izquierda.

Lo que dejan claro estas grietas es que, ante el escenario complejo y cambiante de la guerra en Ucrania, existe una cierta penetración e influencia rusa en América Latina y lo que ocurra en suelo ucraniano no será indiferente para la región y tendrá consecuencias políticas intrarregionales potencialmente irreparables. En las democracias, así sean imperfectas, la opinión pública, horrorizada por la creciente monstruosidad de la guerra, cuenta para los gobernantes, pero en las dictaduras no.

Dos de las capitales que han sido históricamente aliadas políticas de Rusia, Caracas y Managua, cortaron comunicación con Bogotá

Una muestra clara de hasta qué punto la situación afecta a las cancillerías es que dos de las capitales que han sido históricamente aliadas políticas de Rusia, Caracas y Managua, cortaron comunicación con Bogotá, la capital colombiana. Este tipo de disyuntivas diplomáticas y políticas vienen a incidir en tensiones ya de por sí graves para el hemisferio sur, como por ejemplo la compleja crisis humanitaria que ha desencadenado la gran ola de migración venezolana, que ha expulsado del país hacia otros países de la región, al sur y al norte, a mas de cinco millones de personas en los últimos años. A la espera de lo que acabe sucediendo en Ucrania, esta ola de refugiados es la más grande del mundo después de la de Siria.

Estas posiciones diversas y contrapuestas podrían, si persisten, retrasar la ya debilitada integración regional en Latinoamérica, que es clave para avanzar en su agenda de inserción internacional y para que pueda, como región, superar la crisis económica y social que agudizó la pandemia de la Covid-19. A pesar de sus esfuerzos, con esta guerra Putin no ha podido dividir a los 27 países de la Unión Europea, pero sí divide a la comunidad latinoamericana.

Con las cifras de contagios por Covid bajando cada vez con mayor consistencia en la región, se esperaba que la articulación entre bloques subregionales, como la Alianza del Pacífico y MercoSur, mejorara la interlocución entre países, algo que no funcionó con las vacunas, donde se produjo un "sálvese quien pueda" en la región, a diferencia otra vez de Europa, que mutualizó la compra y distribución de los antídotos. Ahora, estos escenarios de diálogo multilateral están detenidos y serán más difíciles de consolidar si se profundizan las grietas ideológicas que provoca la violenta invasión de Ucrania.

Latinoamérica responde

Tras la invasión, Rusia encontró en algunos países de Latinoamérica aliados irrompibles. Cuba, Venezuela y Nicaragua ya declararon su apoyo al Kremlin y legitiman la operación militar que lanzó Putin hacia Ucrania. Aún así, no se atrevieron a votar en contra de la resolución de la Asamblea de las ONU que condenaba la agresión rusa y a Cuba y Nicaragua votaron abstención, a lo que se unió Bolivia. El voto de Venezuela no se contabilizó, al no estar al corriente de sus cuotas.

En un mensaje televisado antes de la invasión Nicolás Maduro, presidente venezolano, hizo la siguiente pregunta: “¿Qué pretende el mundo? ¿Que el presidente Putin se quede con los brazos cruzados y no actúe en defensa de su pueblo?”. Abrazando la narrativa falsa difundida por la propaganda del Kremlin de que se trata de una “operación de militar de pacificación” para desnazificar Ucrania y defender a las minorías rusas, en ese mensaje premonitorio Maduro le hablaba directamente a Estados Unidos y a la OTAN del probable desenlace violento del conflicto ruso-ucraniano.

En una llamada telefónica con Putin transcrita por el Kremlin, Maduro “expresó un fuerte apoyo a las acciones decisivas de Rusia, condenó la actividad desestabilizadora de Estados Unidos y la OTAN y enfatizó la importancia de contrarrestar la campaña de mentiras y desinformación lanzada por los países occidentales”. Una vez iniciado el operativo ruso para invadir Ucrania, Maduro reafirmó su posición y emitió un comunicado en el mismo sentido de abrazar la propaganda del régimen ruso sin matices.

Hace solo un mes, el presidente argentino ofreció su país a Putin como la "puerta de entrada" a América Latina

La posición de Maduro está completamente alineada con la del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) que afirma que un despliegue militar es cien por ciento válido y que Rusia ha estado bajo la amenaza constante de potencias imperialistas, algo que resuena mucho en Venezuela. La posición del gobierno bolivariano, que sobrevive en parte gracias a los importantes créditos rusos, es tan ciega que el canciller Félix Plasencia dijo en su cuenta de Twitter que "la paz de Rusia es la paz del mundo", asumiendo que la invasión rusa no es otra cosa que una misión de paz..

Durante la escalada retórica que precedió a la guerra, Rusia incluso amenazó con desplegar misiles en Venezuela, que ya es un tradicional cliente de sus armas.

Otro gobierno que le dio un apoyo incondicional a Putin es el de Daniel Ortega en Nicaragua. Aplaudió la decisión del Kremlin de reconocer la independencia del Donbass y Lugansk y censuró las sanciones impuestas por Estados Unidos y la Unión Europea como respuesta a la invasión. La fraternidad entre los dos países es tal que, el mismo día en que Rusia empezó la guerra, el presidente de la Duma (parlamento) estatal, Viacheslav Volodin visitó Managua entre grandes muestras de cariño.

Otros países de la región, sin embargo, han sido rotundos en su oposición y condena a la invasión rusa a Ucrania. Los líderes de México, Colombia, Chile, Costa Rica, Perú y Ecuador han sido vehementes al decir que no están a favor de la guerra y que se oponen a la decisión de Putin. Aunque no han roto relaciones con Rusia, rechazan abiertamente la invasión.

Por su parte, el presidente brasileño Jair Bolsonaro, mantiene una posición ambigua. Según Bolsonaro, los intereses brasileños pasan por asegurar el suministro de fertilizantes rusos para la agricultura, -os fertilizantes rusos son algo "sagrado, llegó a decir- mientras se interesa por el apoyo del Kremlin a su campaña a las presidenciales de este próximo mes de octubre como demuestra su reciente visita al Kremlin.

De alguna manera, aunque por razones distintas, Argentina también se aproximó a Moscú; hace solo un mes , el 3 de Febrero, su presidente, Alberto Fernández, le agradeció a Putin en Moscú los envíos de vacunas “Sputnik”, y ofreció su país como la "puerta de entrada a América Latina". Hoy ese discurso se le ha atragantado, aunque sin evaporarse del todo, en tanto Fernández ha condenado la invasión y votado en contra de la invasión en la ONU, pero sin llegar a decir que romperá su relación con Putin. Para sectores de la vieja izquierda argentina, patria del Che Guevara, cualquier oportunidad de culpar al “imperialismo yankee” debe ser aprovechada, y las simpatías con Cuba, Venezuela y Nicaragua vienen de muy lejos.

Las posiciones encontradas de algunos líderes latinos dejan claro que las divisiones entre democracias liberales y autocracias son profundas en la región. Esta guerra en Europa, a pesar de suceder a muchos miles de kilómetros de los países del sur, puede acabar de resquebrajar las esperanzas de una integración regional real y de salir de la pandemia con estrategias coordinadas, algo que no sucedió durante la larga crisis de la Covid-19, hoy desaparecida entre el humo de las bombas que nublan Kiev.

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