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Transición energética y ecológica: la necesidad, la utopía y la voluntad

El “desafío climático” y la “transición energética” siguen siendo proyectos eminentemente políticos, cuyo éxito depende casi en su totalidad de la conciencia de las personas y de la voluntad política de 200 Estados.

José Luís Fiori
17 November 2020
Activistas de Extinction Rebellion cubiertos de tinta negra durante una protesta frente a las oficinas corporativas de la petrolera Shell exigiendo el fin de la extracción de combustibles fósiles
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WIktor Szymanowicz/NurPhoto/PA Images

Las utopías tradicionales – clásica y moderna – tenían una cosa en común: proponían una cierta visión del fin de la historia, una sociedad que sería ideal. La utopía ecológica dice que lo importante es que la historia continúe, es crear condiciones de posibilidad para que las siguientes generaciones sigan teniendo sus utopías.

Marques, V. S. En la utopía ecológica lo importante es que la historia continúe. Instituto Humanitas Unisinos, 18 de enero de 2016.


El debate del siglo XXI sobre la “transición energética” baja en carbono parte de tres hipótesis formuladas en el siglo pasado: i) sobre la posibilidad de que se agoten las reservas mundiales de petróleo en unas pocas décadas; ii) sobre la gran responsabilidad de los combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural) por el cambio climático y el deterioro ecológico en el siglo XX; y finalmente, III) sobre la posibilidad de un “desarrollo sustentable”, o “alternativo”, con energías renovables y limpias, dentro del propio régimen de producción capitalista, construido por la voluntad colectiva de individuos y naciones.

La primera vez que se predijo el fin de la “era del petróleo” fue en 1874, cuando el gobierno de Pensilvania advirtió a los estadounidenses que solo tendrían petróleo para garantizar la iluminación de queroseno de sus grandes ciudades por otros cuatro años. Sobra decir que esta previsión fue superada por los hechos y hoy las reservas de petróleo de Estados Unidos se estiman en 68,9 mil millones de barriles mientras su producción diaria ronda los 17 millones de barriles. Aún así, a principios de la década de 1970, el Club de Roma1 volvió a predecir el agotamiento final de las reservas mundiales de petróleo en un plazo máximo de 20 a 30 años, en su famoso informe “Los límites al crecimiento”, transformado en una especie de biblia maltusiana moderna que ha sido sistemáticamente negada por los hechos. Aun así hoy, cuando se mira hacia atrás con la perspectiva del pasado, se comprende mejor el pesimismo del célebre informe del Club de Roma de 1972, al comienzo de la llamada "crisis de la hegemonía estadounidense", marcada por el fin del "patrón dólar", devido a la explosión de los precios del petróleo, a las altas tasas de interés y a la crisis final del“ desarrollismo keynesiano” que siguió la Segunda Guerra Mundial.

Posteriormente, en 1996, los geólogos Colin J. Campbell y Jean H. Laherrere utilizaron la técnica de extrapolación de recursos finitos – la Curva de Huppert – para calcular que el volumen de las reservas mundiales era de 850 mil millones de barriles y que el 50% de la el petróleo disponible en el mundo se habría extraído en la misma década de 1970; por lo tanto, solo quedarían otros 150 mil millones de barriles por descubrir en todo el planeta. Esta proyección se corrigió posteriormente, y el plazo se trasladó a 2050/2060, pero hasta la fecha, todas estas predicciones apocalípticas han sido sistemáticamente negadas y superadas por los hechos. Más que eso, desde la década de 1970, las reservas mundiales de petróleo no han dejado de crecer, y hoy se estiman en 1,7 billones de barriles, aunque el consumo mundial fluctúa entre 90 y 100 mil millones de b/d en los principios de la tercera década del siglo XXI. Además, en la actualidad, los avances tecnológicos en “energías alternativas” han sido compensados ​​por avances tecnológicos simultáneos en la industria del petróleo y el gas. Y los precios del petróleo, contrariamente a lo que predijo el Club de Roma, no han aumentado de forma sistemática, habiendo fluctuado durante los últimos 50 años.

