democraciaAbierta: Opinion

Brasil: el terror literal

La protección de la democracia contra el terror literal perpetrado en Brasilia dependerá de su correcto castigo en el tiempo y forma de las garantías legales

Jean Wyllys
17 enero 2023, 10.38am

"Huevos de serpiente o la repetición de la historia", Pastel seco y oleoso sobre papel

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Jean Wyllys, 2023

Cuando, en 2015, escribí el breve prólogo al libro Cómo conversar con un fascista, de la filósofa Marcia Tiburi, que fue un bestseller en Brasil, ella y yo fuimos acusados de "exageración" y "falta de perspicacia" por políticos, periodistas e intelectuales.

Al tratarse de una observación y una advertencia sobre el autoritarismo hecha por una mujer y un hombre gay, nuestra lectura de la coyuntura se vio al principio desautorizada e ironizada por el machismo y la homofobia no siempre inconscientes de quienes, tras el desastre consumado (el ascenso político del fascismo en Brasil desde 2016) y sin ninguna autocrítica y/o disculpa hacia ambos, comenzaron por fin a referirse al bolsonarismo como un movimiento fascista -que es lo que siempre fue-.

Por suerte para el país, esos mismos políticos, periodistas e intelectuales -a menudo hombres heterosexuales y blancos, muchos de derechas- no se perdieron en su arrogante negacionismo a la hora de denominar los atentados de los bolsonaristas contra los palacios de los tres poderes de la República, en Brasilia, el pasado 8 de enero y los calificaron correctamente de terrorismo. Sí, terrorismo perpetrado por fascistas de extrema derecha, este pleonasmo.

Aunque, debido a la desinformación practicada por la mayor parte de la prensa occidental, la palabra "terrorismo" conduce el imaginario islamófobo a actos de violencia perpetrados por fundamentalistas islámicos, lo cierto es que la Ciencia Política y la Filosofía definen el terrorismo como toda forma violenta de lucha política, a través de la cual se busca la destrucción del orden establecido y/o la creación de un clima de terror e inseguridad capaz de intimidar a los adversarios y a la población en general.

En este sentido, lo que la extrema derecha viene practicando en distintas partes del mundo, pero especialmente en EEUU y Brasil, es puro terrorismo, ya sea en las redes sociales digitales o en las calles y plazas.

Los terroristas brasileños se propusieron el pasado 8 de enero destruir literalmente la política y la memoria del país

Con financiación de sectores del empresariado y de mafias disfrazadas de iglesias neopentecostales, y con la complicidad de oficiales de las Fuerzas Armadas y agentes de la policía militar del Estado que, desde hace años, amparan el fanatismo cristiano, el fascismo y el neonazismo, los terroristas brasileños se propusieron el pasado 8 de enero destruir literalmente la política y la memoria del país.

Pasaron del submundo de Internet (de la "cultura digital") -donde no hay ley y todo es "inmaterial"- a la superficie de la realidad concreta, cuyas leyes les parecían carecer de toda eficacia.

La extrema derecha es literal. Llevada por el vacío del pensamiento, sólo cree y sigue órdenes. Si ya rompió con la política como mediadora de conflictos en las redes sociales, donde al menos desde 2016 exigía un golpe de Estado o una "intervención" militar en Brasil, al empezar a destruir físicamente los edificios de los tres poderes, ha demostrado que solo sabe ser literal y que solo entiende el discurso de la guerra.

En este sentido, la elección de Brasilia -ciudad por excelencia- como escenario de esta guerra ampliamente anunciada en Facebook y en grupos de WhatsApp y Telegram no puede ser más simbólica, del mismo modo que el Capitolio lo es para los terroristas estadounidenses. En América como en Brasil, si el discurso es el de la guerra, la política ya no sirve. Y debe ser literalmente destruida.

