La actitud antidemocrática de Jair Bolsonaro frente a las elecciones del 2 de octubre tiene a Brasil en alerta. Los brasileños parecen oscilar entre la confianza en sus instituciones democráticas, que han frenado las acciones antidemocráticas del presidente de manera efectiva, y el temor a que intente interferir en los comicios o a que rechace el veredicto de las urnas.
La campaña electoral empezó oficialmente este mes, dando lugar a los debates y pronunciamientos públicos que no han servido para apaciguar la preocupación existente. En su entrevista al Jornal Nacional, el noticiero más importante del país, el pasado lunes, Bolsonaro se rehusó a responder si aceptará los resultados de octubre. “Las urnas se respetarán mientras las elecciones sean limpias y transparentes”, contestó cuando el presentador preguntó si él “se compromete a respetar el resultado de las urnas sea cual sea?”.
En seguida, Bolsonaro argumentó que una investigación llevada a cabo por el partido PSDB en 2014 concluyó que las urnas electrónicas – que el presidente ataca consistentemente desde que empezaron las encuestas electorales que apuntan una clara victoria de Luiz Inácio Lula da Silva – no son auditables. Pero el propio PSDB determinó que no hubo fraude en esas elecciones, cuando su candidato perdió contra Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los Trabajadores (PT).