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Cruzar la frontera, ‘quería saber que se sentía estar allí’

Cruzar la frontera entre Estados Unidos y México es una necesidad para algunos. Para otros, es una aventura

14 junio 2022, 3.17pm

El Paso in the distance

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Fernando Loera. All rights reserved

Omar

Nunca había pensado en cruzar la frontera con Texas. Pero en ese momento, cambié de opinión. Quería saber qué se sentía estar allí. Conocer ese lugar. No pensaba quedarme allí; iba de entrada por salida. Quería ver. Había escuchado muchas cosas de allá. Como dicen que está mejor, yo quería ver cómo eran los Estados Unidos.

Al principio sentí miedo. Pero una vez en cuanto empezamos a cruzar, me sentí emocionado. Al estar ahí me animé y entró la adrenalina. Éramos cuatro: yo, mi cuñado y otros dos. Tardamos tres horas en cruzar. Estábamos esperando que la madre de mi cuñado nos recogiera, pero ella misma se estaba escondiendo de la Patrulla Fronteriza y nunca llegó. Al final, intentamos avanzar de todos modos y fue entonces cuando Inmigración de Estados Unidos nos atrapó. Iban a caballo.

No me asusté cuando me vieron. Pensé que si nos atrapaban, no pasaba nada. Sabía que por ser menor de edad me devolverían aquí. Y los hombres de los caballos se portaron bien. Nos dieron algo de comer y cobijas. Nos hicieron preguntas sobre cuántas veces habíamos cruzado, qué edad teníamos, etc. Y nos tomaron las huellas y las fotos. Nos trataron bien.

Lee la misma historia, contada esta vez por la madre de Omar

Nunca había cruzado. Nunca me atrajo. Tuve un amigo que me ofreció 400 pesos (20 dólares) para que le ayudara a sujetar las escaleras que utilizan para subir. Pero dije que no. No es que tuviera miedo. Y nadie trató de obligarme. Simplemente no era lo que quería hacer.

Mi primer trabajo fue con mi hermano en un taller de reparación de taladros, pulidoras y otras herramientas. Tenía 15 años y se suponía que era un trabajo de verano. Pero me gustaba más que la escuela y acabé quedándome más de un año. Ganaba poco: 500 pesos (25 dólares) a la semana. Tan poco que a veces hasta quedaba a deber de los burritos que me comía. Me gustaba el trabajo, pero no me gustaba el sueldo.

No es que tuviera miedo. Simplemente no era lo que quería hacer

Después conseguí un trabajo en la maquiladora donde trabajaba mi madre. Pagaban un poco más, unos 1250 pesos a la semana (63 dólares). Las prestaciones también eran buenas: incluían comida y transporte. El autobús llegaba a las 5 de la mañana y trabajábamos hasta las 8 de la tarde. Me gastaba el dinero que ganaba en ropa, otras cosas que necesitaba y, a veces, en los gastos de la casa. Me gustaba el trabajo en la maquiladora. Como era la más joven, me hice amigo de todos. Era divertido. Llegué a ser operador de máquinas, manejando una gran máquina aplanadora de metal.

Pero ese trabajo se acabó. Desde entonces he hecho algunas cosas. Ayudé a renovar un AutoZone durante dos semanas. Sin embargo, no me gustó ese trabajo. Nos hacían trabajar siete días a la semana y llegar allí era difícil y caro, a diferencia de la maquiladora, donde te recogen y te dan de comer. Así que dejé ese trabajo. Ahora necesito encontrar algo nuevo.

Hace poco me matriculé en un instituto abierto y obtuve el título de bachillerato. Sólo tardé un par de meses. Después intenté estudiar carrocería, pero el COVID se interpuso. Voy a volver a intentarlo, esta vez con electrónica. Me gusta reparar cosas, y si estudio podría conseguir un nuevo trabajo en la fábrica relacionado con la electrónica. Eso es realmente todo lo que tengo en mente.

Lee la misma historia, contada esta vez por la madre de Omar


Esta historia forma parte de una serie de testimonios de niños y madres que viven en Ciudad Juárez, en la frontera entre México y Estados Unidos. Todos los niños fueron sorprendidos cruzando a los Estados Unidos, ya sea para seguir sus sueños personales o para traficar con personas, y ahora están recibiendo servicios de justicia restaurativa de la ONG Derechos Humanos Integrales en Acción. Los testimonios fueron preparados junto a los defensores de DHIA y han sido editados para mayor claridad. La ilustración del orador es una representación ficticia realizada por Carys Boughton (Todos los derechos reservados). El nombre del orador también ha sido modificado.

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