Paralelamente y de forma totalmente independiente, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente se celebró en 1972 en Estocolmo, Suecia, y reunió a 113 países y más de 400 organizaciones gubernamentales y no gubernamentales para debatir, juntos, el nuevo desafío global de destrucción ecológica y cambio ambiental. En esa reunión se discutieron los temas del agua, la desertificación del mundo y el uso de plaguicidas en la agricultura, y se discutió por primera vez el desafío del cambio climático. No hubo consenso ni acuerdo final, debido a la oposición, especialmente en ese momento, de los países más ricos y desarrollados.

A pesar del aparente consenso internacional, los datos indican que la humanidad está lejos de contener el calentamiento global y que, por el contrario, la situación ha empeorado en los últimos tres años

Sin embargo, la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente, adoptada el 6 de junio de 1972, terminó convirtiéndose en la semilla original de la que nació la idea, el proyecto y la utopía de un nuevo tipo de desarrollo que dejaba atrás el modelo depredador que las industrializaciones originales. La idea de "desarrollo sostenible" sólo adquirió una forma más refinada en la década de 1980, a través del Informe Brundtland (nombre del primer ministro noruego que encabezó la comisión de las Naciones Unidas creada en 1983, y que fue responsable de redactar el documento final) y el Protocolo de Montreal, elaborado por la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente de la ONU, publicado en 1987 y firmado por 150 países.

Cinco años después, estas mismas ideas fueron retomadas y profundizadas por una nueva Conferencia de las Naciones Unidas, ECO-92, realizada en la ciudad de Río de Janeiro, Brasil, donde se discutieron los problemas de biodiversidad y cambio climático asociados al proyecto de desarrollo alternativo, consagrado en la Agenda 21, que fue aprobada por 179 países. En la misma ocasión, se lanzó la “Carta de la Tierra”, aprobada por un foro paralelo de organizaciones no gubernamentales. Y fue así como, poco después del fin de la Guerra Fría, se consagró la nueva utopía del “desarrollo sostenible”, cuando las utopías liberal-cosmopolitas de la globalización y el humanitarismo se consolidaron victoriosas, tras la Guerra del Golfo.

Posteriormente, se realizaron varias reuniones anuales sobre el tema ecológico y cambio climático, especialmente las que tuvieron lugar en Kioto en 1997; en Johannesburgo en 2002; y en Río de Janeiro, en 2002 y 2012, culminando con el Acuerdo de París, firmado por 195 países, en 2015. Este acuerdo propone objetivos y define metas más precisas para la reducción de gases de efecto invernadero, como una forma de contener o frenar la proceso de calentamiento global. Fue en este último período, y en particular luego de la firma del Protocolo de Kyoto, en 1997, que la agenda de “desarrollo sostenible” se cruzó y combinó definitivamente con la agenda de “transición energética”, ya que se comprobó la responsabilidad de los combustibles fósiles por más del 50% de la emisión de gases y por su “efecto cascada” sobre otros recursos naturales.

Fue así como se asoció definitivamente el proyecto de “desarrollo sostenible” a la propuesta de “transición energética” baja en carbono y al proyecto ético de construcción de una nueva economía2. Pero a pesar del aparente consenso internacional, todos los datos indican que la humanidad está lejos de contener el calentamiento global y que, por el contrario, la situación ha empeorado en los últimos tres años, alcanzando un récord de 36,8 mil millones de toneladas de dióxido de carbono en 2019. Aquí hay una buena pregunta: ¿cómo explicar esta contradicción entre el aparente “consenso ecológico” internacional y la creciente situación ecológica y climática incontrolada del planeta?

Las utopías siempre serán utopías, mientras avanza la voluntad política colectiva, aunque sea de forma lenta, tortuosa e imperfecta

En primer lugar, hay que tener en cuenta que no es tarea fácil desmantelar una infraestructura global en todo el mundo, diseñada para producir y distribuir el combustible que ha impulsado el sistema económico y la vida de los ciudadanos del planeta Tierra durante más de 100 años. Además, conviene aclarar que aún hoy la propuesta del “desafío climático” y la “transición energética” siguen siendo proyectos eminentemente políticos, cuyo éxito depende casi en su totalidad de la conciencia de las personas y de la voluntad política de 200 Estados nacionales, que son independientes y están organizados dentro de un sistema interestatal plenamente jerárquico, desde el punto de vista de su poder y riqueza3. Dentro de este sistema, hay que tener en cuenta que más del 50% de los gases de efecto invernadero del planeta son emitidos por no más de cinco o seis países, y por no más de 20 grandes empresas multinacionales. A esto se suma el hecho de que estos cinco o seis países se encuentran entre los ricos y poderosos del planeta, entre ellos, China, Estados Unidos, India, Rusia, Japón y Alemania; y que las 20 empresas más grandes responsables de alrededor del 33% de las emisiones de carbono del mundo son grandes empresas petroleras públicas y privadas.