La literalidad de los fascistas también aparece en su relación con las artes. Después de ver la pobreza semántica de los dibujos, pinturas y esculturas regalados a Bolsonaro por sus seguidores -y pudimos verlos en su conjunto cuando la familia Bolsonaro salió de los palacios de Planalto y Alvorada: todos de una literalidad y de un realismo propagandísticos- no es de extrañar que les sorprendieran destruyendo las pinturas de artistas como Di Cavalcanti y Cândido Portinari, cuyas obras sobresalen en polisemia y cuestionan la inteligencia del receptor, porque son complejas hasta el punto de que necesitan ser interpretadas.

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Los fascistas rechazan la complejidad. Frente a la complejidad, optan por destruirla porque desestabiliza su sistema simplista, a menudo binario, de clasificar las cosas en el mundo: "Los niños van de azul, las niñas de rosa", exigía una de las más destacadas fanáticas de la secta bolsonarista, Damares Alves, cuando era ministra de Familia y Mujer.

Como prólogo a este ataque terrorista contra las colecciones de los palacios de la república, el partido MBL -una start-up fascista paulista formada por analfabetos políticos que hasta 2020 formaban parte de la secta bolsonarista- intentó destruir la exposición "Museo Queer" por las mismas injustificables razones que quienes golpearon el cuadro de Di Cavalcanti: limitaciones cognitivas asociadas a una paranoia fruto de la ansiedad sexual.

Al igual que los nazis en los años 30, consideraron que la exposición "Museo Queer” mostraba un "arte degenerado" que había que destruir, ya que eran -y siguen siendo- incapaces de interpretarlo. Destruirlos ya sea mediante mentiras y difamaciones contra sus autores y conservadores, como hizo el MBL en relación con el "Museo Queer", o destruirlos literalmente por la fuerza bruta, como ocurrió en los atentados del 8 de enero.

Para los miembros de esta secta política -en cuyos cimientos se encuentran las sectas cristianas bolsonarsitas- que sólo puede engendrarse y posteriormente financiarse y viralizarse gracias al modo de funcionamiento de las plataformas digitales de medios sociales, es decir, gracias al capitalismo de plataforma; para estas personas, la Biblia ya se toma literalmente como "palabra de Dios" y no como documento histórico y guía de una sana espiritualidad.

Para la secta de extrema derecha, sus prescripciones y valores morales deben aplicarse a todos nosotros, aunque estos valores y prescripciones se refieran literalmente a las sociedades semitas del Medio Oriente de hace más de 3.000 años. De ahí incluso su homofobia y la concentración de sus mentiras en temas de sexualidad y género.

En términos de comparación, no hay mucha diferencia entre las motivaciones de los terroristas que atacaron las obras de arte de Brasilia y las de los talibanes que derribaron las gigantescas esculturas milenarias de Buda en Afganistán. Los llamamientos del mundo para preservar el patrimonio de la humanidad no surtieron efecto. Las venerables estatuas fueron derribadas porque los miembros de una secta política y/o religiosa sólo ven "enemigos" en el exterior.

Dado que las formas de desinformación digital, es decir las fake news y las teorías conspirativas difundidas en las redes y grupos de WhatsApp y Telegram, desempeñaron un papel importante en los atentados terroristas de Brasilia, es necesario destacar aspectos del perfil medio de los peones de la secta: la media de edad es superior a los 50 años, muestran un profundo resentimiento, y un sentimiento de la culpa por pasados oscuros de los que se avergüenzan, a lo que suman un analfabetismo digital funcional.

¿Cómo afrontar el terror perpetrado por estas personas que son a la vez verdugos y víctimas? Sin duda, la política ya no puede mediar. Entonces, habrá que recurrir al uso legítimo de la fuerza y al derecho penal.

Aunque son víctimas de la desinformación, nadie es inocente ni incapaz. Y la futura protección de la democracia contra el terror literal dependerá de su correcto castigo en el tiempo y forma de las garantías legales.

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