Cuando, en 2015, escribí el breve prólogo al libro Cómo conversar con un fascista, de la filósofa Marcia Tiburi, que fue un bestseller en Brasil, ella y yo fuimos acusados de "exageración" y "falta de perspicacia" por políticos, periodistas e intelectuales.
Al tratarse de una observación y una advertencia sobre el autoritarismo hecha por una mujer y un hombre gay, nuestra lectura de la coyuntura se vio al principio desautorizada e ironizada por el machismo y la homofobia no siempre inconscientes de quienes, tras el desastre consumado (el ascenso político del fascismo en Brasil desde 2016) y sin ninguna autocrítica y/o disculpa hacia ambos, comenzaron por fin a referirse al bolsonarismo como un movimiento fascista -que es lo que siempre fue-.
Por suerte para el país, esos mismos políticos, periodistas e intelectuales -a menudo hombres heterosexuales y blancos, muchos de derechas- no se perdieron en su arrogante negacionismo a la hora de denominar los atentados de los bolsonaristas contra los palacios de los tres poderes de la República, en Brasilia, el pasado 8 de enero y los calificaron correctamente de terrorismo. Sí, terrorismo perpetrado por fascistas de extrema derecha, este pleonasmo.