Se entiende, por otro lado, que los países del sistema internacional que más han avanzado en el control de las emisiones de gases y en el avance de su “transición ecológica” son exactamente Suecia, Suiza y Noruega, es decir, tres países pequeños cuya suma de sus poblaciones resulta menor que la de la ciudad de São Paulo. Con esto es posible comprender mejor por qué los principales responsables de los problemas ecológicos y climáticos del mundo son también sus principales beneficiarios, y los que resisten al establecimiento de metas climáticas, como es el caso de Estados Unidos, en particular durante el gobierno de Donald Trump, quien acaba de abandonar el Acuerdo de París después de pasar cuatro años torpedeando todas las decisiones gubernamentales anteriores favorables a la agenda de transición energética. Pero incluso dentro de la Unión Europea, el aparente líder de los que apoyan los cambios, es difícil llegar a un consenso entre sus países más ricos y su enorme franja, que es más pobre y no cuenta con los recursos necesarios para reemplazar su estructura productiva e infraestructura energética.

Aun así, en sentido contrario, cabe señalar en este punto el cambio de posición de China en los últimos años, y en particular su acelerado proceso de “electrificación” de su parque automovilístico. Y más recientemente, la derrota de Donald Trump y la elección de un nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, que propone reducir las emisiones de gas carbónico de los Estados Unidos, y que ha prometido asignar 2 billones de dólares en los próximos cuatro años para crear nuevos empleos e industrias limpias, y para la creación de una nueva infraestructura baja en carbono. No es imposible que el “tema ecológico” pueda convertirse en un punto de negociación y convergencia diplomática del nuevo gobierno con China.

A pesar de ello, no se puede olvidar que el mandato del nuevo presidente es de solo cuatro años, y que su gobierno y su agenda ecológica deben enfrentar la resistencia y la feroz oposición del Senado estadounidense. Aun así, este debería ser el principal cambio en la política exterior estadounidense en el año 2021, y debería sumarse al anuncio junto a los principales bancos de desarrollo del mundo, de que ya no financiarán proyectos que involucren el uso de carbón. Un buen momento para recordar con optimismo, que las utopías siempre serán utopías, mientras avanza la voluntad política colectiva, aunque sea de forma lenta, tortuosa e imperfecta.

Notas

[1] El Club de Roma, creado en 1968 por el industrial italiano Aurelio Peccei y el científico escocés Alexander King, era un grupo de personas "ilustres" que se reunían periódicamente - como el Foro Económico de Davos – para discutir el programa de los grandes problemas futuros de la humanidad, haciendo hincapié en el medio ambiente, el clima y los límites naturales del crecimiento económico. Se hizo famoso precisamente con la publicación de su informe, Los límites al crecimiento (The Limits to Growth), preparado por un equipo de técnicos del MIT contratados por el Club de Roma y dirigidos por Dana Meadows. Este informe trató de diversos temas como el medio ambiente, la energía, la contaminación, el crecimiento, el saneamiento, etc. y se vendieron más de 30 millones de ejemplares en 30 idiomas diferentes, popularizando las antiguas tesis maltusianas sobre los límites naturales y poblacionales del crecimiento económico

[2] La "urgencia ética" del tema de la transición ecológica explica el hecho de que haya sido objeto de una Encíclica papal dedicada exclusivamente al "cuidado de la casa común": "Hay una necesidad urgente de desarrollar políticas para que, en los próximos años, la emisión de dióxido de carbono y otros gases altamente contaminantes pueda reducirse drásticamente, por ejemplo, reemplazando la utilización de combustibles fósiles y desarrollando fuentes de energía renovable" (Papa Francisco, Laudato si', sobre el cuidado de la casa común, p. 24)

[3] “The only force that appears to be able to alter this picture in the foreseeable future is a strong policy that internalizes the substantial external environmental and social costs of fossil fuels, especially climate change” (Connor, A. P.; Cleveland, C.J. “U.S. Energy Transitions 1780-2010, energies, 2014, p. 7981. Disponible en: <www.mdpi.com/journal/energiesd>.

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